<i>Viaje en autobús</i>, <i>La huida del tiempo</i> y <i>La calle estrecha</i>. Josep Pla.

Viaje en autobús, La huida del tiempo y La calle estrecha. Josep Pla.

Biblioteca Castro. Madrid. 2018. 672 páginas. 48 euros

Una ruta cualquiera

Todo el rato alabando las bondades de una forma de vida próxima a fray Luis de León, en tanto que no para de subir y bajar de la viajera

Que Josep Pla sigue atrayendo el interés de los lectores se ve con claridad en los comercios. De vez en cuando, su editorial de toda la vida reedita algún que otro libro de los suyos. Son recientes Viaje a Rusia y La huida del tiempo. Hace algo más de tiempo, esas notas inéditas que aparecieron entre el revoltijo de papeles. Su correspondencia con Gaziel se publicó meses atrás, solo en catalán. A veces se traduce al castellano algún original. Raras son las ocasiones en que eso se hace con algún tomo entero de la obra completa. En cualquier caso, muchas menos de las que sus fanáticos desearían. Y luego están los tres escritos que hoy sacamos a relucir, que son auténticos jalones en la carrera del gerundense.

Sus títulos son Viaje en autobús (1942), La huida del tiempo (1945) y La calle estrecha (1951). Los originales de los dos primeros se compusieron en castellano; la traducción del tercero la hizo Néstor Luján, que luego dirigiría la revista Destino. Se trata de unos cuadernos con unas características bien definidas. La Fundación Castro ha tenido la gentileza de reunirlos en un solo tomo. Hay que leer la introducción, a cargo de Sergi Doria. En ella, el periodista arma un recuerdo cuyos pormenores y referencias aportarán a los devotos curiosidad y las pistas necesarias para saciarla.

Viaje en autobús

Viaje en autobús es una narración de lo que su propio nombre indica. En él, Josep Pla monta en un coche de línea que sigue una ruta cualquiera. Y la conclusión a la que llega es contradictoria. Primero advierte que, hace mucho tiempo, ponerse en camino era un premio o una obligación. Algo fuera del alcance de la gente corriente. Después, que el viaje se convirtió en un acontecimiento común, y hasta habitual, en la vida de las personas. A lo largo del texto, que abunda en toda clase de detalles en lo tocante a los paisajes y paisanajes de los pueblos por que transita, el transeúnte no para de enunciar mientras tanto las virtudes de una existencia retirada. «En lo único que hay una prisa notoria es en aumentar los precios», llega a sentenciar.

Podría decirse poco más que el narrador está todo el rato alabando las bondades de una forma de vida próxima a fray Luis de León, en tanto que no para de subir y bajar de la viajera en las estaciones que se tercien, como un Marco Polo cualquiera. En cuanto se baja en una localidad, ya está buscando la posada municipal para dejar el equipaje. El paso siguiente, claro está, no es otro que recorrer todas las tabernas posibles. En ellas inquiere a los parroquianos, que no tardan en entablar conversación con el recién llegado.

Y sobre los testimonios de los maestros, las verbenas de las fiestas populares y los sueños de prosperidad económica Pla va edificando la estructura de un libro cuya redacción le sirve para reafirmarse en lo que ha aprendido leyendo a sus mentores. Al lector todo le indica que la obra, en su fondo y en su forma, tiene poco o nada que ver con el quietismo.

La huida del tiempo

Para el elogio del quietismo queda La huida del tiempo, cuyo esquema es estático. Es una recopilación de algunos artículos que Josep Pla escribió para la revista Destino. Las temáticas están mucho más definidas. En su hechura, se debió de dejar a merced de la improvisación menos de lo que se piensa. Con delicadeza, gota a gota, el escritor va vertiendo las épocas del año en sus artículos como en una vasija rebosante del agua que Ponce de León se trajo de la fuente de la eterna juventud. La lectura diaria de Séneca alumbra sus entendederas. Por rechazar la superstición y los dogmas absurdos, en algunas conversaciones Pla da la vuelta a la tortilla y termina incidiendo en la creación de un imaginario propio de leyendas, contra la lógica de su razonamiento. Otras veces se queja de la improcedencia de algunas tonterías: «Interés, lo que se llama interés, desde luego no tiene ninguno», espeta a un fanático de las incógnitas de los almanaques.

¿Y si la mejor manera de alcanzar la ansiada condición moral de ciudadano europeo fuese seguir la pauta que marca el viejo refranero castellano? Hay veces que la educación no frena al arrebato, y frente a una política que a menudo, más que ser inaccesible, resulta insustancial, la manera adecuada de poner el dedo en la llaga es escarbar en el costumbrismo. Y viene de lejos el tópico —si llegó a ser literatura, un día fue realidad— del frío en los establecimientos. Tal vez de Galdós; seguro, de Baroja. Ante el delirante panorama de un teatro helado, donde los espectadores se estrujan en sus abrigos, el cronista termina renunciando a la función del día.

Estos ajetreos florecen en los adentros de la ciudad mientras Pla sale a los campos a contemplar el paso de las estaciones. De este modo se despide en una carta: «Vivo pues en este pueblo perentoriamente y el año próximo me iré a vivir a Cadaqués, pueblo absolutamente muerto. Y desde Cadaqués, nos diremos adiós».

La calle estrecha

Sobre La calle estrecha Pla dejó dicho en su prólogo que era de las pocas novelas que había escrito. La observación «me proporcionó una serie de imágenes», comenta, «pero acabé comprobando que no reflejaban ningún argumento trabado, ninguna arquitectura concreta», hecho que «me confirmó la sospecha que ya tenía, de que en la vida no se producen argumentos a no ser por una rarísima casualidad —y que, por lo tanto, las novelas con argumento, más que reflejar la vida, arbitran una forma de artificiosidad». A continuación expide el permiso de circulación a una hilera de estampas como cuadros: las estaciones de trenes nuevamente, los trabajos perdidos, las abrasadoras butacas del cine en el verano y los paseos con bicicleta hasta el arroyo.

A la técnica de Pla se la ha calificado muchas veces de impresionista. En esta parte del volumen alcanza su cumbre. El final del libro, por llamarlo de alguna manera, no es otra cosa que la reafirmación de la continuidad, como en la vida y en el río de Heráclito.