Una conexión suiza de Pío Baroja

Pío Baroja espera de Juan Terrasa la opinión acerca de alguno de sus libros, le hace confidente de sus recelos de la censura y agradece que le procure determinados artículos entonces difíciles de conseguir en territorio español

De Andrés Trapiello reseñamos aquí hace poco su penúltima novela Ayer no más, al igual que sus últimos tomos de diarios, Diligencias, y de artículos, Negocios pendientes, correspondientes al año 2008. Hoy hablamos de Un poco de compañía, ensayo breve que el autor leonés ha dedicado a la figura de Pío Baroja en un marco inmejorable: la colección Baroja & Yo, la única de la editorial Ipso, que el navarro Joaquín Ciáurriz creó, de hecho, para albergar esta serie de libros en la que veintiséis personalidades de la cultura española de todas las edades (profesores universitarios, periodistas, un miembro de la familia Baroja y hasta un Premio Cervantes) comentan sus particulares relaciones con el mítico escritor. Así, la rienda suelta que cada uno da a sus facultades de creación y la mella que hizo Baroja en sus trayectorias lectoras dan lugar a enfoques muy distintos.

El de Un poco de compañía está ligado a la correspondencia que Pío Baroja mantuvo con el diplomático Juan Terrasa entre el final de la década de 1940 y el comienzo de la de 1950. Con motivo de la escritura de este ensayo, Trapiello recuerda cinco cartas que compró hace veinte años en Barcelona. En ellas, el vasco espera de Terrasa la opinión acerca de alguno de sus libros, le hace confidente de sus recelos de la censura y agradece que le procure determinados artículos entonces difíciles de conseguir en territorio español, ya fuese por la escasez de productos de primera necesidad, como los somníferos con los que intentaba matar el insomnio, o por la inexistencia de un mercado por el que circulasen las reproducciones artísticas en las que tenía gran interés: en la segunda misiva cita, en concreto, catálogos de “Bosch, Brueghel, Rembrandt y los impresionistas franceses”, que habría recibido en casa de Azorín.

La preocupación de Baroja por la situación interior de España y por su proyección exterior se transparenta en casi todas las cartas: a fin de cuentas, las carencias relativas que él tiene siendo persona de mediana posición son solo el reflejo de las privaciones que debían sufrir esos españoles cuyas vidas cotidianas se asemejaban o habían vuelto a asemejarse a las de ciertos personajes de sus obras. Baroja no desconocía que en numerosas ocasiones es en el plano internacional donde se refleja la realidad de un país: su posición de avance, de atraso o el estancamiento que se produce cuando un territorio va para atrás como los cangrejos y el engañoso progreso se troca en la ruptura con el ritmo que marcan los tiempos y los entornos y el posterior aislamiento. En este sentido, no duda en afirmar que “los [Premios Nobel] que dieron antes a los escritores españoles y a los americanos del Sur fueron un tanto protocolares”. ¿Habría podido imaginarse en algún momento que Camilo José Cela, reconocido seguidor suyo, lo recibiría en 1989?

En este texto, además, Andrés Trapiello infringe el precepto del anonimato que aplica en su gigantesco diario a la mayoría de las personas con que se encuentra. Los movimientos que emprende en busca de la identidad del desconocido Terrasa (de quien en internet, aparte de las referencias que el propio Trapiello indica, apenas aparecen unos documentos oficiales en los que su nombre se mezcla con otros tantos igual de indescifrables a primera vista) dan resultado tras las consultas que hace a otros tantos miembros del cuerpo diplomático español, renunciando así al recurso de ubicar al personaje en un limbo literario explotable. Esta visión del rigor, que ya quisiéramos muchos periodistas, la estira y relativiza Baroja en una entrevista que concede y en la que habla de la guerra civil: tras haber escrito él mismo las preguntas y las respuestas, se queja de que “la periodista me ha hecho decir cosas […] que seguramente no dije”.

Más allá de quedarse en enfatizar en las características de esta amistad de Baroja, desconocida para ese público general que sabe, por ejemplo, que se relacionó con Azorín, el ensayo brilla en especial en aspectos como los palos que proporciona Trapiello a un escritor intocable: Juan Benet, que escribió Barojiana, retrato del Madrid de la época a través de la personalidad de un novelista a quien alguno considera que Benet, supuesto discípulo suyo, intentó “pasar por las armas de Faulkner”. Trapiello dice que “a Benet le parece Baroja en el fondo un hombre atrabiliario, que no se ha enterado de la modernidad literaria”, y es cierto que el madrileño cayó con frecuencia en la tentación de juzgar a los que fueron sus contemporáneos y a los que no lo fueron tanto. Por lo pronto, parece ser que Baroja se ha adelantado a la hora de tener una colección donde se habla en exclusiva de su persona. Otros grandes escritores, que gozan de mayor consideración en lo tocante a inspiración y estilo, tendrán que esperar su momento.


Un poco de compañía. Andrés Trapiello. Ipso. Pamplona. 2019. 96 páginas. 10 euros.