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La casa. Nuestro universo

Casa Bachelard / Lanza
Casa Bachelard / Lanza
Diego Peris
La vivienda no es solo el lugar de refugio, de rincón del mundo, es también el espacio en el que trascurre nuestra historia

La casa la entendemos en muchos casos como una simple construcción que nos permite realizar una serie de funciones: comer, descansar, dormir… Y es el espacio de nuestra vida familiar de nuestra actividad personal y de descanso con la lectura, la música o nuestros juegos. Y para ello necesitamos un espacio que acomodamos a nuestras necesidades y vamos moldeando a lo largo de la vida. Pero la casa es mucho más que eso y es bueno reflexionar sobre ello. Probablemente el libro de Gaston Bachelard, La poética del espacio sea la mejor reflexión sobre estos valores de la vivienda. Una reflexión que nos hace valorar todavía más la realidad residencial de nuestras vidas y nuestras ciudades. Me permito ofrecer las reflexiones de esa publicación seleccionando pequeños fragmentos de sus textos.

El rincón del mundo

La primera reflexión es sobre el carácter de refugio que tiene la casa para nuestras vidas.

Porque la casa es nuestro rincón del mundo. Es, se ha dicho con frecuencia, nuestro primer universo. Es realmente un cosmos. Un cosmos en toda la acepción del término. Vista íntimamente, la vivienda más humilde ¿no es la más bella? Los escritores de la «habitación humilde» evocan a menudo ese elemento de la poética del espacio. Pero dicha evocación peca de sucinta. Como tienen poco que describir en la humilde vivienda, no permanecen mucho en ella. Caracterizan la habitación humilde en su actualidad, sin vivir realmente su calidad primitiva, calidad que pertenece a todos, ricos o pobres, si aceptan soñar”.

La vivienda no es solo el lugar de refugio, de rincón del mundo, es también el espacio en el que trascurre nuestra historia. “Así la casa no se vive solamente al día, al hilo de una historia, en el relato de nuestra historia. Por los sueños las diversas moradas de nuestra vida se compenetran y guardan los tesoros de los días antiguos. Cuando vuelven, en la nueva casa, los recuerdos de las antiguas moradas, vamos al país de la Infancia Inmóvil, inmóvil como lo Inmemorial. Nos reconfortamos reviviendo recuerdos de protección. Algo cerrado debe guardar a los recuerdos dejándoles sus valores de imágenes. Los recuerdos del mundo exterior no tendrán nunca la misma tonalidad que los recuerdos de la casa. Evocando los recuerdos de la casa, sumamos valores de sueño; no somos nunca verdaderos historiadores, somos siempre un poco poetas y nuestra emoción tal vez sólo traduzca la poesía perdida”.

El beneficio de la casa

Y por esa razón, la casa no es sólo el refugio que nos protege del exterior, o el lugar donde se desarrolla nuestra historia personal. “En esas condiciones, si nos preguntaran cuál es el beneficio más precioso de la casa, diríamos: la casa alberga el ensueño, la casa protege al soñador, la casa nos permite soñar en paz. No son únicamente los pensamientos; y las experiencias los que sancionan los valores humanos. Al ensueño le pertenecen valores que marcan al hombre en su profundidad. El ensueño tiene incluso un privilegio de autovaloración. Goza directamente de su ser. Entonces, los lugares donde se ha vivido el ensueño se. restituyen por ellos mismos en un nuevo ensueño. Porque los recuerdos de las antiguas moradas se reviven como ensueños, las moradas del pasado son en nosotros imperecederas”.

Un conocimiento personal de nuestras vidas y nuestras experiencias que tienen lugar en el tiempo, pero que trascurren también en el espacio y de forma singular en el espacio de nuestras viviendas.

Creemos a veces que nos conocemos en el tiempo, cuando en realidad sólo se conocen una serie de fijaciones en espacios de la estabilidad del ser, de un ser que no quiere transcurrir, que en el mismo pasado va en busca del tiempo perdido, que quiere «suspender» el vuelo del tiempo. En sus mil alvéolos, el espacio conserva el tiempo comprimido”.

La casa espacio de nuestras soledades

La vivienda es el lugar en el que hemos vivido nuestras experiencias personales y nuestras vidas de relaciones familiares. Pero es también el espacio de nuestra soledad.

“Y todos los espacios de nuestras soledades pasadas, los espacios donde hemos sufrido de la soledad o gozado de ella, donde la hemos deseado o la hemos comprometido, son en nosotros imborrables. Y, además, el ser no quiere borrarlos. Sabe por instinto que esos espacios de su soledad son constitutivos. Incluso cuando dichos espacios están borrados del presente sin remedio, extraños ya a todas las promesas del porvenir, incluso cuando ya no se tiene granero ni desván, quedará siempre el cariño que le tuvimos al granero, la vida que vivimos en la guardilla. Se vuelve allí en los sueños nocturnos. Esos reductos tienen el valor de una concha”.

Experiencias vitales personales, de nuestra intimidad, de nuestra afectividad que conservamos como experiencias poéticas, que apenas somos capaces de describir porque son casas de la poesía. ”El excesivo pintoresquismo de una morada puede ocultar su intimidad. Esto es cierto en la vida. Las verdaderas casas del recuerdo, las casas donde vuelven a conducirnos nuestros sueños, las casas enriquecidas por un onirismo fiel se resisten a toda descripción. Describirlas equivaldría a ¡enseñarlas! Tal vez se pueda decir todo del presente, ¡pero del pasado! La casa primera y oníricamente definitiva debe conservar su penumbra. Se relaciona con la literatura profunda, es decir, con la poesía, y no con la literatura diserta que necesita de las novelas ajenas para analizar la intimidad. Sólo debo decir de la casa de mi infancia lo necesario para ponerme yo mismo en situación onírica, para situarme en el umbral de un ensueño donde voy a descansar en mi pasado”.

La riqueza de experiencias y valores de nuestra casa.

La casa es el recuerdo de nuestra infancia, del tesoro de nuestras experiencias primeras. “Si no hubiera habido un centro compacto de ensueños de reposo en la casa natal, las circunstancias, tan distintas, que rodean la verdadera vida, hubieran embrollado los recuerdos. Excepto algunas medallas con la efigie de nuestros antecesores, nuestra memoria infantil no contiene más que monedas gastadas. Es en el plano del ensueño, y no en el plano de los hechos, donde la infancia sigue en nosotros viva y poéticamente útil. Por esta infancia permanente conservamos la poesía del pasado. Habitar oníricamente la casa natal, es más que habitarla por el recuerdo, es vivir en la casa desaparecida como lo habíamos soñado. ¡Qué privilegios de profundidad hay en los ensueños del niño! ¡Dichoso el niño que ha poseído, verdaderamente poseído, sus soledades! Es bueno, es sano que un niño tenga sus horas de tedio, que conozca la dialéctica del juego exagerado y de los aburrimientos sin causa, del tedio puro”.

Unas excelentes reflexiones para valorar nuestra casa por encima de su realidad material como lugar de refugio, de nuestra historia y nuestros sueños.

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