Esclavos en la minas de azogue

Esclavos en la minas de azogue

La experiencia había demostrado que los forzados eran más rentables que los esclavos, ya que aquellos venían castigados por un determinado tiempo, a veces solo por dos o cuatros años, transcurrido el cual abandonaban Almadén, escribe Ángel Hernández Sobrino en este artículo

Mano de obra esclava en la mina de azogue de Almadén en los siglos XVII y XVIII

Ante la escasez de forzados, los Fugger recurrieron a la compra de esclavos, los cuales, a diferencia de los forzados, venían destinados a las labores mineras de por vida. Cuando los Fugger abandonaron Almadén en 1645, pues sus negocios en España iban de mal en peor, dejaron en la Real Cárcel 47 esclavos. La mayoría de ellos era de origen moro, turco o berberisco, y procedía por lo general de las batallas libradas en el Mediterráneo, en las que habían sido hecho prisioneros por la Armada de Galeras de España

Ya no es nadie el que es esclavo”.
Miguel de Cervantes, “El gallardo español”, jornada tercera.

 

A finales de diciembre de 1568, los moriscos de las Alpujarras se levantaron en armas contra Felipe II. Los sublevados, reunidos en el valle de Lecrín la víspera de Navidad, eligieron como rey a Hernando de Córdoba, quien retomó su nombre musulmán de Aben Humeya. A partir de entonces y durante dos años lucharon contra las tropas reales, pero en octubre de 1570 la guerra había terminado y los moriscos fueron expulsados del reino de Granada. De un total de unos 80.000 moriscos deportados, aproximadamente 50.000 fueron enviados a Castilla y dispersados por sus pueblos y ciudades. Una pequeña parte de ellos recaló en Almadén para trabajar en su mina de azogue.

Los moriscos eran buenos hortelanos, artesanos y comerciantes, pero no resultaron muy apropiados para trabajar en las labores subterráneas, así que los Fugger, banqueros alemanes que por entonces tenían en asiento la explotación minera, intentaron que la Corona enviara más forzados a Almadén. Sus peticiones siempre tropezaron con la oposición del Consejo de Guerra, que tenía dada orden de que todos los forzados eran necesarios para el remo en las galeras del Mediterráneo.

Como estos llegaban sentenciados a las minas de azogue por un determinado tiempo, que oscilaba entre dos y diez años, había que renovarlos continuamente, tal y como se explica en este testimonio de los Fugger, fechado en 1643, que se encuentra en el Archivo General de Simancas: “… algunos de los forzados que se han traído para el servicio de la dicha mina han muerto y otros cumplido (su castigo), cuyas personas hacen notable falta y para que se traigan otros en su lugar,…”. A continuación aparecen en dicho testimonio los nombres de 21 forzados, de los cuales 19 habían cumplido su tiempo de condena y abandonado Almadén, y los otros dos habían muerto en la enfermería de la Real Cárcel.

 Los esclavos mineros

Ante la escasez de forzados, los Fugger recurrieron a la compra de esclavos, los cuales, a diferencia de los forzados, venían destinados a las labores mineras de por vida. Cuando los Fugger abandonaron Almadén en 1645, pues sus negocios en España iban de mal en peor, dejaron en la Real Cárcel 47 esclavos.

La mayoría de ellos era de origen moro, turco o berberisco, y procedía por lo general de las batallas libradas en el Mediterráneo, en las que habían sido hecho prisioneros por la Armada de Galeras de España. Si eran los enemigos de España los que alcanzaban la victoria, los pobres apresados acababan convertidos en remeros de las galeras turcas o berberiscas, o en esclavos en Constantinopla o Argel. El número de nuestros compatriotas que fue rescatado por los frailes trinitarios y mercedarios desde mediados del siglo XVI a mediados del XVIII fue de unos 15.500, lo que indica que los cautivos fueron muchos más.

