Constitucion Española/J.Jurado

Constitucion Española/J.Jurado

Las crisis de los 40 tienen nombre de reforma constitucional y alma federal, al modo en que lo han hecho otros países europeos donde la igualdad de los ciudadanos en sus derechos y la solidaridad territorial (aunque siempre provoque tensiones) genera estabilidad general

El miedo federal

Nos queremos dar una alegría para el cuerpo con estos 40 años de celebración, reivindicando lo que podría haber sido y no fue porque no se quiso, además de que tampoco unos pudiesen mucho y eso viniera bien a otros. Pero ya no es el histórico PSOE, ni el cada día menos “emergente” Podemos, ni las mareas que fluyen en las costas con nombres cambiantes y tensiones vivas, como algunas mareas. Se empieza a mover con cierta fuerza la idea de que la transición es un rey desnudo y la Constitución Española de 1978 un corsé emérito para el desarrollo social y político del conjunto del país

Si fuesen verdad todos los refranes del refranero español, el que dice que “En todas partes cuecen habas” nos valdría como pauta para buscar respuesta a algunos de los problemas que España arrastra -… ¿desde cuándo?- y parecen irresolubles. Nadie se pone de acuerdo en esto, en la fecha en que comenzaron y, peor aún, cada día se da un paso hacia atrás en el tiempo, como si en el pasado fuesen a encontrar esas respuestas y no un agravamiento de las incoherencias, las distancias y las desigualdades que la Constitución postranquista creó y padecemos.

Ahora que se cumplen 40 años de esa llamada Carta Magna, lo de menos es que una moción de censura triunfante pillase desarbolado al Gobierno de Mariano Rajoy, fugado de la realidad que su gobierno había generado y, antes que él, los mandatos de su ex protector, José María Aznar, como si todo ello no tuviera que ver con el cimiento constitucional. En ese momento de la moción, al Gobierno saliente le importaba más su inestabilidad en minoría, aunque fuese sobrado de si mismo, que el manto de impunidad ante la corrupción, que llevaba desde la mordida por tramitar un servicio a la descapitalización vía evasión fiscal, el robo fiscal por hablar en román paladino. Y de esto hace cuatro meses y medio.

Lo de menos también es que se estuviese abriendo una “falla” política entre Catalunya y el resto de España que ni la de San Francisco (EE.UU.). Siempre han existido fabricantes de humo para tapar el mal olor, como bien acostumbra la iglesia y sabían los antiguos y sudorosos peregrinos a Santiago de Compostela. Y menos importancia todavía tenía y tiene que el nacionalismo vasco (que no es una ideología, según Patxi Zabaleta, líder en su día de la izquierda abertzale) recupere “lo mejor” del tiempo pasado, el Plan Ibarretxe que ellos mismos repudiaron, y vuelva a las campas de Foronda (junto a un aeropuerto internacional sin viajeros) a levantar el grito por una Euskal Herría (tierra vasca) por el sólo interés de amilanar a la extrema izquierda de EH Bildu, que les sopla en el cogote de los votos. Incluso se podía leer hace unos días que “ser de extrema izquierda es luchar por el Estado de bienestar”, lo que seguramente dejará a muchísimas personas con los pies en el limbo ideológico, sin alguna referencia.

 

España como diagnóstico

La derecha más derecha (incluso antes de Vox) habla de la desmembración del Estado, y poco importa que todos tengamos asimilado ese nombre a un paraguas al que le imponemos deberes y exigimos servicios a cambio de nuestra contribución. Nadie les recuerda que fue esa misma derecha (sus cercanos antepasados) la que construyó una trágala (“yo, o el caos”) en un tiempo en que el caos usaba botas de matar. De ahí nació lo imposible: un texto que quiso servir de Constitución imperdurable, a pesar de que el Estado de las Autonomías era un dibujo en el aire, una ficción democrática que ha llegado hasta nuestros días con un país de doble dirección: la de quienes pretendieron avanzar sin mirar al caos y pusieron adoquines de paciencia y renuncias; y la dirección en sentido contrario de quienes han manejado la inconcreción, las líneas por escribir para rellenarlas de interés particular, familiar y, ahora, financiero con vitola mundial.

