<i>Una novelita lumpen</i>. Roberto Bolaño.

Una novelita lumpen. Roberto Bolaño.

Alfaguara. Madrid. 2018. 96 páginas. 17 euros

Roberto Bolaño: Una novelita lumpen

No procede calificar Una novelita lumpen de menor o accesoria, pues su efectividad no palidece en la comparación con 2666 o Los detectives salvajes

No sé cuánto tiempo ha pasado de la última vez que leí a Roberto Bolaño, pero con razón dejó dicho Santayana que “aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. Eso es lo que acabo de experimentar con la relectura de Una novelita lumpen, que Alfaguara reeditó el pasado enero. En el momento de su estreno formó parte de una colección de obras cuyos argumentos giraban alrededor de grandes ciudades. Bolaño desarrolló la suya en Roma, aunque —fiel a su estilo— aparte unas menciones honoríficas, el escenario del crimen no tiene importancia. La expresión “escenario del crimen” es tan confusa a lo largo de la trama como el resto de elementos que la componen.

Esta es la historia de la joven Bianca, una romana que queda huérfana cuando sus padres tienen un accidente de tráfico en una carretera comarcal del sur de Italia. La cosa se complica no solo porque ella está en plena adolescencia, sino porque además pasa a hacerse cargo de su hermano pequeño. En los momentos siguientes al deceso mantienen una estabilidad relativa, durante la cual se hacen con una subvención por desempleo que cobraba su padre y continúan con sus vidas de estudiantes de secundaria. Con el paso de los días la chica empieza a desesperarse, incapaz de controlar la adicción de su hermano al ejercicio físico y a la pornografía. En una ocasión vuelve del gimnasio con dos amigos —el libio y el boloñés— que, sin perder la compostura ante Bianca, llevan a cabo una sigilosa ocupación del apartamento. La transformación definitiva del argumento en una mojiganga angustiosa se produce cuando los invitados de su hermano le proponen un plan para hacerse ricos y salir de la peliaguda situación económica en que se encuentran los cuatro —Bianca es la única inquilina del piso que cumple unos horarios de trabajo, en una peluquería para más señas.

Semioscuridad constante

Como tengo una fijación con los cuentos, la última vez que había vuelto a Bolaño había sido para releer su recopilación Putas asesinas, que puede consultarse, al igual que el título de hoy, en la biblioteca del Gasset. Desconozco la cuestión que ha circunscrito a Una novelita lumpen al lado oculto de Roberto Bolaño; se tratará, seguro, de cualquier coyuntura caprichosa del mercado editorial o de la fecha de su publicación, anterior a la de 2666, agasajada sin límite por público y crítica. Su proceso de escritura debió ser exigente, prueba de lo cual es la escasa cantidad de relatos que salen adelante en la actualidad, y se aparta algo de los ambiciosos carriles de circulación de Los detectives salvajes o la mencionada 2666, aunque los vagos y maleantes que la protagonizan entran en la línea de personajes característicos del autor. La semioscuridad constante en que vive Bianca —ese insomnio que padecen como un castigo divino— solo amplifica el efecto. La contraportada promete una acción en la que “Bianca tiene mucho que ganar y nada que perder”, para lo cual el libro no recurre a tramoyas sensacionalistas.

No procede calificar Una novelita lumpen de menor o accesoria, pues su efectividad no palidece en la comparación con 2666 o Los detectives salvajes. Quienes así lo consideran olvidan que, por un lado, 2666 son cinco libros agrupados en un solo tomo, según tengo entendido contra el testamento del escritor; y por otro, que Los detectives salvajes, obra maestra prematura, resulta del aprendizaje adquirido por Bolaño con sus primeros pinitos. Una última sugerencia: Borges, que usó los cuentos como vehículo fundamental de su imaginación, influyó grandemente a Bolaño. No creo que este se tomara a broma la creación de prosas cortas.