La cancha de los desheredados

El Rastro, que por fin se conoce en forma material, es uno de los anhelos bibliográficos más ansiados de los seguidores de esa línea de la literatura de la que forman parte autores como Azorín o Baroja, y de la que Trapiello es uno de los continuadores más recientes

De todos los libros de Trapiello: los existentes y los que están por venir, los públicos y los inéditos, los que constituyen aparatos argumentales o teóricos cerrados, o abiertos, como en el caso de Las armas y las letras…; si hay uno que el escritor ha prometido en numerosas ocasiones y todavía habitaba en lo que la zona de promesas tiene de abstracto, pero realizable al mismo tiempo, es este. El Rastro, que por fin se conoce en forma material (si bien no definitiva, entre otras cosas porque es esperable que lo amplíen los extractos de los próximos números del Salón de Pasos Perdidos), es uno de los anhelos bibliográficos más ansiados de los seguidores de esa línea de la literatura, tan española y universal, de la que forman parte autores como Azorín o Baroja, y de la que Trapiello es uno de los continuadores más recientes.

El Rastro tiene algo de texto sagrado, igual de lejano al enfoque tan personalista que Ramón Gómez de la Serna dio a su libro homónimo de 1914 (lo que el propio Trapiello señaló en una de las entrevistas con motivo de la presentación) que cercano a la dicha del que se sabe partícipe para siempre de un arcano que ya nadie podrá conocer. Igual de intempestivo que oportuno, un paseo de su cómplice Juan Manuel Bonet dio lugar a la frase que se trocó en clave de acceso a un paraíso que no duraría mucho. Por un lado, la pasión por la quincallería de dos veinteañeros, ajenos, como los trastos viejos que tanto aman, a la maraña burocrática que se avecinaba en España. Por otro, el alud legislativo fruto de la instauración de la democracia y de la entrada en la Unión Europea. En medio, la perplejidad de quienes jamás habrían imaginado que, al menos en lo tocante a patrimonio (que es, a fin de cuentas, de lo que habla este tomo), el progreso conllevaría restricciones, cuando no destrucciones.

¿De dónde viene el afán de Trapiello por retratar un espacio tan resbaladizo como el Rastro, donde los artículos van y vienen en una corriente infinita que muchas veces termina arrastrando consigo mismos a quienes los venden? No habla el narrador solo de uno, dos o tres vendedores desaparecidos en los años que lleva visitando ese rincón madrileño, por no hablar de los aledaños del actual Rastro, de los que desaparecieron manzanas enteras ahítas de buscavidas. No hay que perder la perspectiva: el primer diario de Trapiello (El gato encerrado, de 1987 y publicado en 1990) se gestó en cierto modo en un bar de las proximidades, y a partir del tomo inaugural las incursiones en sus almonedas se convirtieron en una constante.

Algunos objetos descritos parece que pasan inadvertidos para los grandes coleccionistas, como si vivieran en Esperando nada, esa canción de Antonio Vega: “Y pasó tanta gente por delante que nadie me vio”. Pero no todo iba a ser encontrar grabados o ejemplares incunables, a veces dedicados por mitos a otros mitos, quienes posteriormente los abandonaban y —como pena por el mal de la indecisión, o por el delito de la presunción de inteligencia—terminaban entonando después plañideros actos de contrición. Hay entre los buscadores los que tienen la fe del carbonero, que se encomiendan al ventajista proverbio bíblico “buscad, y hallaréis”, y no son pocos los que tienen un don de localización que puede llegar a aproximarse al poder de algún superhéroe moderno. Por último, no reciben del todo su merecido los cantamañanas que lamentan no hallar nunca nada en el Rastro: gentes para las que nunca se traduce en uno o dos días, a lo sumo.

La literatura de Trapiello, y en este volumen queda todavía más patente que en otros de los suyos, tiene un componente onírico poderoso, lo que pasa que no podemos percibir de la misma manera el deseo de tener, por ejemplo, un automóvil lujoso y el afán de encontrar un tesoro perdido en medio de una gran marea de chatarrería. Aquí viven comerciantes que sueñan con dar el palo de su vida —también otros que los palos los dan a la moral de los demás, como el gamberro que hace trizas la correspondencia de Giménez Caballero— y pretendidos cazafortunas que sueñan con comprar ese cuadro sospechoso cuya autoría se confirme y les plante en los morros esa prosperidad que nunca llega.

Soñar, soñar, soñar. Ese es el infinitivo a partir del cual se conjugan las tramas de las vidas de muchos personajes del Rastro.


El Rastro. Andrés Trapiello. Destino. Barcelona. 2018. 376 páginas. 25 euros.