Manuel Valero / Daimiel
¿Qué puede asombrar ya a un hombre que nació a la orilla misma de Las Tablas de Daimiel hace 82 años y nunca se separó de ellas, ni siquiera ahora cuando jubilado sigue viviendo en la misma casa donde nació, esperando el milagro de que el agua regrese de nuevo con su equipaje de vida? Quizá a Julio Escudero le quede poco espacio para el asombro pero mucho para la esperanza. Su optimismo es contagioso, casi infantil, si no fuera porque proviene del último barquero, un oráculo vivo en estos tiempos difíciles para el Parque Nacional. Si todo va bien y además llueve, dentro de dos años las Tablas serán irreconocibles. Y si lo dice él...
Se le nota un poco cansado de tanto trajín mediático. Por eso en cuanto nos recibe nos espeta: ¿Qué es lo que quieren saber? Julio Escudero, 82 años vividos entre carrizos y masiegas, el último barquero, empieza preguntando. ¡Cómo reponderle! ¿Todo? Hace unos días La 2 de TVE le dedicó un reportaje, los diarios nacionales han ido a verle a su casa de pescador, su casa natal, anexa a la Finca La Esperanza, a la que en los buenos tiempos el agua casi lamía los cimientos, y al día siguiente de nuestra cita espera otra televisión. “No, yo no veo los reportajes. Me basta con mirar por la ventana “. La prueba de la indiferencia de Julio a su propio protagonismo es el aparato de televisión, lo único que desentona en el mobilario rural de la casa, con el enchufe colgando, como olvidado. A simple vista se nota que el televisor hace tiempo que no parpadea.
En un chamizo frente a la casa tiene amontonados productos de la tierra junto a un sinfin de cachivaches y aperos. La barca cuelga de la pared. A bordo de ella, Julio ha transportado a jefes de Gobierno e incluso al anterior jefe del Estado, Francisco Franco, para llevarlo a su puesto de caza.
Una vez dentro de la casa la displicencia del barquero se torna amabilidad. Remueve la lumbre. Y entra a saco. “A Las Tablas le cortaron el Guadiana, le cortaron el Cigüela, como si a una persona le cortan las venas. Exactamente igual”.
Apenas hay que preguntarle. Pero el último barquero no pierde la esperanza, después de ser testigo de su esplendor y decadencia y algunos repuntes de vida, si el año ha sido generoso en lluvias. Hasta tal punto que, una vez dada rienda suelta a su elocuencia, invita a este periodista a volver en el plazo de dos años. Pero advierte una y otra vez, incansable, con admonitorios gestos de la mano derecha: “Que al Parque le echen agua limpia, que no le echen mierda de los pueblos”.
Aspecto saludable
Su aspecto es saludable pese a los achaques -”tengo unos días buenos y otros malos”- y tiene una pequeña herida en la cabeza que se hizo con el pico de una ventana. Vive en la casa de sus ancestros y pasa las veladas junto a la lumbre a pocos metros de la habitación donde nació. Pero su obsesión es la calidad del agua que llegue a Las Tablas, “del trasvase, de los pozos, de donde sea, pero limpia, que llegue agua limpia, el agua sucia lo mata todo, todo”.
Apenas Las Tablas se hicieron Parque, Julio Escudero se puso a trabajar en el mismo con don Pedro Molina, aunque su vecindad a las Tablas es desde que vino a este mundo, y se iba con su padre a pescar cangrejos. Cuando llegaba el agua pútrida de Villarrubia, de Alcázar, de Daimiel se dedicaba a sacar “barcás de carpas muertas”.
“Ahora mismo están preparando el Parque para que le entre agua limpia. En cuanto le entre agua limpia a la vuelta de dos años, no lo van a conocer ustedes”, reitera una y otra vez.
En los primeros años del nuevo siglo, el Parque pareció entrar en coma irreversible, casi seco, mientras proseguía la carrera de los pozos.