Aunque los esclavos estaban relativamente bien alimentados, lo más habitual era que fallecieran a los pocos años de llegar a Almadén, pues su salud se iba minando con el vapor de mercurio, los frecuentes episodios de paludismo y un sinfín de enfermedades que en aquella época no tenían curación posible, como tisis, pulmonía, etc. Pese a que que en la Real Cárcel había un médico y un cirujano para atender a los forzados y esclavos enfermos, los datos de los expedientes que se guardan en el Archivo Histórico Nacional son estremecedores. En 1700 trabajaban en la mina 160 esclavos, berberiscos en su mayor parte, pero a mediados del año 1704 solo quedaban ya 38 porque 117 habían muerto, cuatro habían escapado y uno había sido liberado.

En 1645, la explotación de la mina volvió a manos de la Corona, para el Consejo de Hacienda continuó comprando esclavos, como lo habían hecho los Fugger con anterioridad. El administrador era por entonces Mateo Naguelio, quien había sido el último administrador de los Fugger y siguió en su puesto después de su marcha. Naguelio logró que la Corona autorizara una libranza de 5.500 reales para comprar ocho esclavos. El precio de cada esclavo oscilaba en aquella época ente los 500 reales de los más baratos a los 1.000 de los más jóvenes y fuertes. La edad media de los que trabajaban en la mina de azogue era de 27 años, aunque había uno que tenía 55.

A pesar de los intentos de que al menos uno de cada diez de los condenados a galeras fuera enviado a la mina de Almadén, este objetivo nunca se consiguió y en 1650 se llegó a proponer suplir la falta de forzados con negros llegados en un bajel a las costas de Galicia, lo que al final tampoco se llevó a efecto. El Consejo de Hacienda, del que dependía la mina de azogue, insistió ante la Corona en diversas ocasiones sobre la necesidad de sentenciar forzados a Almadén o comprar los esclavos necesarios “… por lo que importa el conservarla y que si no se acude con toda diligencia a desaguarla para que no se hunda de manera que no sea posible o sumamente dificultoso el poderla reparar después con muchos millares de ducados…”.

Esta penuria continuó durante el reinado de Carlos II, ya que en 1666 había 48 forzados y 34 esclavos. Parece que poco a poco las continuas quejas de los administradores de la mina hicieron mella en la Corona, pues en 1683 se ordenó a los alcaldes de la Sala del Crimen de la Chancillería de Valladolid que los reos sentenciados a galeras fueran remitidos a las minas de Almadén. Aún así, en el censo de la Real Cárcel del año 1688 solo aparecen 49 forzados y 29 esclavos.

En aquellos años, a los condenados a galeras se les ofrecía cumplir la condena en la mina de azogue voluntariamente, pero preferían remar al aire libre que trabajar en las  labores subterráneas, así que Carlos II ordenó en 1690 que los sentenciados al remo se enviaran a la mina de Almadén, con una rebaja de un año en la condena. Poco duró esta situación, pues en 1692 se revocó dicha orden por el motivo que fuera, de modo que en 1697 solo había ya 27 forzados y 28 esclavos en la Real Cárcel.

La mina del Castillo

Precisamente en 1697 hubo un cambio radical en la política esclavista en Almadén, pues se descubrió una nueva zona mineralizada a poca profundidad, a la que se denominó mina del Castillo, para distinguirla de las que se venían explotando hasta entonces, conocidas como la mina del Pozo y la Contramina. Las expectativas de aumentar rápidamente la producción de azogue hizo que el Consejo de Hacienda resolviera que “… se comprasen treinta o cuarenta negros para el servicio de las minas” y dio órdenes a las autoridades de diversas ciudades para que adquiriesen esclavos y los enviasen bien custodiados a Almadén.

El nuevo superintendente, D. Miguel de Unda, recibió en efecto 40 esclavos en el año 1697 y 28 en 1698, pero pronto se vio que esta no era la solución a la falta de mineros, ya que la mayoría murió al poco tiempo por accidentes en las labores subterráneas, azogados por el vapor de mercurio u otras enfermedades, e incluso suicidándose. Y es que una cosa era ser esclavo siendo criado de un caballero y otra muy distinta trabajando en los peores sitios de aquel laberinto subterráneo. Por ello, algunos esclavos se tiraron a propósito por los pozos de la mina e incluso comieron tierra y pizarras para dejar de sufrir.

