Inauguración del busto del Dr. López de Haro en el Hospital de Mineros, año 1935. Archivo Histórico Nacional

Inauguración del busto del Dr. López de Haro en el Hospital de Mineros, año 1935. Archivo Histórico Nacional

El doctor López de Haro, médico de los mineros de Almadén

El hospital de mineros era por entonces el mejor en muchos kilómetros a la redonda. En una época en la que la Seguridad Social no existía, para disponer de un centro hospitalario de la calidad del de Almadén había que desplazarse a Ciudad Real, situada a unos 100 kilómetros, o Córdoba, a unos 130. En el hospital minero había dos médicos, ocho practicantes, seis subalternos y cuatro monjas. En 1936 se añadió un tercer médico, el doctor Matías Sanz Arenas, con la finalidad principal de luchar contra la tuberculosis, que había afectado, entre otros vecinos de la localidad, a ocho hijos de mineros

Uno de los más penosos oficios del hombre es el de minero, especialmente si se trata de minería subterránea. Todavía hoy es un trabajo duro y peligroso, tanto más si retrocedemos en el tiempo, cuando los medios técnicos de arranque y extracción del  mineral o el desagüe de las minas  eran manuales, la ventilación de las labores muy escasa y las medidas de seguridad e higiene casi inexistentes.

Por un lado estaban los accidentes, que provocaban la muerte o la incapacitación de los operarios debido a hundimientos de las explotaciones, caídas por pozos y coladeros, explosiones de dinamita o de grisú, u otras causas; por otro, las enfermedades, como  la silicosis, causada por la inhalación del polvo de sílice, el saturnismo, envenenamiento por plomo, el hidrargirismo, por mercurio, y varias más.

Queda justificado pues, que para una actividad tan peligrosa como la minería se crearan hospitales y botiquines dedicados específicamente a la cura de mineros enfermos y accidentados. La ley de accidentes de trabajo, vigente en España desde 1900, sancionaba la preocupación por la salud y seguridad de los obreros, las cuales estaban especialmente amenazadas desde la revolución industrial. Otras muchas leyes se fueron publicando en las primeras décadas del siglo XX, pero hay que poner de manifiesto que la frecuencia y gravedad de los accidentes y de las enfermedades de los mineros demuestran con claridad la enorme diferencia existente entre las normas y la realidad del trabajo en la mina. No obstante, hay que reconocer que en los yacimientos explotados por empresas importantes, como Riotinto, Peñarroya o Almadén, las condiciones de seguridad e higiene fueron mejorando con el paso de los años, a lo que se añadieron otras mejoras sociales como vivienda, economato o escuela.

En Almadén se conoce desde hace siglos la insalubridad de su mina y la influencia malsana que ejercía el mercurio sobre la salud de los operarios que trabajaban en las labores subterráneas, los hornos de tostación del cinabrio y el almacén donde se pesaba y envasaba el mercurio. Al hidrargirismo había que añadir la silicosis y otras enfermedades pulmonares, como la neumonía y la bronquitis crónica, provocadas por los bruscos cambios de temperatura entre diferentes sitios del interior de la mina o en la salida de los operarios al exterior. Y todo lo anteriormente dicho se agravaba porque los mineros comenzaban a trabajar desde la infancia, tal y como indicaba ya en 1778 Don José Parés y Franqués, médico de los mineros de Almadén “…y desde tan tierna edad se sujetan sus  cuerpos a los acicates de los minerales. Así van siguiendo los trabajos, de los más sencillos y suaves a los mayores y de más fatiga, según su tiempo y robustez”.

En los años de que trata este artículo, la década de 1930, el hidrargirismo venía siendo combatido a fondo desde que el doctor Guillermo Sánchez Martín hubiera efectuado en 1923 un estudio médico de unos 1.900 operarios del establecimiento minero. De ellos, 574 estaban afectados de dicha enfermedad, en su mayoría  barreneros y perforistas. El citado doctor recomendaba en las conclusiones de su estudio al director de las minas procedimientos preventivos de higiene industrial, como la mejora de la ventilación de las labores subterráneas, y prácticas de profilaxis individual.

 

El doctor López de Haro en Almadén

Cuando en 1931 falleció el doctor Estanislao Cabanillas, quedó vacante una plaza de médico del Real Hospital de Mineros, cuyo director era en esos años el doctor Guillermo Sánchez Martín. Se necesitaba por tanto contratar a un nuevo médico con experiencia en cirugía y traumatología para que asistiera a los mineros heridos. Aunque en Almadén se han producido históricamente menos siniestros que en otras minas debido a la propia naturaleza de las rocas, sí ha habido bastantes accidentes graves y algunos mortales.

