Almadén Toledo y Cuenca

Almadén Toledo y Cuenca

Ángel Hernández, apuesta en este artículo que que los tres lugares de Castilla-La Mancha que son Patrimonio de la Humanidad tengan derecho por ley a estar comunicados por autovía y ferrocarril rápido y seguro/Lanza

La Siberia Manchega

La que fue la mina más importante de España hasta hace siglo y medio, la que contribuyó con su azogue al desarrollo de la América colonial y al sostenimiento del imperio español, la que evitó la bancarrota de la Hacienda Pública en la centuria del XIX, cuando la comercialización de su mercurio se cedió a los Rothschild, y la que generó casi las únicas divisas que entraban en España durante la posguerra y la autarquía de las décadas de 1940 y 1950, necesita ahora que la nación le devuelva una pequeña parte de lo que le dio a lo largo de los siglos.

Hace ya seis siglos que había una pequeña aldea al pie de una mina de azogue situada en la esquina suroeste de Castilla, allí donde este reino se juntaba con el Obispado de Córdoba y con Extremadura. La pequeña aldea se llamaba Almadén (la mina), nombre que le habían puesto los árabes, quienes habían ocupado esta zona hasta mediados del siglo XII, cuando fue reconquistada por las tropas castellanas. A principios de la centuria del XV, este territorio formaba parte de la Encomienda de Castilseras, la cual fue consignada por la Orden de Calatrava a la mina de Almadén.

Por entonces, su Mesa Maestral se percató de que si quería que hubiera suficientes mineros, lo mejor era otorgar a Almadén un fuero de repoblación que concediera ciertos privilegios a sus vecinos. Por ello, en 1417, Almadén fue considerado un lugar exento de la jurisdicción de la Orden de Calatrava, excepto del pago de diezmos, de modo que por primera vez en su historia Almadén recibía un trato especial para acrecentar su población.

 

La época de los Fugger

A mediados del siglo XVI, la situación de abandono del ya villazgo de Almadén volvió a estar presente. En esos años centrales de la centuria, el sevillano Bartolomé de Medina inventó el método de patio en la mina de Pachuca (Nueva España), de modo que los minerales pobres en plata podían ser aprovechados amalgamándolos previamente con azogue. Ni que decir tiene que este proceso hizo que Almadén adquiriera una enorme importancia, lo que obligaba a los banqueros alemanes, quienes tuvieron en asiento la mina de azogue de 1525 a 1645, a disponer de suficientes mineros para su explotación.

Por ello se intentó que los habitantes de las comarcas vecinas se asentaran en Almadén para ejercer el noble oficio de la mina, pero las enfermedades y accidentes de los operarios les desanimaban a hacerlo, así que los Fugger les ofrecieron, con el beneplácito de la Corona, exenciones militares y fiscales, además de construir viviendas para que se alojaran dignamente. Pese a ello, pocos forasteros quisieron avecindarse en Almadén, de modo que los Fugger se vieron obligados a conseguir mano de obra forzada.

Como la Corona no les enviaba suficientes forzados, pues el remo en las galeras del Mediterráneo para mantener a raya a turcos y berberiscos tenía prioridad, compraban esclavos, pero esta era una inversión cara y arriesgada. También solicitaron moriscos, quienes habían sido desterrados a La Mancha por la rebelión de Las Alpujarras, y aunque los Concejos de Almagro y Ciudad Real protestaron, ya que eran buenos hortelanos, más de un centenar fueron obligados a las labores mineras. En Almadén, los moriscos no dieron buen resultado, pues unos huyeron y algunos otros consiguieron permiso para volver a sus hogares manchegos, ya que el trabajo minero no era lo suyo.

 

Mineros comarcanos

En 1645, los Fugger abandonaron Almadén y la administración de las minas pasó directamente a manos de la Corona pero el problema de falta de mano de obra continuó por las dificultades económicas por las que atravesaba la mina. La demora en las consignaciones económicas que debía enviar el Consejo de Hacienda impedía explotarla adecuadamente. En la segunda mitad del siglo XVII, el retraso en la paga de los mineros fue tan grande que llegaron a estar dieciocho semanas sin cobrar sus jornales, por lo que muchos vecinos abandonaron Almadén, que perdió una buena parte de su población.

La falta de operarios libres hizo perentoria la necesidad de forzados y esclavos, pero como tanto unos como otros escaseaban, se recurrió al método de repartimiento, estableciéndose asientos con las localidades de Capilla, Garlitos, Peñalsordo, La Zarza (hoy Zarzacapilla), Baterno y Risco, pertenecientes al por entonces conocido como Estado de Capilla y en la actualidad como Siberia Extremeña. A cambio de mandar jóvenes a trabajar a la mina de azogue, las citadas poblaciones tenían diferentes exenciones militares y fiscales, como estar exentas de alojar soldados y de contribuir con trigo y cebada para el Ejército de Extremadura en unos años que había guerra con Portugal.