Hablamos de la futura desviación del Trasvase a la Mancha Occidental y la garantía permanente de agua para las Tablas, del Plan Especial del Alto Guadiana, de los pozos, de las alternativas ecologistas..., pero él gira y gira en torno a lo mismo, como una espiral. “De donde sea, de donde sea, pero limpia. La otra es veneno, por eso en cuanto llegue agua en condiciones empezará a subir todo con la primavera, la masiega, la enea, el carrizo, la espadilla...”
Julio Escudero que ha tenido la feliz ocurrencia de comparar el agua pura para Las Tablas con la sangre para el cuerpo humano, espera que la Naturaleza siga su curso en cuanto el Parque tenga el riego suficiente. “No hay que hacer pantanos, esto nunca ha sido un pantano. Un pantano ahogaría la masiega. La masiega sale enseguida si no se anega”.
Entre el agua limpia y una esperanza desbordante que casi resulta infantil en un hombre que ha vivido en y con Las Tablas de Daimiel durante toda su vida, al último barquero de Las Tablas de Daimiel, sólo le abruma un poco que no esté aquí para verlo y confía en que los testigos de ese florecimiento a corto plazo, a poco que llegue agua limpia, evoquen su recuerdo con la misma intensidad con que Julio se ha convertido casi en un oráculo en estos tiempos duros para el Humedal Manchego afectado además por el incendio de las turbas, una combustión espontánea que va remitiendo poco a poco.
Julio elogia los trabajos que se están haciendo actualmente y la entrega del actual director al Parque Nacional, Carlos Ruiz de la Hermosa. “Trabaja mucho, este hombre va sin horas, le pasa lo que me pasaba a mi”.
Se están limpiando el lecho de las tablas, sellando pozos. Cada día orillea las riberas secas de Las Tablas en su coche, ya se le resisten las piernas y lo ve todo. A sus 82 años, Julio Escudero, sigue siendo el guardián de la joya de la corona del humedal manchego.
Desde que enviudó pasa los días en su casa de Las Tablas, aunque regresa a dormir a su vivienda de Daimiel. Pero a las cuatro de la mañana se pone en marcha para preparar la lumbre, sentarse a mirarla y a convivir con los recuerdos.
Julio zarandea un poco más la lumbre y sigue desmenuzando el relato de su vida. Habla con gusto, con la plácida elocuencia de los hombres del campo. “Nací aquí,-allí” - precisa con su mano que señala una de las habitaciones de la casa- “pero esto entonces era un chozo con dos vigetas y cuatro mañas de carrizo encima. Aquí nos criamos dos hermanos y siete hermanas. Ya no quedamos más que dos, los más pequeños”.
Siempre andaba pescando, de día y de noche, empezó con su padre, él iba delante en la proa de la curiana mirando los garlitos, entre las isletas de la vegetación. Recuerda al anochecer el enloquecedor concierto de las aves, el coro de las ranas, “bichos y bichos volando por lo alto”. El otro día observó que con el agua que están sacando para apagar “los humos que han salido”, contó más de doscientos azulones. Esa súbita eclosión de vida en apenas un abrazo de agua, es la causa de su impenitente optimismo. Si con ese chorreón aparecen los azulones a espuertas, cuando haya más agua serán miles. Y los zancolíes, los bencejos, los somormujos, las fochas o gallinillas, las garzas imperiales. Son las que más le gustan, es un ave noble. En la pared hay una fotografía que muestra a Julio con un pollo de garza.
Adivinen donde pasaba Julio Escudero el mes de vacaciones. Efectivamente: en Las Tablas. Mirando, observando, escudriñándolas, limpiándolas de maleza muerta o de carroña, en compañía del biólogo y especialistas del Parque, acompañando a los visitantes “cuando estaba María Jesús, Pedro Molina...”, se acuerda de los directores para los que ha trabajado.