Los datos que se conservan en el libro de accidentes indican, por ejemplo, que entre 1922 y 1934 hubo ocho mortales, cuatro de ellos por caídas por los pozos, dos por desprendimiento de rocas y otros dos por electrocución. En cambio, en la cercana mina de plomo San Quintín, término municipal de Cabezarados, el historiador Jorge Juan Trujillo Valderas informa que entre 1890 y 1899 se produjeron nada menos que veintidós accidentes mortales con veintisiete mineros fallecidos.

Las Sociedades Obreras de Zafreros y Albañiles de Almadén solicitaron al Consejo de Administración de las minas que la citada vacante del hospital minero fuera provista mediante concurso-oposición entre los médicos de la localidad. Poco después se recibió otro escrito en el Consejo de Administración, firmado por muchos obreros, en el que se pedía que la plaza se concediera al médico de Almadén que tuviera mayores conocimientos de cirugía general. El Consejo, organismo dependiente del Ministerio de Hacienda, no pudo acceder a lo solicitado ya que sus estatutos no lo permitían y convocó un concurso abierto en todo el Estado español.

Al concurso se presentaron 38 instancias documentadas y el Consejo, después de una amplia deliberación, elevó una terna al ministro de Hacienda para que este designara al que considerara más oportuno. Los concursantes con mayores méritos fueron: Don José Luis Rodríguez López de Haro, Don Luis Tejedor Pérez y Don Primitivo de la Quintana López. El Consejo le indicó al ministro que este orden no sugería preferencia alguna, pues los tres seleccionados tenían análogos méritos. Al final, el elegido fue el primero de ellos.

El doctor López de Haro unía a un brillante expediente académico una considerable experiencia profesional, a pesar de tener sólo 33 años. Había ejercido de médico en el hospital de la Beneficencia de Madrid y después de ser médico titular de Ossa de Montiel (Albacete) durante un año, había pasado a desempeñar el mismo puesto en Almadén. Además, había publicado algunos artículos en revistas médicas y llevado a cabo más de un centenar de intervenciones quirúrgicas.

Este último era el factor que más debió pesar en la decisión de nombrarle médico del hospital de mineros, pues cada año se producían varios accidentes traumáticos de mayor o menor gravedad en el interior la mina, en los hornos de tostación del mineral y en las canteras de piedra, la cual se utilizaba para fortificar las labores subterráneas. Por otra parte, al ser el hospital de mineros el único centro médico de Almadén con sala de operaciones quirúrgicas, el doctor López de Haro realizó, aunque no era su obligación, muchas intervenciones a las personas humildes de la comarca, quienes no podían desplazarse por falta de medios económicos a otros establecimientos sanitarios.

El hospital de mineros

El hospital de mineros era por entonces el mejor en muchos kilómetros a la redonda. En una época en la que la Seguridad Social no existía, para disponer de un centro hospitalario de la calidad del de Almadén había que desplazarse a Ciudad Real, situada a unos 100 kilómetros, o Córdoba, a unos 130. En el hospital minero había dos médicos, ocho practicantes, seis subalternos y cuatro monjas. En 1936 se añadió un tercer médico, el doctor Matías Sanz Arenas, con la finalidad principal de luchar contra la tuberculosis, que había afectado, entre otros vecinos de la localidad, a ocho hijos de mineros.

Ya en 1930, el Consejo de Administración había mostrado su preocupación por la especial incidencia de la tuberculosis en Almadén, si bien esta era una enfermedad que constituía una verdadera plaga social en toda España, calculándose que entre 1925 y 1930 habían fallecido por esta causa nada menos que 175.000 personas, y es que un tuberculoso en la España de entonces tenía un pie y medio en el cementerio. En Almadén, el número de muertes por tuberculosis pulmonar para el mismo periodo de tiempo ascendió a 37 personas, 29 hombres y 8 mujeres.  El Consejo de Administración de las minas era consciente que la profesión de minero llevaba en sí misma un factor predispuesto al padecimiento de enfermedades pulmonares y por ello se había propuesto a título de ensayo un Servicio Antituberculoso en el hospital de mineros, evitando así además que la enfermedad del padre de familia contagiara a la esposa e hijos en el hogar.

Por su parte, los ocho practicantes  no solo atendían el hospital, sino también el botiquín de urgencias que había en el propio recinto minero. De los subalternos, tres eran mozos de hospital y los otros tres eran mujeres: una cocinera, una lavandera y una moza de hospital. A pesar de estar en plena República, las hermanas de la Caridad continuaban su labor humanitaria y el mismo doctor López de Haro reconocía que, “…superados los prejuicios que respecto a ellas poseía, llevan vida de sacrificio y renunciamiento en beneficio del desvalido, sus desvelos por el enfermo y su amor eterno y consuelo perseverante al dolor del que sufre y padece”.