 

La crisis ambiental

A lo largo del tiempo existen más épocas difíciles por las que hubo de transcurrir el devenir de  Almadén, pero basten estos ejemplos para entender que en siglos pasados  ha atravesado momentos tan complicados como el actual y también cómo esos trances fueron superados debido al esfuerzo y la constancia de sus mineros. Ya en el siglo XX, la población de Almadén creció hasta alcanzar casi los 15.000 habitantes a finales de la década de 1950. Eran aquellos buenos años para el mercurio, cuando la mina comenzó a ingresar varios cientos de millones de pesetas de beneficio en el Tesoro Público, cantidad que ascendió a más de mil millones de pesetas anuales en la década de 1960.

A partir de entonces, la población comenzó a disminuir por la emigración de los almadenenses a las grandes ciudades, sobre todo a Barcelona y su perímetro industrial, fenómeno similar a los grandes flujos migratorios sucedidos en todo el país, cuando en la década citada aproximadamente un millón y medio de españoles emigraron al extranjero y dos millones más cambiaron de provincia de residencia. A finales de dicho decenio empezó una etapa de recesión económica mundial, a la que se añadió una crisis internacional de los metales y entre ellos el mercurio, pues al descenso de su cotización internacional se unió la psicosis de su toxicidad.

En efecto, en 1970 se inició una campaña internacional contra el uso del mercurio debido a las graves intoxicaciones producidas en Japón e Irak. Los países más industrializados empezaron a promulgar leyes restrictivas para evitar su empleo, lo que provocó además un rápido descenso de su consumo y de su cotización internacional. La distorsión de los sucesos ocurridos en Japón e Irak y la deficiente información suministrada a los medios convirtieron al mercurio en un metal tóxico en cualquier lugar y condición. El asunto dejó de estar en manos de los científicos para pasar a manos de falsos expertos que se encargaron de exagerar los hechos y deformarlos a su gusto.

La suerte estaba echada y de nada sirvieron los razonamientos de que los metales, el mercurio entre ellos, no son buenos ni malos en sí mismos, sino que es su inadecuada utilización lo que los hace peligrosos e incluso mortales en ocasiones. En el caso concreto del mercurio, algunos de sus compuestos no solo no son tóxicos sino que son  beneficiosos para la salud, como lo demuestran los diversos medicamentos que contienen derivados del mercurio en su composición. Casi todas las minas importantes cerraron en aquellos años y Almadén, la mayor de todas, resistió hasta el inicio del siglo XXI, cuando detuvo la explotación minera en 2001 y la planta metalúrgica en 2003. La Unión Europea, con la conformidad del gobierno español, prohibió a Almadén que vendiera mercurio más allá de 2011, aunque las industrias europeas podrán utilizarlo al menos en sus fábricas hasta 2021.

 

Almadén en el siglo XXI

El ingente patrimonio minero y metalúrgico de Almadén ha sido restaurado y puesto a disposición de la gente que desee venir a conocerlo, lo que ha permitido que la UNESCO le haya concedido el título de Patrimonio Mundial. Pese a ello, Almadén ha perdido ya dos tercios de sus habitantes y su comarca ha pasado a formar parte de la España vacía, o vaciada como prefieren decir algunos. La que fue la mina más importante de España hasta hace siglo y medio, la que contribuyó con su azogue al desarrollo de la América colonial y al sostenimiento del imperio español, la que evitó la bancarrota de la Hacienda Pública en la centuria del XIX, cuando la comercialización de su mercurio se cedió a los Rothschild, y la que generó casi las únicas divisas que entraban en España durante la posguerra y la autarquía de las décadas de 1940 y 1950, necesita ahora que la nación le devuelva una pequeña parte de lo que le dio a lo largo de los siglos.

Los vecinos de Almadén somos conscientes de que cuando un centro minero se clausura, aunque haya sido por una causa tan injusta, la población pierde su principal modo de vida y por eso ahora luchamos por sobrevivir. Al menos conservamos todavía “la joya más apreciada de mi Corona”, como llamaba Carlos II a la mina de Almadén, y queremos mostrársela a todos los españoles para que conozcan su larga y apasionante historia. Nuestro mayor inconveniente para conseguir este propósito es la lejanía de las ciudades importantes, pero aun así no aceptamos rendirnos sin lucha, siquiera sea por estar a la altura de los antiguos mineros del azogue.

Y para finalizar, un par de sugerencias para alcanzar el objetivo: la primera que todos los estudiantes de la ESO de Castilla-La Mancha tengan la obligación de conocer los tres sitios que son Patrimonio Mundial de nuestra región, Toledo, Cuenca y Almadén; la segunda, que los tres lugares citados tengan derecho por ley a estar comunicados por autovía y ferrocarril rápido y seguro. Si el Estado no se hace cargo de ello, que sea el gobierno autonómico quien lo lleve a efecto. No pedimos más que lo que hicieron en siglos pasados la Orden de Calatrava, los Fugger o el Consejo de Hacienda para evitar que Almadén se despoblara. Solo con medidas como las citadas no nos convertiremos en la Siberia Manchega, una comarca de gran belleza paisajística y con una gran historia minera que casi nadie viene a visitarla.

© Ángel Hernández Sobrino