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Gregorio Prieto: Triángulo de arte, amor y soledad

Patio del Museo Gregorio Prieto, en una foto de archivo/ Lanza
Patio del Museo Gregorio Prieto, en una foto de archivo/ Lanza
Aurelio Romero Serrano
Sinceramente, no acierto a entender mi ignorancia durante tantos años sobre la existencia de Gregorio Prieto, pese a su cercanía en el tiempo y en la geografía provincial. Un día, en Galicia, un amigo puso en mis manos una publicación de saldo: “Es paisano tuyo”, me dijo. Abrí aquella carpeta de tamaño doble folio y dentro encontré una colección de láminas con dibujos en blanco y negro, figuras dulces y algo melancólicas, que me recordaban los trazos más antiguos de Joaquín Torres García en los murales de la Generalitat catalana o los más primeros de la etapa azul de Picasso.

Esa carpeta y sus láminas, que iluminaban unos poemas, me han ido acompañando durante cerca de treinta años, siempre con la idea no realizada de enmarcar algunos de los dibujos firmados por Gregorio Prieto.

No hay perdón posible para tanta ignorancia. Conocía algunas de las obras del pintor, como el más famoso de los retratos de Federico García Lorca, o alguno de los collage pop art en los que, probablemente, la artista Ouka Leele encontró inspiración: decadentes, coloridos, recordables llenos de paciencia y sabiduría kitch. Y un día de primavera, después de tantas vueltas por las calles de Valdepeñas, decidimos entrar al Museo de Gregorio Prieto. Esfuerzo mínimo, porque estábamos en la puerta de un caserón manchego y una placa que nos decía que allí estaba su legado. Fueron aquellas láminas en blanco y negro las que nos impulsaron a adentrarnos hasta la amable mujer que nos preguntó por nuestra procedencia y nos anunció que la entrada era gratuita.

Aquel espacio físico que nos recibía podía ser también el Museo López Villaseñor, el caserón ciudadrealeño de los marqueses de Hueto, donde dicen que nació Hernán Pérez del Pulgar; o cualquiera de los hermosos patios con corredores de Almagro, pero a lo grande. Pero oscurecido. Con esa poca luz del final de la tarde sobre grabados premiados en un concurso y esparcidos por las paredes, con las puertas y ventanas cerradas.

Una de las obras de Gregorio Prieto
Una de las obras de Gregorio Prieto

Imposible describir

Apurar la tarde era la idea. Dos minutos después de entrar, la sorpresa nos había clavado los pies en la madera del primer piso, de la primera sala. Describir lo que se podía ver allí es imposible. Indescriptible, como suele decirse. No era un museo con la obra de un pintor. Era, es, la obra de un genio que volaba de una rama del arte a otra sin complejos, con el salto del tiempo borrado, lo que permitía ver un collage de ideas, estilos y épocas que solo una película podría describir: Fotografía y pintura, subrealismo, hiperrealismo hermano del de Antonio López, helenismo, erotismo, adoración mística, desconsuelo y crítica como en la etapa (también suya) de Manuel López Villaseñor; imágenes de iglesia sin altar, columnas de madera policromada sin templo ni pórtico, dibujos y libros ilustrados bajo la intensa luz de una sala, ojos perfilados que saltan desde los cuerpos guerreros para arrastrar al visitante hasta el propio trazo del pecho; galerías abiertas con balcones clausurados, espacios nuevos radiantes de luz y dibujos, rincones con trozos de hogar y una inmensa relación de fotografías sobre el autor, del autor, con el autor. A solas.

Algo se queda sin ver. El tiempo se hace infame cuando quieres salir de la sorpresa. No es sólo la obra de un artista. Es la historia de una vida, a navaja abierta, y el olvido de un país al que se le une mi propia ignorancia sin perdón.

Retrato de Federico García Lorca
Retrato de Federico García Lorca

Lorca omnipresente, Cernuda en la distancia

Hay una sala exclusiva para Federico García Lorca. Los dibujos ingenuos de Federico García Lorca que Gregorio contribuyó a difundir; y las obras en las que Federico es el motivo o la inspiración. En un perfil, el rizo del pelo, el color cetrino mediterráneo, los ojos del guerrero, o el recuerdo tras su muerte. Hay un Lorca esparcido por el Museo, que preside el rincón de la mesa camilla o la penumbra del blanco y negro, las líneas curvas de los jóvenes que también duermen en la carpeta gallega… en las fotografías guardadas contra los hongos del mucho tiempo y la ausencia.

Vivieron juntos en el vientre literario de un instituto libre y, luego, Lorca fue sacado de la vida y Gregorio quedó lejos de sí mismo desde aquel 1936. Londres y la necesidad acercan sus ojos sobre el papel, sobre los poemas de un paraíso perdido y la punta del lápiz, sobre la piel cercana de Luis Cernuda y la distancia huérfana del exilio. Son diez años sobre suelo ajeno. Todo es nada. El vacío es imposible en la obra y la vida de Prieto. Y por eso vuelve, una vez que Cernuda vuela; Prieto vuelve entre algodones amigos, se aleja de nuevo, pero vuelve, esta vez si, a reiniciar una nueva vida. Y llena su casa de ángeles y vírgenes (¿alguna vez el desgraciadamente desaparecido pintor y activista Ocaña vio este museo?).

Poner en valor el Museo de Gregorio Prieto requiere un alarde de sabiduría y conocimiento de su obra y su tiempo: Hacerlo sin que Gregorio Prieto vuelva a desaparecer como ser humano real. Ese es el desafío.

 

Aurelio Romero (Ciudad Real, 1951) es periodista y escritor. (Sección “Nómada” de El Semanario del Diario Lanza y blog “Cuaderno de rayas”, Diario Lanza digital).

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