 López de Haro y Lerroux

La primera vez que Alejandro Lerroux visitó Almadén fue en 1902 y desde entonces se había preocupado por el bienestar de sus mineros. En 1904 denunció su situación de abandono y consiguió que el Gobierno enviara una comisión oficial para que aconsejara cómo mejorar la explotación del yacimiento de mercurio, no solo desde el punto de vista técnico sino también desde el higiénico y sanitario. Lerroux también fue partidario en 1916 de la creación de un Consejo de Administración como organismo responsable del establecimiento minero, oponiéndose así al proyecto de ley de Santiago Alba, ministro de Hacienda, quien había propuesto arrendar las minas de Almadén, puesto que no producían todo lo que se esperaba de ellas.

 El doctor López de Haro era republicano radical y se presentó por el partido de Lerroux a las elecciones de 1931, pero las perdió. En una carta dirigida al decenario Justicia, órgano del Partido Socialista, escribió a este respecto en julio de dicho año: “En la política sí, he dado un patinazo, pero de buena fe; si nos hubiéramos unido a los socialistas, a estas horas con mi acta de diputado, mis sandalias y sombrilla, presumiría muy ufano por la calle Ancha, pero tomar ese rumbo hubiera sido separar para siempre el pueblo de Almadén de su gran padrecito Alejandro Lerroux y tirar por la ventana una historia de treinta años de relaciones y cariño; ahora que puede recogerse el fruto de tanta espera, yo no podía echar sobre mi conciencia esa responsabilidad por egoísmo que nunca sentí”.

 Reconocimiento popular

Ya en 1932, Don Manuel Medina, en representación de los mineros operados por el doctor López de Haro con resultado satisfactorio, se dirigió al Consejo para rogarle que autorizara la colocación de una estatua dedicada a dicho médico al lado de la puerta del Hospital de Mineros. El Consejo le contestó que, prescindiendo de los merecimientos del citado doctor, se oponía a este tipo de homenajes.

En una reunión celebrada en 1934, el Consejo hizo constar su satisfacción por la labor realizada por el doctor López de Haro. Además, el Consejo reflejó en el presupuesto de 1935 la instalación completa de un laboratorio de investigaciones biológicas, la dotación de nuevos estudios sobre el hidrargirismo que desearan realizar médicos higienistas, la adquisición de un coche ambulancia para el traslado de enfermos y heridos, y la creación de una plaza de odontólogo, puesto que el vapor de mercurio producía estomatitis frecuente en los operarios. En un estudio que había llevado a cabo en 1922 el doctor Fernández Aldama, otro médico afincado en Almadén, se demostró que de 420 barreneros reconocidos, 419 presentaban anemia y 407 estomatitis.

En 1935 fue el diputado Izquierdo Jiménez quien dirigió un ruego al ministro de Hacienda, solicitando que fuera colocado un busto del doctor López de Haro en el hospital de mineros. El Consejo de Administración no sólo se adhirió entonces  al homenaje, sino que sufragó los gastos de su colocación. Por fin, el 1 de junio de 1935, se instaló el busto cerca de la entrada del hospital y se le dio a la glorieta el nombre de Doctor López de Haro.

El doctor Vallina

El Sindicato Minero de Almadén y la Federación de Sociedades Obreras remitieron una instancia al Ministerio de Trabajo en abril de 1936, solicitando que fuera nombrado jefe de los Servicios Sanitarios del establecimiento minero el doctor Pedro Vallina Martínez. Este era un médico de ideario anarquista que había sido desterrado de Sevilla a Siruela (Badajoz) durante la dictadura de Primo de Rivera. Al caer esta le fue levantado el destierro durante el gobierno Berenguer y concedida la libertad condicional a condición de no pisar Andalucía, y entonces decidió afincarse en Almadén. El Ministerio de Trabajo envió la citada instancia a la Dirección General de Sanidad y esta, a su vez, al Consejo de Administración para que informara sobre la misma. El Consejo se sorprendió, porque era al Ministerio de Hacienda, a propuesta suya, a quien correspondía nombrar o cesar al jefe de los Servicios Médicos.

Sólo un mes después, el Consejo recibió otra instancia firmada por los doctores Vallina y López de Haro, Don Manuel Meca (presidente del Sindicato Minero) y Don Amadeo Aceña (presidente de la Federación de Sociedades Obreras), solicitando que los Servicios Sanitarios de las Minas de Almadén se dividieran en dos secciones: a) Medicina e Higiene y b) Cirugía e Incidentes de Trabajo.

La primera estaría a cargo de un médico jefe, Pedro Vallina Martínez, con plena autoridad directiva y administrativa. La segunda estaría a cargo de otro médico jefe, José Luis Rodríguez López de Haro, también con plena autonomía directiva y administrativa. Además manifestaban en la instancia que el médico tercero, el doctor Matías Sainz Arenas, médico contratado específicamente para la lucha antituberculosa, estaría a las órdenes de los anteriores. Los firmantes indicaban también que elevaban otra instancia en el mismo sentido al ministro de Hacienda. Entretanto, el doctor Guillermo Sánchez Martín, director del hospital de mineros, había sido destituido y expulsado de Almadén junto con otros mandos del establecimiento, entre los cuales se encontraban el director y los ingenieros de la mina.

