París, juventud y literatura

<i>París no se acaba nunca</i>. Enrique Vila-Matas.

París no se acaba nunca. Enrique Vila-Matas.

Seix Barral. Barcelona. 2013. 264 páginas. 17 euros

Hay una canción de Antonio de Pinto que habla de los fantasmas que se desprenden de nuestros cuerpos por la noche y escapan por las ventanas del apartamento. Primero cuenta esas veces que entramos en la ciudad por los caminos y nos perdemos si no vamos dejando migas a nuestro paso, igual que hacía Tom Thumb. El regreso casi siempre es una ilusión; solo sabemos que quedamos atrapados en medio de la sombra cuando estamos dormidos.

Ese momento en que la madrugada es el ligero hueco por donde se cuela el escalofrío del miedo es decisivo. Nos levantamos como si fuésemos zombis, abrimos las claraboyas del techo y afuera hay un espejismo colectivo donde se confunden antenas y farolas por culpa de la niebla. Recuerdo la primera vez que oí esa melodía: “¿Qué será de las canciones cuando el mundo sea tal como París?”

Yo creo que, en el fondo, todos sabemos que a la felicidad se llega con escaso equipaje. Parece tan fácil la independencia, la gloria de la fama, que cuando somos adolescentes no tardamos en imaginar, de coger una maleta y cuatro cosas, como balas perdidas, y correr en paralelo a nuestra vida. La finalidad es salir de los recintos: huir de las responsabilidades familiares, académicas, sociales.

Por eso al Vila-Matas de París no se acaba nunca le dan prácticamente igual las indiferencias que le dedican algunas personas de su entorno. Él se muda a la capital francesa y tranquilamente empieza a vivir las anécdotas de otros; empieza a ser otros. Imagino que habría leído entonces Pierre Menard, autor del Quijote, cuyo protagonista quería “conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918”, y, ante todo, “ser Miguel de Cervantes”.

Vila-Matas, que alquila una buhardilla a la belicosa Marguerite Duras, empieza por apuntarse a un concurso de cuentos donde buscará alzarse con la victoria siendo Ernest Hemingway: recurre a sus tópicos, intenta convencer al auditorio de que su parecido físico con el periodista estadounidense es asumible y hasta se decide a leer uno de sus cuentos para observar las reacciones del público. No sé si el final de la anécdota es un homenaje a las malas lenguas que tachaban a Hemingway de plagiador: tras escuchar al público, el joven participante anuncia que escribirá un cuento a partir de sus interpretaciones.

Todo lo que pasa en París se queda en París. También las ilusiones de juventud. A través de las páginas de este excéntrico dietario, que tiene fama de ser autobiográfico, circulan William Burroughs, Julio Ramón Ribeyro y el resto de mitos de Vila-Matas, que aún no tenía la identidad que, por cierto, adquirió a ojos del mundo literario tras la publicación de este libro. Con toda probabilidad debe de estar entre los más brillantes de los suyos.

El narrador bohemio, que se contagia del bullicio de los bulevares y de las fantasías de los recesos, mira una ciudad que entonces no sufría tanto el marcaje de las agencias de viajes. Antecesores hubo varios: el propio Ernest con Hadley Richardson, Aute en un quiosco de Saint-Germain, Baroja y su anhelo por el amor efervescente de una joven eslava. Por las páginas de la Rayuela de Cortázar saltan las almas blancas, absorbidas por una Maga que se parece a la luna Lucía del poema de Pablo Guerrero.

De la confusión que infunden a nuestros ojos la purpurina de las pasarelas y la nieve que hiela el cauce del río Sena nos damos cuenta luego. Años después de escuchar por primera vez Ventanas, la canción de Antonio de Pinto que citaba al comienzo, yo también descubrí que su letra me había engañado: en realidad decía: “¿Qué será de las ventanas que no abrí? ¿Qué será de los temores? ¿Qué será de las canciones cuando el mundo sea tal como pedí?”