Los forzados del XVIII

En 1709, el último año del superintendente Unda en Almadén, este informó al Consejo de Hacienda que ya había solo 55 forzados y 29 esclavos en la Real cárcel y que, además, 13 de los cuales estaban impedidos, enfermos o convalecientes. Unda afirmaba que al menos se necesitaban 130 forzados y esclavos sanos para dar la producción de azogue solicitada, pero no fue hasta 1732 cuando Felipe V ordenó emitir una carta-orden para que los sentenciados a las minas se remitieran a las de Almadén: “Enterado el Rey de que hay falta de forzados para los continuos trabajos que son precisos hacer en las Minas de Azogue de la Villa del Almadén, ha resuelto Su Majestad que se den las más estrechas órdenes para que por la Sala, Chancillerías y Audiencias se remitan con la brevedad posible a aquellas Minas los reos que hubiere condenados a servir en ellas”.

La experiencia había demostrado que los forzados eran más rentables que los esclavos, ya que aquellos venían castigados por un determinado tiempo, a veces solo por dos o cuatros años, transcurrido el cual abandonaban Almadén. Cuando estudié los expedientes de 1.310 forzados del siglo XVIII, pude comprobar que un 53% cumplió su condena y obtuvo la libertad, un 30% falleció en la cárcel y el 17% restante huyó y no pudo ser aprehendido o fue trasladado a otro presidio.

En cuanto hubo posibilidad de enviar suficientes forzados a la mina dejaron de comprarse esclavos, de modo que en el período de 1710 a 1735 solo se remitieron a la Real Cárcel 25 esclavos, de los cuales 18 fueron castigados por sus dueños “a escarmienta”. Mediante este sistema, los propietarios de esclavos que mostraban mal comportamiento, los castigaban a la mina durante unos meses o años, cediéndolos a Su Majestad. Cumplido el castigo, los rescataban y los ponían de nuevo a su servicio.

Aunque en 1737 llegaron a Almadén 37 forzados y en 1738 otros 11 más, en 1741 hubo de volverse a ordenar que se remitieran a la mina más forzados. Como la situación en el Mediterráneo iba mejorando, se admitió que a los galeotes que quisieran voluntariamente cumplir su condena en Almadén, se les rebajara la pena a la mitad: “Habiendo falta de Gente para las labores y Beneficio de las Minas del Almadén por el corto número de forzados que hay en ellas, y que los más de estos cumplen su fin de este año el tiempo de su condena, se ha servido Su Majestad mandar que por las Chancillerías y Audiencias, y por las Justicias del Reino, en cuyas Cárceles haya Reos rematados a las Minas, se envíen con la mayor brevedad a ellas, y que en adelante se imponga esta pena a los que la merecieren; que a los Reos que se hallen en las Cárceles rematados a Galeras se les proponga luego la conmutación de su condena a la de servir a Su Majestad en las Minas por la mitad del tiempo en que estuvieren rematados a Galeras, …”.

Epílogo

El problema de la falta de mano de obra forzada para Almadén terminó en 1749, cuando fue suprimida la Escuadra de Galeras del Mediterráneo porque los turcos habían dejado de ser un enemigo temible, aunque el corso berberisco todavía continuaba activo. Esta es la explicación de que en solo unos pocos años se pasara de menos de 100 obligados a los trabajos mineros a más de 250. La escasa capacidad de la Real Cárcel antigua, que no estaba preparada para esta cantidad de reos, y el azote epidémico de malaria de mediados del XVIII, aconsejaron disminuir su número hasta que fuera inaugurada la Real Cárcel nueva, lo que se hizo en 1756. Por ello, una Real resolución del año 1751 mandó que a los forzados no se les destinase a la mina de Almadén sino a la construcción de los arsenales militares.

Posteriormente, la abundancia de trabajadores libres, cuyos salarios eran menores de lo que costaban los condenados, y que además no eran conflictivos, hizo que el número de forzados no fuera superior en ningún caso a los 150, aunque la cárcel nueva podía llegar a albergar hasta 600.

©Ángel Hernández Sobrino