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Miradas desde las alturas

Fernando Izquierdo Esteban Texto: Isabel López Galán / Ciudad Real

Mirar a los ojos cuando hablamos es una práctica necesaria para el correcto intercambio de información al comunicarnos. Pero cuando las miradas están a más de 3 metros de altura y el individuo en cuestión es de bronce o hierro… la comunicación se dificulta. La fotografía hace entonces el milagro y la magia del fotógrafo nos pone a la altura de nuestros ojos las miradas de metal.

 

En Ciudad Real tenemos importantes personajes de nuestra historia que nos miran desde las alturas y sus ojos no se cruzan con los nuestros. Es posible que no sepamos quienes son, qué hicieron, por qué están en nuestras calles… Aquí os los presentamos y los ponemos a vuestra altura. Son cuatro, de ellos 3 fueron reales, muy reales y uno ficticio que, paradójicamente, es el más real en la memoria colectiva y el más veces representado en nuestra ciudad y provincia.

Isabel de Castilla, más conocida como la Reina Católica, preside solemne la rotonda de la avenida de los Reyes Católicos. Mira con orgullo a la ciudad a la que benefició con la concesión de la Real Chancillería, el más importante tribunal de justicia de la época. La antigua casa consistorial (lugar donde hoy se ubica el famoso reloj carillón de la plaza mayor) y la llegada del tribunal de la inquisición, también fueron obra suya. Gracias a ella Ciudad Real vivió su época más esplendorosa. Carlos Guerra, escultor de Almodóvar del Campo, nos presenta una reina joven y poderosa, con una mirada firme y decidida que, si tuviera color, sería azul. En una de sus manos sostiene un pliego probablemente con los privilegios concedidos a nuestra ciudad, que podría estar entregando al capitán de sus ejércitos, Hernán Pérez del Pulgar que, a dos rotondas de distancia, en línea recta, aparece arrodillado ante su reina, con el yelmo en una mano y el pendón de Castilla en otra. Esta escultura también es de Carlos Guerra.

Hernán Pérez del Pulgar nace en Ciudad Real, en la casa que hoy es museo de López Villaseñor. Será un soldado valiente, capitán de los ejércitos de los Reyes Católicos e historiador. Entre otras crónicas escribiría la conquista de Granada en la que él mismo tuvo un papel relevante, por el que más tarde se le conocería con el sobrenombre de “el de las hazañas”. Su mirada de broce es humilde, serena, de fiel vasallo que espera las órdenes de su reina.
Desde el coche y pendientes del tráfico sus miradas nos pasan desapercibidas pero ellos nos observan y hoy, más cerca, se presentan.

Juan II, rey de Castilla y padre de Isabel, nos espera subido a su caballo en los jardines del torreón. Este rey fue el que nos dio el título de ciudad, en 1420 y la leyenda “muy noble y leal” que aparece en nuestro escudo. Fue en agradecimiento a los villarrealenses por rescatarle de un secuestro al que le había sometido la Orden de Calatrava.

Sergio Blanco, más conocido por su dúo musical con Estíbaliz, es el escultor que nos presenta en bronce a éste rey de rostro solemne y mirada orgullosa, imposible de apreciar desde la altura a la que nos contempla pero que ahora , gracias a la fotografía 360, vemos tan cerca que hasta nos sorprende lo guapo y real que es.

Quijote Azteca, es la más alta y alejada de la realidad y la “realeza”. Nuestro Quijote Azteca, bautizado así en honor a su escultor, Federico Silva, mexicano de nacimiento e hijo de un español. La escultura le fue encargada por Eulalio Ferrer, empresario exiliado a México, amante y defensor del patrimonio cultural de Cervantes y su Quijote, que tras ser nombrado “Caballero Andante” por el ayuntamiento de Ciudad Real en 1996, decide regalar a la ciudad esta enorme escultura poco convencional sobre nuestro famoso hidalgo. La escultura es un homenaje a la cultura mexicana y española y su unión entre ellas.

Nunca tuvo miras tan altas Don Quijote como desde que lo pusimos aquí, a más de 6 metros de altura, recibiendo y dando la bienvenida a todos cuantos vienen a visitar Ciudad Real y circulan por sus calles.
Subamos ahora la vista y detengámonos un momento a contemplar a quienes, desde las alturas, nos miran pasar.