Un velón encendido y agua a ambos lados de la cabeza

Marcelina García, viuda de 74 años, con sus hijos viviendo muy cerca y sin enemigos aparentes en un pueblo, Socuéllamos, en el que su familia era conocida por su capital, fue encontrada en medio de un charco de sangre y asesinada con saña a golpes en su propia casa, en la que, aparte de estar revuelta: lo que explica el robo, ninguna puerta había sido forzada, lo que para la Guardia Civil significa que o bien abrió a sus asaltantes o les dejó pasar porque les conocía, al menos a uno de ellos, (encaja con José Antonio Villar, que trabajó como tractorista para ella en una vendimia).

Pero lo que más llamó la atención a los investigadores, al hijo y a los empleados de la anciana que encontraron el cuerpo a las 5.30 de la mañana de aquel 28 de julio es que había sido movido y colocado de forma que les dio entender que sus asesinos, o al menos uno de ellos, no es tan desalmado como pudiera parecer por las lesiones de la anciana.

La mujer estaba tendida bocarriba y a ambos lados de la cabeza, en un charco de sangre, tenía un velón encendido y una botella de agua, algo que pudiera tener relación con un ritual funerario de una región de Rumanía en la que se coloca una vela al lado del muerto “para iluminar el camino de su alma a los cielos” y un vaso de agua con una marca (en este caso era una botella de dos litros con tapón) para verificar a la mañana siguiente si el difunto ha bebido. Estos elementos en apariencia rituales, hicieron sospechar a la Guardia Civil  de que alguien de Rumanía estuviese implicado. Luego encontraron la huella de Ghise.
En el juicio también declaró Luis Navarrón, uno de los hijos de Marcelina, que confirmó que Villar trabajó para ellos y tuvo acceso a esa casa durante unos veintitantos días.