Más conciencia crítica

6 Jun 2012   Decía mi abuela que hay personas que han visto el mundo por un agujero que estaba ‘lodado’. Hace pocos días el cantautor Javier Krahe ha sido enjuiciado por ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa,

Decía mi abuela que hay personas que han visto el mundo por un agujero que estaba ‘lodado’. Hace pocos días el cantautor Javier Krahe ha sido enjuiciado por ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, la cristiana, al haber cometido ‘escarnio de dogmas, creencias o ritos’, según el artículo 525 del Código Penal.

En concreto, al músico no se le ocurrió otra cosa que cocinar en el horno a un crucifijo en un vídeo hace muchos años y la asociación ‘Tomás Moro’  lo denunció ante los tribunales por ello.

El proceso, como no podía ser de otra manera al tratarse de un personaje conocido, ha ocupado páginas de medios escritos y espacios audiovisuales, amén de innumerables valoraciones, la mayoría defensores del hecho amparándose en la libertad de expresión.

Cierto es que la sorna de la grabación pueda resultar inoportuna y desafortunada para los creyentes, más que nada porque cuestiona con sorna el amparo moral que da una creencia a la fortaleza humana y los valores que aporta en este caso el Cristianismo a la estructura social. Soy de la opinión de que las religiones en lo esencial enriquecen la vida interior de las personas y hay quienes aseguran que ayudan a comprender el mundo.

Sin embargo, lo de Krahe no puede pasar de eso, de importunar una convicción y de resultar una prueba más de que en más ocasiones de las que nos gustaría hay quienes arremeten contra corporaciones ideológicas, políticas y religiosas cogiendo el rábano por las hojas. A mí, como cristiana, no me molesta en absoluto porque, como interpretaba mi abuela, hay que tener visión de miras y estar por encima de estas chanzas. Libertad, libertad con uno mismo, con los demás, con el entorno, sin hacer daño, claro.

Más allá de la selección  natural, como concepto científico, que Malthus acuñara como la “lucha por la supervivencia” en un entorno ambiental más próximo, las sociedades se han ido construyendo para que la mayoría de personas que las componen tengan los mínimos perjuicios en su día a día. Ya saben, eso del bien social y su ensamblaje en las democracias (el sistema político menos malo) para conservar un orden y equilibrio a través de la dotación de sistemas jurídicos.

Pero esas garantías se han ido quebrando en los últimos años precisamente por quienes eran los padres de esa protección. No voy a enumerar la inabarcable lista de nombres que han cometido flagrantes delitos. Políticos, banqueros, juristas, empresarios, directivos,… no hay ámbito público que no esté manchado por la corrupción en mayor o menor medida.

Y son estas acciones las que hacen daño a la sociedad, la debilitan y ponen contra las cuerdas la propia organización civil. Delitos de malversación, de cohecho, de estafa, de la omisión del deber, de la violación de secretos, … Bueno, pues parece que con estos casos somos laxos y más permisivos porque forman parte de nuestra cultura ’de Lazarillo’. Estas conductas sí que hacen daño, miles y miles de millones de euros por los desagües hacia las alcantarillas de los distintos poderes, mientras que los ciudadanos estamos desconcertados ante un futuro incierto.

Y mientras Krahe se sienta en el banquillo (el corto casero fue emitido sin su conocimiento y no estaba destinado a ser proyectado públicamente), miles de representantes públicos se ríen de nosotros porque, además de un código penal, haría falta un código rígido de conducta con principios insobornables que socialmente reprochara como un resorte cualquier atisbo de irregularidad.

Haría falta una conjura ciudadana más crítica y satírica, apoyada por todo tipo de creadores, y menos conciencias adormiladas.