<i>El norte</i>. Asís Lazcano.

El norte. Asís Lazcano.

Destino. Barcelona. 2009. 248 páginas. 18 euros

Víctimas del mal de Aurora

Estos perdidos de corazón caliente dejan un poso suave de pesimismo y vuelcan sobre nosotros esos sentimientos creíbles que transmitían los grandes autores

El norte es la tercera, y hasta ahora última, novela de Asís Lazcano. Su perfil deja lugar a pocas dudas: producción corta en menudencias y larga en dar voz a unos personajes y un modelo de acción algo distantes de las pautas actuales. Frente a una oferta que considera que no tiene por qué guiarse por la exigencia de la literatura, Lazcano es autor de una propuesta que debe mucho a los Episodios nacionales de Galdós, a las novelas de Baroja o a la escritura de Umbral. Jacob Böhme dijo esta frase: «Este espíritu de fuego y auténticamente diabólico sublevóse también en el centro del corazón». Mientras se lee este título, la avalancha editorial de ilusos queda anulada por estos perdidos de corazón caliente, que dejan un poso suave de pesimismo y vuelcan sobre nosotros esos sentimientos creíbles que transmitían los grandes autores.

Dictadura invisible

De la lectura de El norte quedan algunas imágenes poderosas, casi espirituales. La primera de ellas se presenta al inicio del libro. Ahí está Java, un niño gitano, bravo y desafiante, buceando en la ría bilbaína por causa de una apuesta. Lo mueve una gloria bien ínfima, tanto que su precio es una moneda de veinte duros. Aunque lo que se presume en algunos giros de ese pasaje es el relato de un ahogamiento. El fingidor solo se da cuenta de que no sabe nadar cuando está a punto de culminar su hazaña. La culmina, sale a flote y en el puente le vitorea una multitud enfervorizada. Él no lo sabe, pero seguramente se habrán realizado más apuestas, y más grandes, mientras viajaba a las profundidades. A lo largo de la trama se lanzan varios órdagos, ante los cuales los caracteres principales siempre saldrán perdiendo.

En un bosque de árboles que dan mala sombra, Java es un arbusto manso y retraído. Él solo es uno de los chavales que están sometidos a la dictadura invisible del cura José Julio. Jota, mote por el que el clérigo es conocido, se aprovecha de las carencias de los protagonistas. Hace a la vez las funciones de poli bueno y malo, salvando a Java de un traslado seguro al cuartelillo. No es el único que asume este oscuro papel. Conocemos a su compañero Siro en la escena en que Iván Castaños, camino de un reformatorio, se despide de su familia. La frialdad con que esto se produce contrasta con el relativo temor a lo desconocido que tiene el adolescente. No es exactamente un sórdido lugar de tortura sino un escenario aislado. El castigo no es la estricta ley sino el aburrimiento.

La tentación

Y es que quizá el aburrimiento es la peor tortura que se puede infligir a un adolescente. Iván es el hermano gemelo de Igor; son hijos del propietario de una humilde cafetería de Bilbao. Se parecen de tal modo que ambos trincan de la caja de la empresa familiar, pero Igor se chiva antes. El padre, reconvenido anticlerical, pone a su hijo Iván en manos de los dos párrocos. En su estancia le da tiempo a padecer a unos abusones a los que se termina imponiendo, a trabajar la madera, a hacerse amigos de los represores y de los reprimidos. Fiel a su lado golfo no puede evitar la tentación de amistarse con Fanny. La chica tiene una fama de conflictiva que palidecerá posteriormente, en comparación con los piezas que irán apareciendo. Una noche que las rachas de viento sacuden sin violencia la alambrada, Iván se fuga con Fanny.

Entretanto, enfrascado en su caballete Igor no cesa de buscar el remate a un cuadro. Todos los días se pone delante de un paisaje minero y consigue reunir una serie de pinturas que considera aceptables. La machadiana monotonía de lluvia tras los cristales del bar familiar empuja afuera a Igor. En la calleja se reencuentra con una exempleada de su padre, Aurora, y no pierde su ocasión de coger el tren. Esa parafernalia de los días va propiciando un trato de conveniencia del que a una le interesan la atención y la pecunia y a otro el falso acompañamiento que le brinda una madre soltera con la que pasea por plazas y muelles soñando que se aleja de un vacío como una negra baza de naipes. La relación condenada al fragor se refleja en la que Iván mantiene con Fanny.

Tedio provinciano

Si los dos hermanos buscan, cada vez con más arrojo, un desafío que ponga a raya al tedio provinciano, las rondas vizcaínas siguen siendo una vía de circulación donde abundan locales como el Jovi Junior, un cutre salón de billar donde se reúne lo mejor de cada casa. Entre ellos Chavis, un acordeonista transeúnte, adeuda una cantidad de dinero a un traficante local. De las verbenas vuelve luego mareado por el traqueteo del tren de cercanías y el dinero que gana se lo funde sin remedio. Otro que pierde la paciencia es Chechu, que el día que tiene que salir huyendo del cine Vizcaya rompe su amistad con Igor. Este se despide de su gran amigo tirando al río una bolsa con los libros y vinilos prestados que conservaba. Empieza a ir solo al Vizcaya, conoce a los habituales y uno apodado Redford intenta aprovecharse de él.

Hay un instante de la acción en que a los personajes dejan de llegarles las postales. Sus vidas comienzan a cuartearse como papel mal prensado y se terminan llenando de un ruido parecido al de la canción de Sabina. Y entonces —aquí sí— el goteo de los nubarrones de lluvia se va haciendo más brusco e impulsivo. Chavis, huyendo del acoso de su camello, se refugia en el parque de atracciones abandonado que vigila su hermano. En la garita acoge a Iván y Fanny. Aurora convence a Igor para que exponga en una galería. Al final hay engranajes oxidados mascando la tragedia y el trapicheo de los mercantes artísticos que ambicionan el robo. El día que sucede un derrumbe y Aurora, intento de farsante, es engañada con dos míseros billetes en los bolsillos es el que más llueve de toda la novela.