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Una niña en Almadén a mediados del siglo XX

De la vida familiar en Almadén de Martín Laviana reproducimos algunos párrafos de su libro Memorias de un minero, publicado en 1997 / Lanza
De la vida familiar en Almadén de Martín Laviana reproducimos algunos párrafos de su libro Memorias de un minero, publicado en 1997 / Lanza
Ángel Hernández Sobrino
A mitad de la década de 1950, los carnavales continuaban prohibidos en su Asturias natal, así que Martín y su familia disfrutaron de los de Almadén

Almadén atravesó una buena época a mitad del siglo XX. La economía europea mejoró considerablemente en la década de 1950 y esta expansión continuó durante la siguiente. Diversos acontecimientos mundiales ocurridos en la década de 1950 habían permitido que España, aislada internacionalmente hasta entonces, entrara en el concierto de naciones. Además, la cotización internacional del mercurio aumentó en esos años, lo que permitió a Minas de Almadén acometer una notable modernización de sus instalaciones mineras y metalúrgicas.

El mercurio tenía importantes aplicaciones industriales por entonces, por lo que su consumo crecía en todo el mundo. Los principales países productores eran España, Italia, Unión Soviética, Estados Unidos, Yugoslavia y Méjico. Por otro lado, un nuevo uso del mercurio, la fabricación de cloro, se convirtió en el más importante, si bien los compuestos orgánicos de mercurio continuaban siendo utilizados en la agricultura y otras industrias, como la farmacéutica.

España lideró la producción mundial de mercurio en la década de 1960 y el 90% de los frascos producidos eran exportados a otros países, lo que suponía suculentos ingresos de divisas para el Tesoro Público. Si en 1958 Minas de Almadén había ingresado 130 millones de pesetas en las arcas públicas y en 1959 más de 100 millones, en 1965 ingresó nada menos que 1300 millones. En dicho año, las ventas de mercurio ascendieron a unos 2000 millones de pesetas, frente a unos gastos que no superaron los 500 millones. La plantilla de Minas de Almadén era por entonces de 2100 trabajadores, de los cuales unos 1900 eran productores. 

Sin embargo, pese a que las ventas proporcionaban grandes beneficios, Minas de Almadén no repercutía más que una mínima parte de ellos en sus trabajadores y en la localidad en la que vivían. Las reivindicaciones de los mineros tenían como objetivo principal la mejora salarial, relegando otros, como la higiene y la seguridad en el trabajo. Da la impresión de que los operarios tenían asumido que el oficio de minero en Almadén llevaba consigo la pérdida de la salud e incluso de la vida, cuando ya había soluciones técnicas en la minería mundial para que no fuera así.

Los operarios del interior de la mina daban solo ocho jornales al mes, de seis horas cada jornal, un derecho adquirido desde más de un siglo antes debido a la insalubridad de las labores subterráneas. A cambio, su salario era netamente inferior a los operarios de otras cuencas mineras, como las de carbón o de plomo, donde se trabajaba a diario. Así que los mineros de Almadén habían de tener un trabajo externo al del establecimiento minero para mantener dignamente a su familia. Unos eran comerciantes, otros eran pequeños agricultores o ganaderos, otros camareros y un sinfín de profesiones para complementar sus salarios.

Al igual que en otras minas, sobre todo del norte de España, los trabajadores de Almadén también dispusieron de un economato y de una escuela, dos prácticas típicamente paternalistas de las cuencas mineras desde principios del siglo XX. El economato minero de Almadén se había creado en 1926 con el objetivo de proporcionar a los trabajadores los artículos de primera necesidad a precio reducido. Sin embargo, en la década de 1960, el economato se había convertido en un verdadero centro comercial, en el que además de artículos alimenticios, había ropas, zapatos, tejidos y otros géneros, lo que provocó una protesta de los comerciantes de la localidad. Por otro lado, en 1908 se había fundado la Escuela de Hijos de Obreros, la cual había adoptado la enseñanza religiosa a partir de 1926 y tras el paréntesis de la República y la guerra civil, volvió a impartirla. En la década de 1960, la escuela tenía más de 1100 alumnos y continuaba siendo una escuela confesional, cuya enseñanza respondía en lo fundamental a la orientación católica.

