Estraperlo y contrabando en la posguerra

En la década de 1940, el contrabando de mercurio a lo largo de la frontera portuguesa fue importante, tal y como informó el director general de la Guardia Civil al Consejo de Administración de Minas de Almadén / Javier Vinagre

En la década de 1940, el contrabando de mercurio a lo largo de la frontera portuguesa fue importante, tal y como informó el director general de la Guardia Civil al Consejo de Administración de Minas de Almadén / Javier Vinagre

Al igual que hubo un contrabando durante la posguerra en dirección a España, que estaba formado fundamentalmente por géneros como café, harina, hilaturas, tabaco, oro, cobre, corcho y otros, también existió otro en dirección a Portugal, con mercancías como ganado, dinero en efectivo, vino, aceite, herramientas, lana, jabón y, a veces, mercurio. Este metal, al ser líquido y muy pesado, es difícil de transportar, pero el esfuerzo merecía la pena debido a su elevado precio. El mercurio procedía tanto de los hurtos efectuados en la mina de Almadén, como de los fraudes cometidos en farmacias e industrias y comercios.

Introducción

Al finalizar la guerra civil, el régimen de Franco implantó una economía autárquica completamente intervenida por el Estado. España se encontraba aislada en el contexto internacional y además estaba a punto de comenzar la Segunda Guerra Mundial, por lo que ningún país se encontraba dispuesto a ayudar económicamente a la reconstrucción nacional. El coste de la vida aumentó enormemente y solo en los primeros cinco años de la década de 1940, aquel se había multiplicado por tres. Con unos precios de tasa inferiores a los costes, los agricultores ocultaban parte de sus cosechas para distribuirlas en el mercado negro de manera clandestina. Casi la mitad del trigo y del aceite fueron a parar a ese mercado clandestino, donde se manejaban precios tres y cuatro veces superiores a los oficiales. Dice al respecto el periodista Isaías Lafuente: “La situación se hizo especialmente dramática si consideramos que se produjo en un contexto socioeconómico en el que incluso quien recibía un jornal íntegro vivía en condiciones precarias”.

Cupos y precios de tasa, guías de circulación y cartillas de racionamiento fueron en aquellos años los mecanismos de la política intervencionista oficial, mientras que existía en paralelo una enorme venta fraudulenta en el mercado negro. A todo ello se unía la adulteración de productos alimenticios, como la leche y el aceite, la compra-venta de cupos, el tráfico ilegal y la falsificación de cartillas de racionamiento. Los sucesivos gobiernos franquistas de aquella época intentaron eliminar el mercado clandestino, pero ni la Fiscalía de Tasas ni la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes fueron capaces de evitar las ventas fraudulentas, en las que los propios funcionarios estaban involucrados en ocasiones. Entre muertos en la contienda o fusilados, encarcelados y depurados, muchas familias atravesaron gravísimas dificultades en la posguerra., así que trataron de sobrevivir como pudieron en aquellos años de hambre y miseria.

El estraperlo

El término estraperlo es un vocablo formado por la suma de dos apellidos, Strauss y Perl, quienes intentaron introducir en España un juego de ruleta y para conseguir el permiso correspondiente sobornaron a varios miembros del Partido Radical con dinero y relojes de oro. El escándalo por esta trama de corrupción supuso un duro varapalo para dicho partido en las elecciones de 1936 y el neologismo estraperlo quedó asimilado a algo clandestino y fraudulento. El estraperlo en la posguerra fue el delito más común y generó beneficios que se estiman en el 10% del Producto Interior Bruto. A los estraperlistas modestos, a quienes la Fiscalía de Tasas sancionaba con multas que oscilaban entre las 100 y las 1.000 pesetas, se unió una minoría privilegiada de grandes estraperlistas, los nuevos ricos de la época. Un ejemplo bien conocido es el de los hermanos Julio y Álvaro Muñoz Ramonet, dos barceloneses sobre quienes se difundió el siguiente dicho: “En el cielo manda Dios y en la tierra los Muñoz”.

Ciudad Real es tierra de paso entre el centro de Portugal y Valencia, y entre Andalucía y Madrid, así que el gobernador civil de entonces firmaba sanciones a diario y como muchas de ellas no se abonaban, se convertían automáticamente en órdenes de encarcelamiento a razón de 10 pesetas por día, así que si la multa impuesta era de 250 pesetas, eran 25 días de cárcel. Muchos hombres y, sobre todo, muchas mujeres volvían a prisión al poco tiempo, pues era su único modo de vida. Si eran viudas o no tenían con quien dejar a sus hijos pequeños, se les permitía ingresar en la cárcel con un niño y, a veces, hasta con dos. Por lo general solo se detenía y castigaba a los pequeños estraperlistas, mientras que las grandes redes clandestinas quedaban impunes. Por ello, aunque la Fiscalía de Tasas anunció que en 1941 había impuesto multas por valor de cien millones de pesetas y que se había detenido a más de 5.000 personas, el mercado negro continuó funcionando durante un decenio. En palabras del ya citado Isaías Lafuente: “El estraperlo enriqueció a unos pocos e hizo más pobres a casi todos. Disparó los precios y el cóctel de inflación desbocada y salarios controlados fue una bomba que estalló, como casi siempre, en las manos de los más pobres”.

