<i>Heridas del viento</i>. Virginia Mendoza.

Heridas del viento. Virginia Mendoza.

La Línea del Horizonte. Madrid. 2018. 264 páginas. 19 euros

De Terrinches a Ereván

Pregunté si alguien tenía alguna idea de quién era ese personaje que se había saltado las coordenadas por las que se mueve la prensa provincial

De Virginia Mendoza Benavente supe una tarde, en una tienda, cuando se me ocurrió levantar la tapa de un libro que se llamaba igual que una canción de Labordeta. Escogí para la visita un horario que coincidía con la presentación de un escritor de cierto postín. Tuve la mala suerte de enterarme de eso allí mismo, ante la avalancha de personalidades de distinto pelaje. Antes de escapar del establecimiento como gato escaldado, que del agua fría huye, pude ver entre las novedades la portada de Quién te cerrará los ojos y descubrir que su autora era natural de Valdepeñas. Tras salir con desagrado a la avenida, telefoneé a este periódico y pregunté si alguien tenía alguna idea de quién era ese personaje que se había saltado las coordenadas por las que se mueve la prensa provincial.

Al llegar a casa investigué. Vi que su perfil tenía algo de extraterritorial. Si permanecía ajena al radio de influencia de nuestros periódicos era porque hacía mucho que había emprendido un largo viaje. La primera parada la hizo en Alicante, donde se licenció como periodista y antropóloga, pero huyendo de las zonas de confort —como yo de aquella librería convertida en patio de luces— había continuado trayecto hasta Ereván. En la capital de Armenia había montado su oficinilla, desde la que redactaba artículos que los medios rebotaban luego más allá del monte Ararat. Otro espacio donde había articulado sus vivencias era un cuaderno de campo que llevaba por título Heridas del viento. Comprobé que el volumen solo había tenido una edición, costeada por la propia Mendoza. Lo di por perdido cuando comprobé que estaba descatalogado hasta en Amazon.

Primeros textos

Cuando encuentro un escritor que creo puede interesarme, necesito leer sus primeros textos. Es algo instintivo. Pero en el caso de Virginia Mendoza, ante la imposibilidad de conseguir un ejemplar de Heridas del viento, opté por pasar directamente a Quién te cerrará los ojos, de cuya lectura concluí que escondía otra verdad entre sus páginas. No supe si le afectaría el cerco al que unos jueces absurdos sometieron a la editorial. Tampoco si le perjudicaría la irónica coexistencia en el mercado con una serie de reportajes sobre el mundo rural, muchos de ellos escritos por personas que nunca habían vivido en pueblos. Contacté con la terrinchosa para solicitarle una entrevista. No me dijo ni sí, ni no, ni todo lo contrario. Después de una conversación más bien inclasificable, remití mis preguntas, como diría García Márquez, cual náufrago que lanza una botella al mar para el dios de las palabras.

Cuatro meses después, recibí en mi buzón de correo electrónico las respuestas a mis preguntas. Entre los renglones encontré una afirmación que se convirtió en titular inmediato: «Volver a los pueblos es más útil que escribir un libro». Mendoza, que había terminado su periplo armenio hacía poco tiempo, anunciaba en la entrevista su regreso a Terrinches. Al mes y medio, recibí como agua de mayo la noticia de la reedición de Heridas del viento. En sus primeras páginas se dice que Armenia es «el único país actual grabado en el mapa más antiguo del mundo». Este dato justificaba el hecho de haber abierto el tomo. Avanzada la lectura, fui dándome cuenta del poso que sostenía esa verdad encubierta que había creído ver en Quién te cerrará los ojos.

Naturaleza hospitalaria

Heridas del viento deja entrever que el particular punto de vista de esta trotamundos sobre el entorno rural se debe al trabajo de campo previo, hondo y prolijo. El uso de la mochila como metáfora de una forma de viajar y el aprendizaje progresivo del idioma armenio requieren un esfuerzo humano, distinto al desembolso económico que habría permitido un hotel de cinco estrellas y la compañía de un intérprete. Mendoza viaja en este libro con un grupo de amigos que ven el encanto del viaje en paradas como las que hace un campesino en una gasolinera, cigarro encendido en mano, para llenar el depósito de su camioneta. A fin de cuentas, ¿cuánto riesgo puede ver en eso una nación que ha superado la diáspora, el intento de genocidio por parte del Imperio turco o la caída de la Unión Soviética?

El tamaño poblacional y territorial de Armenia es muy similar al de Galicia. La narradora recalca la naturaleza hospitalaria de los autóctonos: no recuerdo ningún desencuentro en todo el relato. La religiosidad nacional transmite sanas sensaciones de paz e independencia, pues la Iglesia apostólica armenia no está a las órdenes de ninguna de las grandes ramas (catolicismo, ortodoxia o protestantismo). Otro don de su genética debe de ser la resistencia, de la que echan mano, sobre todo, en las relaciones con Turquía. El viejo insurgente Sasun Papik, por ejemplo, dice en una plaza de la capital que él no «diferencia entre un impuntual y un turco». La dureza de los testimonios, sobre todo los que aparecen en el epígrafe «Voces», favorece esa percepción de sociedad enrocada, que se niega a perder su idioma y una cultura, de por sí minoritaria, en la que se enmarcan corrientes como el cristianismo molokan.

Con la sonrisa complaciente del falso adivino, que no posee bola de cristal sino sentido de lo previsible, leo las recomendaciones de la crítica para las fiestas navideñas. Desde el extrarradio de esta provincia castellana, cuyos habitantes ya están espoleando en los corrales las mantas de las aceitunas, yo quiero agradecer la consideración que ha tenido La Línea del Horizonte a la hora de reeditar Heridas del viento. Sugerir humildemente a nuestros lectores que se acerquen a esta joya, así como al refinado catálogo de su editorial, me parece una cuestión de responsabilidad y buen gusto.