Memorias generacionales

No son libros contrapuestos, sino que reflejan modelos de periodismo cuyo árbol genealógico parece extraviado por momentos, pero que siguen suscitando interés

Recientemente han caído en mis manos los libros de memorias de dos periodistas, ambos grandes figuras en activo, y a quienes —a pesar de la diferencia de edad que les separa— presumiblemente les quedan muchas cosas que decir y lecciones que dar. Ambos han mantenido relaciones históricas con el periódico El País, han pasado por tiranteces en dichas relaciones y han marcado una pauta en el estilo a la hora de tratar la información y la opinión en los respectivos campos donde han destacado: la política nacional y la crónica internacional.

Se trata de Miguel Ángel Aguilar y Enric González, respectivos columnistas de los diarios La Vanguardia y El País, diario este último al que González regresó tras dos años y medio en El Mundo. Que el estilo es uno de los rasgos distintivos del gran periodismo, de eso no hay duda; hay incluso periodistas a quienes se lee exclusivamente por este motivo. Aunque este no sea el caso de ninguno de los protagonistas que hoy nos ocupan, sí es de recibo incidir en que la personalidad es una de sus características más notorias.

En lo que respecta a Aguilar, están su voz en diversas emisiones de radio y su firma, a la que prestigiosas cabeceras guardan entre algodones en sus páginas nobles. De Enric González leemos sus crónicas desde la sugerente ciudad de Buenos Aires, y antes lo hicimos con las que escribía en la marquesina de enfrente o en ciudades como Roma o Jerusalén.

Cada uno barre para su casa y se ha forjado en unas circunstancias: uno, hijo de la España posterior a Franco, próximo a los círculos más influyentes de Madrid, desde los políticos hasta alguno religioso, en su momento; el otro, hijo de una Barcelona donde el hábito andorrero arrendaba casi tanta ganancia como estar al tanto las intrigas palaciegas, aunque, por otro lado y por cuestiones obvias, estas se desarrollaran sobre todo en la capital. Y quizá este condicionamiento sea uno de los que han marcado no solo sus trayectorias profesionales, sino también, y en última instancia, las estructuras de dos libros de memorias que ya están incompletos, pues se publicaron hace algunos años.

En silla de pista cuenta con una serie de capítulos divididos en epígrafes, donde a través de anécdotas se ilustran momentos mitificados de aquel período de nuestra historia reciente. Miguel Ángel Aguilar deja claro que desde el primer momento tuvo una agenda privilegiada y un instinto periodístico que le guiaron en los momentos justos a los lugares donde se cortaba la tela. No hace falta ir muy lejos para ver en la prosa de los epígrafes un trasunto de sus breves y certeros «telegramas» radiofónicos. A quienes se pregunten hasta qué punto hoy podrían surgir profesionales de esta índole habría que recordarles la relativa facilidad con que los personajes más relevantes de aquellos años se ponían a disposición de gente como los periodistas. No tengo claro si el gremio dista ahora de ser una Arcadia de los borrachos como la que retrata Miguel Ángel Aguilar, pero sí que algo de ese espíritu de repórter Tribulete se ha perdido frente a los monitores de las redacciones.

En cambio, las Memorias líquidas nos hablan de un Enric González convencido de su vocación de veterinario y de su padre periodista, Francisco González Ledesma, que llegaría a ser un afamado novelista policial y que animó a su hijo a probar suerte en el gremio. El tiempo le ha dado la razón y ha amplificado una particularidad: el joven Enric leía mucho («tal vez sea lo único que hago realmente bien. Me parece que un periodista ha de leer como si le fuera la vida en ello, porque le va la vida en ello») y eso se hace notar en todo lo que escribe, hable de fútbol o de la coyuntura política o social. Si a esto se le añade el compañerismo de los personajes que lo rodearon en sus primeros años — José Martí Gómez, Joan de Sagarra, Huertas Clavería— el resultado bien puede ser el que es. Y es que la trayectoria de González tiene mucho de oportunidad aprovechada, de la curiosidad de un Pepito Grillo que nunca se sacia, de la asombrosa facilidad de adaptación que puede ayudar a quien la posea a asentarse en el golfo Pérsico como si lo hiciera en Madrid.

No son libros contrapuestos, sino que reflejan modelos de periodismo cuyo árbol genealógico parece extraviado por momentos, pero que siguen suscitando interés, como lo demuestran los seguidores y la influencia de uno y de otro.