La frontera portuguesa

El contrabando entre España y Portugal ha sido habitual a lo largo de los siglos y de hecho comenzó a consecuencia de la instauración de la frontera tras la reconquista del territorio a los árabes en el siglo XII. Este contrabando tradicional ha sido efectuado generalmente por gente humilde de ambos lados de la línea divisoria, bien de forma individual o bien organizándose en pequeñas cuadrillas. Son muchas las referencias históricas de los siglos XIII, XIV y XV respecto al contrabando entre ambos reinos y los historiadores que han estudiado este fenómeno aseguran que en el ámbito fronterizo se desarrolló un comercio lícito y un contrabando (sobre todo de paños y ganado), tanto por vía terrestre como cruzando los ríos Miño y Guadiana. Tras el fracaso de la unión de ambas naciones durante el reinado de Felipe II, volvió a incrementarse el contrabando pese a los esfuerzos de la Corona española por combatirlo.

A finales del XVIII, la Corona endureció extraordinariamente las penas y muchos contrabandistas extremeños fueron condenados a purgar su castigo en los presidios de África, en los arsenales militares o en las minas de Almadén. Alcaldes mayores, corregidores y jueces de la Audiencia de Extremadura condenaron a penas severas, que podían llegar a ser de muerte, a los defraudadores y ladrones. En un documento del año 1755 se indica que se llevaba azogue de contrabando a Portugal y que, en contrapartida, se traía tabaco a España. El azogue se hurtaba sobre todo durante el transporte en carros de bueyes y a lomo de mulas entre Almadén y Sevilla o Cádiz, donde se empacaba de nuevo para posteriormente enviarlo a América. Pese a las advertencias dadas, los robos de azogue continuaron a comienzos del XIX, por lo que se dispuso en 1837 que los carreteros y arrieros viajaran en grupos de doce personas al menos y que cada uno de ellos fuera armado con escopeta y munición. Además se pasó aviso a los comandantes de resguardo de Sevilla, Huelva y Badajoz para que redoblaran la vigilancia de los caminos y evitaran el contrabando de azogue, “… y estén a la mira por si los ladrones tratasen de introducirlo en Portugal”.

En el siglo XX, las mercancías de contrabando fueron muy variadas: a veces simplemente trigo; otras, animales diversos (sobre todo caballerías, pero también otros animales domésticos); en ocasiones, telas y lienzos. A principios de siglo eran café (24%), harina (21%), azúcar (20%), caballerías (19%) y otras varias (16%). Durante la guerra civil española continuó el contrabando y Portugal se convirtió en el primer abastecedor e intermediario legal e ilegal de la llamada España nacional. Los géneros más frecuentes por entonces eran café (50%) y telas e hilaturas (40%), estando compuesto el resto por dinero en efectivo, tabaco, papel de fumar, porcelanas y otros. Se llega así a la etapa dorada del contrabando, la posguerra.

Contrabando de mercurio en la posguerra

Al igual que hubo un contrabando durante la posguerra en dirección a España, que estaba formado fundamentalmente por géneros como café, harina, hilaturas, tabaco, oro, cobre, corcho y otros, también existió otro en dirección a Portugal, con mercancías como ganado, dinero en efectivo, vino, aceite, herramientas, lana, jabón y, a veces, mercurio. Este metal, al ser líquido y muy pesado, es difícil de transportar, pero el esfuerzo merecía la pena debido a su elevado precio. El mercurio procedía tanto de los hurtos efectuados en la mina de Almadén, como de los fraudes cometidos en farmacias e industrias y comercios.

En la década de 1940, el contrabando de mercurio a lo largo de la frontera portuguesa fue importante, tal y como informó el director general de la Guardia Civil al Consejo de Administración de Minas de Almadén. Al parecer eran varias las farmacias y droguerías de Salamanca que vendían mercurio a portugueses, quienes luego cruzaban la frontera con Portugal sin declararlo en la aduana. En febrero de 1942, la Comandancia de Fronteras aprehendió en el puesto de Fuentes de Oñoro (Salamanca) a dos individuos con tres kilogramos y medio de mercurio y el director general de Aduanas informó al Consejo que se habían confiscado 209 kilogramos en total entre septiembre y noviembre de 1942. También en varias farmacias y droguerías de Orense se incautó mercurio preparado para pasarlo de contrabando a Portugal, donde era utilizado en industrias relacionadas con la fabricación de fieltros para sombreros. Como el mercurio es muy buen antiséptico, eliminaba los hongos de las pieles que se iban a utilizar para confeccionar aquellos.

Un cálculo estimaba que Portugal debía consumir en 1943 unos 14.000 kilogramos de mercurio anuales con este objetivo, pero solo importaba legalmente 900 de España, así que el contrabando funcionaba a gran escala.

En 1943 continuó el contrabando. En mayo se detectó que la empresa de perfumería Visnú, de Gijón, tenía un consumo exorbitante de mercurio, lo que era muy sospechoso porque en sus productos de perfumería la cantidad que se utilizaba era insignificante. En septiembre fue en Cádiz donde se requisaron 49,5 kilogramos, apareciendo encartado en la operación un oficial de Marina. Las denuncias presentadas por el Consejo de Administración de Minas de Almadén surtieron efecto y a lo largo de la década de 1940 también varios operarios de la mina fueron detenidos por hurtar mercurio: trece kilogramos en 1941, doce en 1944 y nada menos que 350 en 1946. En este caso, el hurto lo efectuaban dos peones de Metalurgia, mientras que otras personas eran las encargadas de transportarlo y venderlo en Madrid. Todavía en 1959 se descubrió otro robo importante, resultando responsables dos productores de la mina, uno de ellos un guarda de la misma. El mercurio hurtado era transportado en coche a Portugal donde se vendía a buen precio. En este caso se trataba de una banda perfectamente organizada, lo que permitió el robo continuado de mercurio durante un quinquenio. Aparte de las penas impuestas por el juez a todos los integrantes de la banda, el Consejo de Administración ordenó el despido de dos trabajadores.