La primera vez que Julio Escudero miró al cielo buscando una explicación a lo que estaba viendo no fue para reclamar la generosidad de las nubes sino por ese gesto que hacemos cuando presenciamos el disparate. Miraba las máquinas que le cortaron las venas al Parque. La Ley de Desecación de 1956. Dos venas, el Guadiana y el Cigüela y un poco el Azuer, una vena más chica, que metía agua en los años buenos de lluvia, y los arroyos que como capilares conforman la circulación sanguínea de Las Tablas. Primero fueron los molinos, luego la desecación franquista, después la agricultura y los pozos democráticos, la falta de precipitaciones como remate al depauperado acuífero, y finalmente la combustión espontánea como el último quejido de un cuerpo agonizante.
Su familia, hermanos y sobrinos, han sido guardas de fincas, su padre se crió en la Isla y él mismo ha sido el patrón de la barca cuando ha llevado a bordo a personajes insignes como José Bono, o José María Aznar, entre otros. También a Franco, quien ordenó la primera gran desecación. “Yo estuve con Franco, cuando vino a cazar patos antes de hacer el Parque. Lo pasamos Bautista García, que en paz descanse y yo, hasta donde tenía el puesto. Lo pasamos en dos barcas y luego lo sacamos otra vez”.
Julio Escudero prefiere quedarse con los años buenos del Parque como cuando estaba Maria Jesús de directora y vino un estupendo año de agua. “Se lió una de bichos y de aves que no cabían en el Parque. Daba miedo verlos. Donde iba uno con el barco, era un ruido a un lado y a otro, aleteos de garzas imperiales, ah que hermosura de garzas imperiales.
-El otro día lo vimos en un reportaje de TVE, ¿lo vio usted?
- No, yo no me veo nunca. Yo tengo todo grabado, no me hace falta ver la televisión, lo tengo visto todo, de día de noche, ahí fuera, en la cama.. Hasta los pivots, ¡¡unos pivots tan grandísimos!! Los habrá visto ustedes cuando han venido...
De repente, el guardián de Las Tablas, el Caronte daimieleño, el oráculo viviente de la historia del Humedal da un giro brusco a la conversación y vuelve a reiterar con la claridad del hombre elemental, directo, sin adornos: “Haga el favor de ponerlo. Al Parque que no venga una gota de agua de veneno de los pueblos. Si tratan de echar agua de ésa al Parque, el Parque termina. El agua mala todo lo quema, no queda bicho ni planta, ni nada. Yo lo he visto. Cuando llegaban aguas de las depuradoras he sacado barcás de carpas y peces. No traían más que mortandad...”. El mensaje, el auxilio, la advertencia de este hombre se ha convertido quizá en su última batalla. Lo ha visto todo desde la atalaya de su propia vida, primaveras enloquecedoras, las Tablas en todo su esplendor hasta la misma puerta de su casa en la Finca La Esperanza, el principio del fin con las desviaciones de cauces. Le ha cantado las verdades del barquero a gente principal...
Pulso
Ahora con la tranquilidad de los años vividos en un continuo pulso con la naturaleza, mientras habla con sencilla elocuencia al calor de la lumbre del hogar, Julio no es un hombre desengañado ni decepcionado con el mundo. Para él Las Tablas de Daimiel están vivas, palpitan al otro lado de la pared aunque no se note su presencia, es como si estuvieran en letargo, a la espera de la sangre de la vida. Pero desde que escuchó que se barajaba inyectar agua a Las Tablas desde las depuradoras de los pueblos colindantes, se ha convertido en su anatema.
El tiempo se va en lo que tarda un chisporroteo en hacer estallar un ascua de leña. Salimos al exterior. Las Tablas que se ven secas desde su casa parecen agazapadas, no muertas. Nos dirigimos hacia un mirador que se levanta en la misma finca y desde allí observamos el inmenso mar de lo que fue y puede volver a ser si todos los planes encajan. Julio Escudero mira al cielo, luego al horizonte, lo señala todo, hasta el último nivel recordado de las aguas.
Es imposible concebir el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel, paraíso de aves acuáticas y uno de los poros húmedos más importante de Europa sin la figura de este hombre amable, aparentemente distante, el último barquero que reclama con la autoridad de su hoja de servicios sólo una cosa: agua limpia.


