Los operarios de Almadén, sobre todo los del interior de mina, pero también los de los hornos, estaban expuestos a contraer dos enfermedades profesionales: hidrargirismo y silicosis. La primera, producida por los vapores de mercurio, era bien conocida desde antiguo con el nombre de azogamiento, cuya única curación era que el enfermo abandonara temporalmente su puesto de trabajo y se le enviara a otro al aire libre. En cambio, la silicosis pasó desapercibida hasta 1955 al ser confundida con tuberculosis u otras enfermedades pulmonares. Cuando el Servicio Médico alertó por fin del peligro, el Consejo de Administración se mostró escéptico, pero hubo de admitir su existencia y abonar las correspondientes pensiones de enfermedad profesional a los operarios.

Otro aspecto negativo de la prioridad de la producción de mercurio sobre la seguridad laboral en esta década fueron los accidentes de trabajo, pese a que existía un Servicio de Seguridad e Higiene en el establecimiento minero. El análisis detallado de los accidentes ocurridos indica un exceso de confianza y dejadez de los responsables, como si fuera un cruel tributo que los mineros hubieran de pagar. En la década de 1960 hubo cuatro accidentes mortales en las labores subterráneas y otros muchos accidentes graves, pero en las actas levantadas por la Policía Minera de la Jefatura de Minas de Ciudad Real no aparece ninguna infracción de la empresa a lo preceptuado en el reglamento, sino que siempre atribuye el motivo del accidente a exceso de confianza, a descuido del operario, o a ser un hecho fortuito.

Si bien es cierto que Almadén no existiría si no fuera por la mina, también lo es que al pertenecer esta al Estado, los enormes beneficios obtenidos en la década de 1960 retornaron solo en una mínima parte a la población. Se construyeron algunas viviendas para los ingenieros, médicos y funcionarios de Hacienda, una residencia para los técnicos y funcionarios solteros y una cafetería para todo el personal de la mina. Por su parte, el Ayuntamiento recibía un canon irrisorio por la explotación del yacimiento pese a no disponer de otros insumos, pues su término municipal es pequeño y pobre.

Obras Subterráneas, S. A. y el facultativo Martín Laviana

El descenso de la ley del mineral obligó a profundizar las labores subterráneas a un ritmo mayor y como los operarios de Minas de Almadén estaban dedicados plenamente al arranque y transporte de mineral, el Consejo de Administración decidió contratar a la empresa Obras Subterráneas para las labores de preparación. Al frente de los trabajos estaba el ingeniero Joaquín Aza, pero como este tenía otras muchas obras distribuidas por diversas regiones españolas, dejó como jefe de obra de Almadén al facultativo asturiano Martín Laviana Antuña, padre de nuestra María Luisa. A la profundización de los pozos se sumaron varios centenares de metros de galerías construidos en roca estéril para comunicar los pozos entre sí, así como otras galerías perpendiculares a las anteriores hasta alcanzar los bancos de mineral.

De la vida familiar en Almadén de Martín Laviana reproducimos algunos párrafos de su libro Memorias de un minero, publicado en 1997, cuando ya vivía jubilado en Sevilla. Martín escribió al respecto: «Mi esposa Carmina me animaba en los momentos difíciles, especialmente en los casos de accidentes graves y averías importantes, en los que mi ánimo decaía… Con frecuencia, Carmina esperaba mi regreso del trabajo en la plaza del Ayuntamiento, donde nos reuníamos un buen grupo de matrimonios amigos, pasando agradables ratos sentados en la terraza del bar Correos, en largas y entretenidas tertulias, y disfrutando del buen servicio del amigo Luis Vigara y de las excelentes tapas que preparaba Consuelo, sobre todo las de guarrillo».

A mitad de la década de 1950, los carnavales continuaban prohibidos en su Asturias natal, así que Martín y su familia disfrutaron de los de Almadén: «Aquí las autoridades permitían la celebración de estas fiestas, sin más limitación que a partir de las ocho de la tarde no quedaran caras cubiertas con máscaras, continuando los bailes normalmente». A mediados de los años sesenta, la etapa de Martín y su crecida familia, esposa y siete hijos, tocaba a su fin en Almadén: «En los primeros meses de 1966 fui trasladado a Nerva (Huelva) para la profundización del pozo Rotilio y otros trabajos para la empresa Minas de Rio Tinto… Mi jefe decía que en Almadén quedaba poco trabajo y en cambio en Nerva se iniciaba una obra de larga duración, lo que daría lugar a una estancia prolongada… Para entonces, yo había contraído ya la silicosis de primer grado, lo que no me impedía continuar con mi trabajo de facultativo de minas».