La España de cuarenta años después no está desmembrándose, como dicen. Alguien se ha apropiado en todas estas décadas del cuchillo de cortar la tarta de la fiesta y, en vez de hacer trozos equitativos, ha ido cortando capas que rellenan luego de merengue para dar apariencia de amalgama. Aunque se haya sostenido la apariencia, venimos manteniendo una herencia constitucional de desigualdad y no de reparto; de olvido y no de esperanza; de silencios y no de memoria; de incredulidad y no de confianza.

En capas o en trozos desgajados, siempre son iguales los artesanos del infundio: El PNV (nacionalismo de derechas, según el líder de EH Bildu citado); los herederos de la arruinada CiU la burguesía catalana más inamovible, que han arruinado los equilibrios sociales internos de Catalunya más del riesgo en que han puesto la relación entre esa Comunidad y el resto del país. Y la derecha que pasó de votar contra la Constitución y atrajo a la extrema derecha de pura raza para “convertirlos” recortando las aspiraciones de esa entelequia constitucional, aunque  ahora se duele de las grietas del suelo patrio sin mirarse el barro de sus zapatos.

 

España como solución

Nos queremos dar una alegría para el cuerpo con estos 40 años de celebración, reivindicando lo que podría haber sido y no fue porque no se quiso, además de que tampoco unos pudiesen mucho y eso viniera bien a otros. Pero ya no es el histórico PSOE, ni el cada día menos “emergente” Podemos, ni las mareas que fluyen en las costas con nombres cambiantes y tensiones vivas, como algunas mareas. Se empieza a mover con cierta fuerza la idea de que la transición es un rey desnudo y la Constitución Española de 1978 un corsé emérito para el desarrollo social y político del conjunto del país.

No es una coincidencia en el tiempo esa sexta marcha que el PNV ha metido en el debate parlamentario sobre el nuevo Estatuto que debe sustituir algún dia al de Gernika, haciendo suyos los planteamientos de la izquierda abertzale (EH Bildu), los mismos que defendía el entonces lehendakari J.J. Ibarretxe. Tampoco es una sorpresa que quienes avanzan una propuesta de reforma constitucional entiendan que no va a ser posible encontrar una solución al dislate de la derecha catalana, aunque Esquerra Republicana se afile las uñas electorales para borrar la pesadilla de todos los presidents de la Generalitat de este siglo XXI (del ex-honorable Jordi Pujol se encargará la historia, si escapa y vivo de ir a la cárcel).

Las crisis de los 40 tienen nombre de reforma constitucional y alma federal, al modo en que lo han hecho otros países europeos donde la igualdad de los ciudadanos en sus derechos y la solidaridad territorial (aunque siempre provoque tensiones) genera estabilidad general. Países donde se conserva ese hábito individua de pensar en los demás como en uno mismo, tan alejado de la realidad española, salvo casos puntuales que brillan más porque se han convertido en espectáculo.

Ese viento federalista encuentra un momento oportuno, dure lo que dure el Gobierno de Pedro Sánchez, porque sólo esa vía podrá romper los bloqueos. No por mucho repetirlo se ha avanzado desde aquel cónclave socialista en que consiguió la coincidencia interna para recuperar esa histórica reivindicación y que al propio partido le dio un sosiego transitorio. Lo de estos días, ese Manifiesto que circula cargado de firmas, es una apuesta especialmente concreta sobre el por qué y fundamenta las razones de esa propuesta, une visiones preocupadas por el giro nacionalista y las difíciles salidas del desarrollo futuro. Si gana terreno, conquista apoyos titubeantes y domeña la España ancestral, habremos vencido al miedo federal y se podrá construir otra Carta Magna que no sea heredera de ninguna tragedia política y social.

 

Aurelio Romero (Ciudad Real, 1951) es periodista y escritor.