¿Que pasaría si mezclásemos a Tom Ripley de Patricia Highsmith y a Humbert Humbert de Vladimir Nabokov? Sin duda, saldría ‘El señor Fox’.
Con que maestría nos deleita Joyce Carol Oates en esta novela, con la que nos da una clase de literatura donde hace fácil lo difícil y donde acerca al lector de una manera asombrosa los asuntos más complejos.
Es bien sabido que Oates se mueve en arenas movedizas en cuanto a los temas de los que tratan sus obras: suicidios, asesinatos, pederastia… pero, gracias a su manera de narrar, embruja a quien se acerca en sus historias, muchísimo más que el señor Fox hace con sus alumnos.
La escritora estadounidense nos mete en la mentalidad de ese profesor carismático que actúa delante de todos y muestra un carácter poliédrico en sus distintos contacto sociales como espejo de sus capacidades camaleónicas; en definida, es un zorro.
Nos presenta una situación con sus aristas y dobleces que muy difícilmente podemos dejar de leer. Queremos saber más, más de lo que está ocurriendo, de lo que ha ocurrido y de ese encantador de serpientes que es el protagonista de la novela.
Apoyada en la historia de la literatura universal, citando a Poe, utilizando a Raskólnikov (‘Crimen y castigo’), Humbert Humbert en ‘Lolita’ o recordándonos constantemente al personaje de Maupassant, Duroy, a la hora de utilizar a las mujeres para conseguir sus propósitos personales, Oates nos atrapa en una novela donde el ritmo no decae y nos lleva a donde quiere.
En esta obra hay un cadáver, desmembrado y de difícil identificación. También hay psicología en los personajes y crudeza en algunas escenas no aptas para mentes sensibles. Es una obra gigantesca, ya no solo por la cantidad de hojas escritas sino por la profundidad que tiene la autora al tratar temas que definen al ser humano en las esferas más oscuras y desconocidas.
