D. Enrique de Cisneros y Nuevas fue un alcalde-corregidor de Ciudad Real y gobernador de la provincia del siglo XIX, que durante su mandato realizó muchas y notables mejoras urbanas, obras culturales y benéficas. Entre las mejoras urbanas se encontraba el primer abastecimiento de aguas a la ciudad. Para conmemorar esta traída del agua a Ciudad Real, la corporación municipal que presidia acordó la instalación de una fuente monumental en la Plaza Mayor, poniendo el consistorio por iniciativa de D. Enrique de Cisneros, una lápida conmemorativa en la misma, que perpetuase las hazañas de Hernán Pérez del Pulgar.
En la ‘Crónica General de España’ que dirigiera el académico don Cayetano Rosell y cuyo tomo dedicado a la provincia de Ciudad Real es obra de don José de Hosta, y su edición data del 1865, aparece un dibujo de este primer monumento ciudarrealeño y la siguiente descripción:
“Compónese este sencillo monumento de un robusto pedestal sobre el que ha de colocarse la estatua de aquel esclarecido hijo de la capital…”. Así comienza la descripción de la fuente-monumento de Hernán Pérez del Pulgar don Domingo Clemente en su “Guía de Ciudad Real”. Y no será necesario decir que la estatua que habría de colocarse sobre el “robusto pedestal”, no se colocó nunca. Se coronó provisionalmente con ese hermoso jarrón, o ánfora sin asas. Y así, cayendo una vez más en nuestro vicio sempiterno de dejar las cosas a medias, la fuente-monumento se quedó en lo primero en fuente nada más, pero no en lo segundo. Es decir, en el frente del pedestal que daba a las casas Consistoriales (el edificio actual de la farmacia Calatayud pues aún no existía el Ayuntamiento recientemente derribado) colocaron una lápida de mármol con la siguiente inscripción en letras doradas: “HERNÁN PÉREZ DEL PULGAR EL DE LAS HAZAÑAS, NACIÓ EN CIUDAD REAL EN 1451 Y MURIÓ EN GRANADA EN 1531. LA CIUDAD NATAL CONSAGRA ESTA MEMORIA AL SEÑOR DE LOS MOLINOS DE TREMECEN. AL HÉROE DE ALHAMA, DEL SALAR, DE GUADIX, DE SALOBREÑA, DE GRANADA Y DE MONDÉJAR”.
Y en el lado contrario de pedestal, una segunda lápida también de mármol blanco, nos daba ya más detalles de construcción, época, nombres y data y reconocía que aquello era fuente más que monumento: “EN EL GLORIOSO REINADO DE DOÑA ISABEL II SIENDO GOBERNADOR DE ESTA PROVINCIA Y ALCALDE-CORREGIDOR DE LA CAPITAL, EL SEÑOR DON ENRIQUE DE CISNEROS ABASTECIO DE AGUAS POTABLES A LA POBLACION Y CONSTRUYO ESTA FUENTE EL INGENIERO INDUSTRIAL DON EUGENIO SATARNIER. AÑO DE 1860”. Las cuatro conchas de la parte inferior recibían el agua por las bocas de otros tantos delfines de piedra, para verterla luego en un recipiente circular.
Años más tarde la fuente-monumento fue trasladada al centro del Paseo del Prado, siendo de nuevo trasladada a principios de siglo XX a la Plaza del Pilar, frente al palacete de los Barrenengoa, con sus lápidas mirando la primera hacia la calle de Ciruela. En el año 1909 el ayuntamiento acuerda en su sesión del 27 de julio del citado año, desestimar una proposición presentada por el concejal Sr. Vázquez pidiendo el traslado del monumento de Hernán Pérez del Pulgar a otro lugar, acordándose finalmente que fuera demolido y que se colocasen las lápidas en un sitio preferente de la Casa Consistorial, hasta que se hiciese un nuevo monumento a su memoria, que no se llegó hacer.
Demolido el monumento, la lápida de mármol de Carrara se salvó siendo, limpiada, perfilada y dorada la inscripción, por Joaquín Cabildo en 1910, quien le puso cuatro florones dorados, siendo colocada en el desaparecido ayuntamiento del siglo XIX capitalino. También se salvaron las bocas de los delfines de piedra y las conchas, que fueron depositadas en los almacenes municipales.
Años más tarde con los restos que se salvaron se utilizaron para construir en el Parque de Gasset la primera fuente que se instaló en el mismo, que quedó terminada el viernes 8 de agosto de 1924, al final del paseo principal del parque muy cerca de la Cruz de los Casados. Es la actual llamada “de los delfines”, estando constituida por un bloque central con cuatro lados, y en cada uno las bocas de los delfines que arrojan agua por la boca. Únicos restos de aquella fuente monumento, que de su origen no hay quien la conozca sin su jarrón sobre el pedestal, sin lápidas dedicatorias, sin recipiente circular y sin verja de hierro, como hubiera sido lo suyo.
