"El acuerdo entre varios partidos que quieren conformar la coalición supone asumir conjuntamente aquellos objetivos propuestos por cada uno de los participantes"

Coaliciones, acuerdos y nuevos gobiernos

Después del fracaso del intento de acuerdos tras las elecciones anteriores llegan nuevas elecciones este próximo mes de noviembre. Un momento en el que es bueno reflexionar sobre los condicionantes del futuro que nos esperan para formar gobierno.

Lo más natural es que después de las elecciones de noviembre, con diferentes porcentajes de voto para cada uno de los partidos que se presentaron a las anteriores y los nuevos surgidos en este intervalo de tiempo serán necesarios acuerdos entre los partidos para poder formar el gobierno y mantener una mayoría que quiera poner en marcha un programa de actuaciones necesarias para nuestro país.

Las coaliciones se crean por la voluntad de conseguir objetivos comunes. El acuerdo posible entre partidos debe partir necesariamente de la voluntad común de alcanzar determinados objetivos. Posibles reformas, leyes que se quieren desarrollar dotaciones presupuestarias de determinados proyectos deben ser la base del acuerdo. La no atención a discutir un programa da la impresión de no tener voluntad de alcanzar objetivos comunes, sino de querer ser el caballo de Troya que, introducido en el gobierno, está dispuesto a lograr determinados objetivos que no se quieren dar a conocer previamente a aquel con quien se quiere establecer la alianza.

Es fundamental para un acuerdo razonable conocer los objetivos, sus posibilidades y los medios para lograrlos. Objetivos compartidos por todos aquellos que quieren firmar la coalición. Objetivos conocidos por todos porque el acuerdo entre dirigentes es un acuerdo que nos compete a todos los que hemos votado a esos partidos. Hace falta una dosis fuerte de pensamiento en lo común abandonando personalismos exacerbados.

El acuerdo entre varios partidos que quieren conformar la coalición supone asumir conjuntamente aquellos objetivos propuestos por cada uno de los participantes. No se trata simplemente de sumar aspectos que cada uno de forma independiente propone como programa de gobierno sino de coordinar propuestas y, a partir de ahí, sumar voluntades para lograrlas. No se trata de apuntalar, sino de acordar, de coordinar y sumar esfuerzos para lograr los objetivos que redundarán en las propuestas de gobierno para el bienestar de todos los ciudadanos.

Lo que queremos los ciudadanos son dirigentes que trabajen coordinadamente con los otros miembros del gobierno para hacer eficaz su gestión y conseguir resultados. Cualquier área del gobierno, cualquier ministerio necesita la coordinación amable y eficaz con los demás miembros del gobierno porque necesitará presupuestos que hagan posible sus propuestas, apoyos parlamentarios para hacer realidad propuestas legislativas y, con toda seguridad, apoyos de otras áreas de la administración. No sería bueno unir sin más diferentes proyectos que quieren seguir sus caminos de forma independiente. Esa sería la mejor manera de crear un gobierno ineficaz, necesitamos voluntades de coordinación y cooperación por parte de los que quieren crear coaliciones.

Gobiernos y acuerdos

Para conseguir los objetivos presentados en los programas de gobierno, en las propuestas de actuación hacen falta gestores especialmente cualificados. La administración tiene una maquinaria que presenta el necesario control de lo público para mantener los criterios esenciales de trasparencia, eficacia y concurrencia en los procesos. Pero para ello ha establecido unos mecanismos que es necesario conocer y saber utilizar en beneficio de los ciudadanos.

Hay diferentes áreas de la administración que requieren personas especialmente cualificadas para ello, conocedores de los procesos, de los objetivos y con capacidad de crear equipos eficaces en la gestión de lo público. Las buenas voluntades y las ideas utópicas pueden ser útiles para el discurso académico o el mitin político, pero el cielo solo está reservado para los creyentes cuando han muerto. Nuestro trabajo está en la tierra en la prosaica administración que requiere esfuerzos cotidianos.

Y estos objetivos se pueden lograr de muy diferentes maneras: puede haber acuerdos legislativos que definan el estudio de marcos que propicien cambios necesarios en áreas esenciales como la sanidad, las pensiones, la educación o la investigación. Y puede haber acuerdos de presencia de determinadas personas especialmente cualificadas en áreas de gestión que propicien dentro de la administración, coordinadamente, la eficacia de las propuestas planteadas. Pero el problema no puede ni debe ser el reparto de poder como si se tratara de un botín conseguido con los votos. Esa es la mejor prueba de que sus voluntades políticas se reducen a objetivos personales o de partido que deterioran el ejercicio de la política. Lo esencial es tener claro cuáles son las mejoras que queremos lograr con el gobierno, saber que tenemos los medios para conseguirlos y poner el trabajo y el esfuerzo necesario para lograrlo

Gestores de los acuerdos

Estas voluntades, esta unión de programas requieren diálogos de partidos cada día más ensimismados y centrados en personalismos inútiles. Y los representantes para llegar a los acuerdos son esenciales. No necesitamos gurús de la imagen que parecen jugar con los votos que han recibido para estudiar la rentabilidad de cara al futuro. Necesitamos ciudadanos sencillos que quieran escuchar a los miembros de otros partidos, que estén dispuestos a ceder, a encontrar puntos de coincidencia y a establecer estrategias de futuro.

Los acuerdos necesarios se gestionan entre personas que tienen la responsabilidad delegada por los dirigentes de cada partido. Pero es evidente que, en la situación actual, las relaciones personales entre los principales dirigentes tienen un nivel de deterioro grave que impide una negociación amable.

Los máximos dirigentes del PSOE, ni los del PP, ni de Ciudadanos ni de Unidas Podemos son capaces por sí solos de llegar a acuerdos. Sus manifestaciones en diferentes medios de comunicación, en sus intervenciones parlamentarias son capaces de romper los posibles lazos de entendimiento y concordia mínimamente exigibles. Los mediadores son necesarios para hacer que el acuerdo sea posible, para superar los personalismos de muchos políticos y poder hablar de proyectos, de caminos para hacerlos posible. Mediadores con capacidad de diálogo, con voluntad de entendimiento, con propuestas de futuro definidas y con deseo de encontrar puntos de encuentro.

Los resultados de las elecciones de noviembre van a dar indicadores de cómo entendemos los ciudadanos las propuestas de los diferentes partidos políticos y su comportamiento en estos últimos meses. Cada uno con sus gurús de la demoscopia y las interpretaciones previas y posteriores hará la valoración que considere más favorable a sus intereses. Pero convendría empezar a pensar en los intereses comunes y en un camino razonable de acuerdos y propuestas posibles y necesarias.