Puertollano
El ‘silencio’ de Julio Bayo da una pronta bienvenida a la Semana Santa
 
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13/03/2010 - 21:40

Isabel Valdés / puertollano

La Casa de Cultura de la ciudad minera dio anoche la bievenida a la Semana Santa, aunque aún quedan un par de semanas para que realmente las calles se inunden de capillos, pasos y fervores religiosos.

A las ocho de la tarde el acto empezaba con la intervención del presidente de la Junta General de Cofradías, Nicolás Sánchez, el alcalde de Puertollano, Joaquín Hermoso Murillo, y la portavoz del Gobierno de Castilla-La Mancha, Isabel Rodríguez, que será la encargada de presentar al pregonero.

El Pregonero
Un pregonero muy especial para un año difícil como lo es éste: Julio Bayo Barba, escritor y periodista.
Después de que la portavoz del gobierno de Castilla La Mancha, Isabel Rodríguez lo presentara, Julio comenzaba su exposición, serena y pausada, pero con un ritmo especial que solo lo da el amor por unas fiestas que en algunos casos empiezan a desvanecerse.

Esa pasión por los detalles, por los recuerdos, por la forma en que él vivió y vive su Semana Santa, llevó al público a adentrarse en unos días ya pasados de los que muchas veces uno siente nostalgia y sobre todo, felicidad de poder recordar lo que ya no está pero que de alguna manera aún sigue siendo.

Tras los primeros saludos anunciaba, no sin cierto deje de nerviosismo, así ocurre siempre la primera vez, que “este es el primer pregón de mi vida, mi primer pregón de Semana Santa”, una gran primera vez.

Éste era un pregón en el que, Bayo, vuelve al pasado, vuelve a los recuerdos familiares para recuperar su vinculación con una Semana Santa “que se iniciaba muy temprano, a primeras horas del Domingo de Ramos cuando los tambores y cornetas de los Armaos a marcha ligera pasaban por la plaza María Auxiliadora a la búsqueda de su jefe de filas que vivía en mi barriada”. Decía Bayo Barba que ésta era la llamada para saber que ese domingo sería diferente, que “mi madre me vestiría de punto en blanco para bajar al Paseo de San Gregorio para contemplar al Borriquillo, sentado en el bordillo de aquel vial de adoquines, o deslumbrarme con las largas hileras de nazarenos, tocar sus capas, intentar descubrir por sus zapatos y mirando a sus ojos si se trataba de hombre o mujer, mirar si se aproximaban los blancos, los verdes, los rojos, los azules, los amarillos. Los colores distinguían a las cofradías desde una retina de inocencia”.
Una inocencia ya perdida pero latente en que cada una de sus palabras, de sus frases, del hilván de los instantes grabados en una memoria prodigiosa.

Tal era su pasión, sin tradición familiar, sin recuerdos de casa, sin presión de los cercanos, logró acercarse hasta la Semana Santa, “era tanta la pasión que logré convencer a mi madre que me inscribiera con tan sólo diez años en la Cofradía del Niño Jesús, una de las más populares y numerosas  en aquel momento. Eran años en los que cursaba estudios primarios en los Salesianos y a todos les parecía algo sorprendente porque nadie de mi familia era cofradiero”, y así ha seguido siendo, “desde aquel primer Domingo de Ramos llevo 30 años como hermano de la Cofradía del Niño Jesús, de la que incluso formé parte de su junta directiva de la mano de edro Luis Nevado Palomo junto con Federico SanMillán, su actual presidente. Ni siquiera mis años fuera de Puertollano en Granada, lograron romper el vínculo”, un vínculo fuerte y tenaz.      

Con verdadera ternura contó cómo le tomaron las medidas de su primera túnica, cómo la modista le preguntó si se mareaba mientras se las tomaban, y cómo el dije que no, ¿cómo iba a perder esa oportunidad?.
Como buen semanasentero, tal y como él se define, se aleja del bullicio del Paseo de San Gregorio y se acerca a “búsqueda del recogimiento y la cercanía que puedo encontrar en calles como Cuadro y Hospital, en donde es posible orar, reflexionar y estar más cerca de la fe”.

Es indudable que hay muchas formas de sentir y vivir la Semana Santa, para Julio Bayo, “también está en el olor a incienso, en el olor a claveles rojos. En el sabor del potaje con garbanzos, del bacalao con tomate de mi madre, el arroz con leche, las natillas, rosquillos, torrijas, flores y barquillos. Siento la Semana Santa al ver volar dos monedas en nuestras plazas en el profano juego de las caras y de las cruces. Siento la Semana Santa cada vez que escucho el quejio y la voz que sale del alma de José María Manzano o el sentimiento cantado de Primi Ortega o Romero del Puerto”.

Además, según el pregonero de este año, la Semana Santa no son sólo ocho días, sino todo el año. Con sudor, esfuerzo, costal, ilusión y empeño de costaleros, de tambores, de penitentes. El resultado de todo eso son las procesiones, “cada procesión es el resultado de un largo trabajo, de muchas horas de dedicación, que solo es posible gracias al cariño de los cofrades”.
  

 Para comprender la Semana Santa es necesario remontarse en el tiempo, y así lo hizo Bayo, comenzando por la historia del siglo XVI y hasta nuestros días. Un fiel y exacto extracto de nuestro pasado.

Parte por parte
Tras la entrada nostálgica del pregón, Julio Bayo, parte por parte, recordó a todos los que forman parte de la Semana Santa. El pregonero echa de menos a los Armaos, y lo hace común a todos, “nuestros Soldados Romanos de Puertollano, que formaban parte de la esencia de esta Semana Santa”.

La música, esencial y llena de matices para cuando mira hacia atrás, se vió reflejada a través de sus palabras con saeteros y bandas ya desaparecidas y aquellas que siguen dando vida a estos días que llegan.
Tras hacer un repaso por cada uno de los días, Bayo finalizó con Domingo de Ramos, y una reflexión digna de llevar a cabo todos y cada uno de los días del año.

“Ha llegado la resurrección.  Nuevo día y nueva vida, las calles de Puertollano se llenan de amarillo, de luz de renovación. Jesús Resucitado alza el brazo para bendecir a todos aquellos que se acercan a su encuentro a comprobar que el Mesías ha vuelto para estar permanentemente entre nosotros, aunque que nos cueste asumirlo cada vez que hay una desdicha, una catástrofe, una sinrazón. Es hora de reflexionar, de renovar y de impulsar nuestra fe, de comprender y hacer realidad que es posible mejorar nuestra forma de ser y también la vida de los demás”.

 

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