La niña María Luisa

Conozco a María Luisa Laviana desde 2003, cuando visitó el incipiente Parque Minero de Almadén, al que volvió en mayo de 2005, en esta ocasión en compañía de su padre (su madre había fallecido en diciembre de 1996) y de gran parte de su numerosa familia, creo recordar que unas diez personas en total. Desde entonces nos hemos visto en varias ocasiones en Almadén y en Sevilla, donde ella reside. Cuando le pedí que me contara su visión de niña del Almadén de entonces, aceptó mi propuesta y me envió los comentarios que transcribo a continuación:

«Viví en Almadén desde los dos años hasta los trece (1955-1966) y solo tengo recuerdos felices de aquella etapa. Mis hermanos y yo fuimos primero a la escuela nacional, llamada Grupo Escolar “Gregorio Lillo”, y luego a una academia particular, la “Lope de Vega”, para estudiar por libre el bachillerato elemental; me acuerdo muy bien de los viajes que niños y madres hacíamos en junio a Puertollano para examinarnos allí en un solo día de todas las materias, ya que en Almadén todavía no había instituto. En esa época, todas las niñas (y seguramente también los niños) teníamos un pequeño frasco de cristal en el que poníamos las gotitas de mercurio que muchos días había en el suelo y cogíamos con trozos de papel en los intersticios de las losetas de la acera; el frasquito de mercurio y la cuerda para jugar a la comba formaban parte del equipo diario que llevábamos a clase junto con el material escolar».

Otro de los recuerdos de María Luisa, que también aparece en el libro de su padre, son las salidas al campo de los domingos cuando llegaba el buen tiempo. El día más grande era el Domingo de Resurrección, cuando familias enteras se agrupaban para pasar el día en el Charco de los Carrizos, un sitio de la Dehesa de Castilseras, propiedad de la mina, donde se remansa el río Valdeazogues y los eucaliptos dan buena sombra. “Se disfrutaba tanto allí que había algunos que no se conformaban con el día e iban la noche anterior, y a eso lo llamaban ir de trasnoche. «En verano nos bañábamos en el río y lo pasábamos en grande».

María Luisa recuerda también el cine de verano: «Las sesiones de cine en la Plaza de Toros eran memorables; nosotros íbamos casi a diario los siete hermanos juntos (con el pequeño en brazos) y nos veíamos todas las películas de Marisol y Joselito, mientras mis padres se quedaban tomando el fresco en la puerta de la casa, charlando con los vecinos». Y qué decir de la Feria de Almadén: «Mi calle, Los Carriles, era donde se ponían los tenderetes y justo pegado a la ventana de mi habitación se montaba un escenario donde se hacían concursos de todo tipo (a mí me encantaban los de “feos”), y por la noche se tocaba música y bailábamos en la misma calle».

María Luisa adora su infancia feliz en Almadén y recuerda su «desolación cuando nos tuvimos que ir a Nerva (Huelva), porque me pareció un “pueblo” frente a Almadén, que para mí era enorme, una “ciudad” con calles adoquinadas y un gran parque, al que mi madre nos llevaba muchas tardes y ahí merendábamos». María Luisa termina sus recuerdos de Almadén parafraseando a Albert Camus: El hermoso calor que reinó sobre mi infancia me ha privado de todo resentimiento.

Epílogo

María Luisa continuó el Bachillerato Elemental en Nerva y cuando llegó el momento de estudiar el Superior, ingresó en un internado de Sevilla. Estudió Historia en la Universidad de Sevilla y se doctoró en Historia de América. Especialista en historia económica y social de América colonial y en el pensamiento independentista cubano, desarrolló una brillante carrera en la Escuela de Estudios Hispano-Americanos (CSIC), con sede en Sevilla. Autora de varios libros y numerosos artículos de investigación, forma parte de la Academia Nacional de Historia del Ecuador y de la Academia Ecuatoriana de Historia Marítima y Fluvial, además de poseer numerosas condecoraciones y distinciones.

María Luisa creó una familia y tiene dos hijos y cuatro nietos. Ahora, ya jubilada, recuerda con mucho cariño su infancia en Almadén, el lugar del que su padre escribió que «había dejado muchos y buenos amigos, y pasado los años más positivos de mi vida». A los ojos de la niña María Luisa, Almadén era una especie de Arcadia, ese lugar imaginario donde reina la felicidad y en el que «la casa de don Ricardo, el director de la mina, le parecía el palacio de una princesa».             

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