El vuelo de un clásico hostigado

Las armas y las letras se levantó como un prodigioso vuelo sin motor sobre la España eléctrica de los primeros años noventa

Cada generación tiene sus modas y cada época respectiva, su propio vocabulario; por eso en plena Transición ni el observador más atento podía imaginar en lo que pararía, muchos años más tarde, el concepto de memoria histórica. De hecho, una práctica corriente en aquellos días de contagioso desdén fue la de echar tierra sobre la producción artística del pasado reciente, cuando no la de negar su existencia. La policía literaria comenzó a importar de Europa modelos insustanciales que hicieron la fortuna de unos editores que se pretendían vanguardistas, pero que guardaban un parecido sospechoso con los dictadores cuyo legado decían combatir. Decidieron por su cuenta que el pulso narrativo y los testimonios lúcidos habían dejado de interesar al público y que este debía arrinconar a los viejos escritores en favor de una pandilla de insurrectos cuya mercancía era una prosa abstrusa. De repente parecía una cuestión menor que Stefan Zweig hubiese gastado su última década en huir de los nazis o que el macartismo hubiese perseguido con saña a John Steinbeck; el hecho de que encima fuesen dueños de una escritura fluida y talentosa se había convertido, directamente, en una verdad incómoda. Pero estos, con ser extranjeros, pudieron salvar los muebles; una vez más fue a los propios a los que se negó el pan y la sal.

En el trance de esa noche oscura del alma de España que fue la resaca de los ochenta, Andrés Trapiello no cesaba en la acumulación de lecturas de los libros viejos que se agenciaba a horas intempestivas en los tenderetes del Rastro de Madrid. Provisto de la fe del carbonero, fue descubriendo que la realidad que se ocultaba en las trastiendas de las librerías de viejo superaba con creces el atributo de Arcadia de los coleccionistas para conformar un aparato alternativo al tinglado que estaban instaurando los paladines de la modernidad. Una mañana se despertó con la certeza de que ahí había una incógnita irresuelta que habían querido borrar sin más de la ecuación de la literatura española y de las vueltas a la cabeza que le dio al asunto nació la idea primigenia de una obra total. Las armas y las letras tuvo un inicial patrocinador entusiasta, Rafael Borrás, que prometió alzarlo a un paraíso del que era celoso guardián, el Premio Espejo de España de ensayo, pero alguien acabó llevándose el juego de llaves del parnaso en la sempiterna timba de póquer de la industria editorial y Borrás acabó como un Ícaro despeñado a causa de los tejemanejes de los capos. El libro no; el libro se levantó como un prodigioso vuelo sin motor sobre la España eléctrica de los primeros años noventa, que comenzaba a meterse en charcos con forma de olimpiadas, exposiciones universales y vías ferroviarias de alta velocidad. Un día se fundieron los plomos de la quimera y se apagaron las señales luminosas de aquel tiempo, y editores y lectores olvidaron los títulos que un día engrosaron la nómina de los ganadores del Premio Espejo. Entre los miedos de quienes tenían cosas que ocultar y los recelos de quienes intentaban disimular su mediocridad tapando a la competencia, durante su trayectoria Las armas y las letras empezó a adquirir la consistencia liviana de una mariposa. El volumen, al mismo tiempo catedral de nuestra literatura y cruce de caminos entre diferentes géneros, se revistió de ese fulgor de niebla que cubre a los triunfadores que se han visto dañados en mil guerras.

Heredera de la que antes había ignorado a novelistas combativos como Benito Pérez Galdós, la policía literaria no fue capaz de prever que unos pocos años bastarían para destruir las huellas de los modelos que había promovido y de sus inanes discípulos. En cambio Manuel Chaves Nogales, salvado por la campana días antes de que Trapiello entregara a la imprenta el manuscrito de este híbrido desafiante, se fortalece cada día como referencia periodística; por no hablar de la ponderación que suscitan las memorias de Carlos Morla Lynch o la labor reivindicativa de Clara Campoamor. Estas son solo algunas de las revelaciones de la obra, que continúa siendo el talón de Aquiles de gentes sórdidas como las incapaces de reconocer la maestría de elementos como José Bergamín o César González-Ruano. En el fondo son las mismas que desprecian Las armas y las letras, que lleva un cuarto de siglo siendo hostigado por unos y otros y reeditándose, cosa que le augura muchos éxitos, pues todo el mundo sabe que cuando se habla mal de un libro está garantizada su supervivencia.


Las armas y las letras. Andrés Trapiello. Destino. Barcelona. 2019. 664 páginas. 32 euros.