 La guerra civil

Al llegar la guerra civil, los doctores López de Haro y Vallina abandonaron Almadén, pero su amistad continuó durante el desarrollo de la misma. A pesar de que fueron destinados a lugares diferentes, en 1938 se encontraron en Valencia, cuando ya la salud del doctor Vallina estaba afectada por una dolencia cardiaca. Dos meses después pasaron unos días juntos en Barcelona y, tal y como escribió el doctor López de Haro, “…en marzo de 1939 saltamos a Francia, como saltan las astillas bajo el hacha, y durante el exilio ya no volví a verle”.

Entretanto en Almadén, el vocal obrero se dirigió al Consejo para informarle de que “…sabe de una manera oficiosa, aunque segura, que el Dr. Vallina, que estaba al frente de los Servicios Sanitarios por encargo del Frente Popular, ha cesado en sus funciones, ausentándose de Almadén”. Dicho vocal solicitaba al Consejo que se le abonaran los cuatro o cinco meses que el médico había estado dedicado a atender a los obreros enfermos y accidentados, aunque el Consejo todavía no le había designado para el cargo, esperando a que se resolviera la crisis ministerial.

El Consejo le concedió como pago de todos los servicios médicos prestados desde el mes de marzo hasta agosto la cantidad de 3.500 pesetas. Así pues, el doctor Pedro Vallina abandonó repentinamente Almadén a mediados de agosto con sus correligionarios anarquistas, “…no muy numerosos, pero muy buenos compañeros”, como él mismo les definía. Su primer destino fue el frente de Guadalajara.

 En cuanto al doctor López de Haro, en la sesión del Consejo celebrada en Madrid el 22 de octubre de 1936 se dio lectura a una carta suya, a la que acompañaba copia de la orden del Ministerio de Marina y Aire, nombrándole provisionalmente médico de la Flota con destino en Cartagena. En dicha carta mostraba la intención de “…reintegrarme a mi puesto en las minas de Almadén cuando termine el movimiento revolucionario”. Antes de marchar a su destino en Cartagena, el doctor López de Haro, “Médico-Director del Hospital Civil de Mineros (hoy Hospital de Sangre de nuestras Milicias Unificadas)”,  realizó un estudio titulado “Divulgación científica para médicos, sanitarios y profanos a propósito de los gases asfixiantes”. De este trabajo editó un folleto en Almadén el Bloque Popular de Izquierdas (Comisión de Sanidad).

En noviembre de 1936, el doctor López de Haro se presentó en la sede del Consejo para  reclamar la gratificación que tenía solicitada por los servicios prestados en Almadén, pero el Consejo no accedió a lo solicitado y le ordenó que se reintegrara al servicio de las minas. Un mes más tarde fue a Valencia, adonde el Consejo había trasladado su sede desde Madrid ante el temor de los bombardeos, y comunicó al Consejo que a partir de diciembre tenía ya asignado un sueldo por el Ministerio de Marina y Aire, por lo que solicitaba que fuera dado de baja en la plantilla del establecimiento minero.

El 31 de enero de 1937, Indalecio Prieto, a la sazón ministro de Defensa, denegó la instancia del doctor López de Haro, teniente médico provisional de la Armada con destino en Cartagena, en la que solicitaba poder pasar al servicio de otro Ministerio, por haber sido nombrado por el de Sanidad para el cargo de presidente del Consejo Provincial de Murcia. El ministro le indicó que “…queda en libertad de solicitar su baja en la Armada, si así conviniera a sus intereses, o continuar como tal teniente médico provisional, con el sueldo de su empleo, que es el que le corresponde y el que debe disfrutar”. Cartagena y su puerto naval fueron duramente castigados durante el desarrollo de la contienda por la aviación franquista, que bombardeaba ambas con explosivos de 250 y hasta 500 kilogramos. No obstante, el doctor López de Haro mantenía todavía viva por entonces la esperanza porque “…aunque aquello es un infierno, la unión es grande y costará mucho demoler este baluarte”.

 Epílogo

Al finalizar la guerra civil, el busto del doctor López de Haro fue destruido por los franquistas, pero desde hace unos años un nuevo busto suyo preside la glorieta que lleva su nombre, situada en la fachada principal del hospital de mineros. En 1940, el doctor López de Haro ya se encontraba exiliado en la República Dominicana, donde permaneció hasta su muerte, ocurrida en 1978.

 

© Ángel Hernández Sobrino