No solo plata. Las mercancías americanas que arribaban a Cádiz durante el reinado de Carlos III

Recolección de caña de azúcar en Cuba

Recolección de caña de azúcar en Cuba

A principios de la centuria del XVIII, España había visto cercenada toda posibilidad de expandirse en Europa y para seguir siendo una potencia mundial tenía que continuar su expansión colonial en el Nuevo Mundo, en el que otras potencias europeas habían iniciado una rivalidad desenfrenada para conseguir materias primas, a la vez que deseaban convertir aquellos territorios en mercados reservados para sus productos industriales.

En los siglos XVI y XVII, la primacía de las Indias había correspondido al virreinato del Perú, pero su minería de plata, sobre todo Potosí, había entrado en franca decadencia, así que en el XVIII fue el virreinato de Nueva España, que correspondía al territorio mexicano actual aproximadamente, el que tenía un mayor ritmo expansivo.

De hecho, de los quince millones de habitantes que poblaban América colonial durante el reinado de Carlos III eran seis millones los que vivían en Nueva España y si dicho rey logró representar un papel relativamente importante en el concierto europeo se debió al aumento de producción de plata, labor en la que jugó un relevante papel el visitador José de Gálvez.

El final de monopolio

En la segunda mitad de la centuria del XVIII, el intercambio comercial entre la metrópoli y las colonias americanas aumentó considerablemente. A partir de 1765, los ministros de Carlos IIII promovieron de forma gradual la liberalización del comercio con las Indias y, en consecuencia, el final del tradicional régimen de monopolio, que aseguraba el beneficio de la potencia dominante, en este caso España.

Con el monopolio, la Hacienda Pública salía beneficiada por los derechos de aduana, pero también se lucraban los propietarios de mercancías susceptibles de ser enviadas a las Indias. No obstante, el monopolio comercial no fue la quimera que la Corona esperaba y su mal funcionamiento se vio agravado considerablemente durante el siglo XVII. El sistema de flotas, la famosa flota de Indias, se había quedado obsoleto y el contrabando, los corsarios y la corrupción administrativa reinaban por doquier.

En 1778 se decretó por fin el libre comercio entre España y América, cuyo reglamento terminaba con la exclusiva de Cádiz como único puerto para el comercio con las Indias. Cádiz había sustituido a Sevilla en 1717, pues los barcos eran más grandes cada vez; los navíos y fragatas habían reemplazado a los antiguos galeones y ya no podían remontar el Guadalquivir por falta de calado del río.

El citado reglamento habilitaba para el comercio con el Nuevo Mundo a trece puertos españoles y la misma autorización recibían veintidós puertos americanos para negociar con España. El resultado de esta liberalización comercial se dejó notar, si bien no resultó tan espectacular como se esperaba. Las mercaderías enviadas por la metrópoli continuaron siendo fundamentalmente agrarias y respecto a los productos industriales predominó la reexportación de productos extranjeros, ya que España no era una nación manufacturera.

El azogue de Almadén y la plata americana

Uno de los productos más importantes de la metrópoli española fue el azogue (mercurio) de Almadén, pues con él se amalgamaban las menas pobres en plata, procedimiento previo a su fusión. Como consecuencia del descubrimiento del proceso industrial de la amalgamación a mediados del siglo XVI, Almadén pasó a convertirse en el establecimiento minero más importante del territorio metropolitano, como lo indica el hecho de que si en el periodo de 1500 a 1563  había producido 36.770 quintales castellanos de azogue, en el periodo de 1605 a 1645 fueron 148.594.

Tras la crisis de producción de la segunda mitad del XVII, la cantidad de azogue enviado a América continuó en aumento, de modo que en la primera mitad del XVIII pasó a ser de 264.079 quintales y en la segunda mitad de 636.990.

La otra gran mina de azogue del imperio español, Huancavelica en el virreinato del Perú, se encontraba ya en franco declive, así que Almadén hubo de hacer frente casi en solitario a la gran demanda de las minas de plata de Nueva España. Ante esta situación, la Corona no dudó en adquirir azogue de Idria, perteneciente por entonces a la República de Venecia, a razón de 6.000 quintales castellanos anuales a partir de 1785 y a un precio de cincuenta y tres pesos de plata por quintal. Este contrato estuvo vigente hasta 1797 cuando Napoleón invadió Venecia.

En la segunda mitad del XVIII, el azogue de Almadén fue enviado en su mayor parte a Veracruz para el abastecimiento de las minas de plata de Nueva España, lo que convirtió a este virreinato en el primer productor mundial a finales de dicha centuria, estimándose su producción en dos tercios del total. México adquirió la independencia de España en 1821, pero continuó siendo el principal productor de plata del mundo, si bien a finales del XIX aparecieron importantes yacimientos argentíferos en el oeste de los Estados Unidos y en Australia. La plata fue en su conjunto el factor de globalización más destacado de la Edad Moderna y naciones tan alejadas como China (siglo XVIII) y la India (siglo XIX) obtuvieron grandes cantidades de ella a cambio de productos como seda, té, porcelana o añil.

Los pesos fuertes de plata

Los datos procedentes de la Aduana de Cádiz correspondientes a los años del reinado de Carlos III señalan que entre 1759 y 1787, ambos incluidos, 447 millones y medio de pesos fuertes de plata entraron en dicha aduana procedentes de la América española. Esta moneda, también conocida como  real de a ocho (ocho reales de plata), peso fuerte, peso duro o dólar español, contenía unos veintiséis gramos de plata, pues su pureza varió ligeramente con el paso de los años, así que en el periodo citado se ingresaron en la aduana de Cádiz unas 11.635 toneladas métricas de plata. Este dato es congruente con las 82.000 a 92.000 toneladas métricas de plata que diversos autores estiman que se produjeron en las minas de los virreinatos de Nueva España y el Perú desde 1492 hasta 1803.

Además de la plata que llegó a buen puerto, hubo otra parte que cayó en manos corsarias o que se hundió en el fondo marino con los barcos que la transportaban debido a huracanes u otras causas. Estos pecios fueron rescatados siempre que se pudo, como es el caso del navío San Pedro de Alcántara, hundido el dos de febrero de 1786 en la costa de Peniche (Portugal).

Las labores de rescate permitieron extraer del barco en los días siguientes 6.780.255 pesos fuertes de plata y 3.349 barras y planchas de cobre. Y es que la plata no fue el único metal que llegó de América en aquellos años, pues también vinieron a la metrópoli 11.044 toneladas de cobre y 9.877 barras y planchas de dicho metal, además de 956 toneladas de estaño. Perlas caribeñas y esmeraldas colombianas, nada menos que unas 20.000 piezas, se unieron a los objetos de plata labrada, formando así un magnífico escaparate de joyería.

Otras mercancías ultramarinas

Entre los alimentos procedentes del Nuevo Mundo que llegaron a la península durante el reinado de Carlos III hay que destacar en primer lugar el cacao y el azúcar, con 59.560 y 51.290 toneladas, respectivamente. Mientras el cacao era autóctono americano, la caña de azúcar procedía del Viejo Mundo, pero se adaptó tan bien al clima de América central que arruinó la industria azucarera en las zonas templadas mediterráneas.

De gran importancia también era la quina o cascarilla, ya que con ella se combatían las tercianas y cuartanas producidas por el paludismo. Las 3.254 toneladas que llegaron en aquellos años fueron distribuidas por los diferentes hospitales de la península, entre ellos el Real de Mineros de Almadén, pueblo que fue asolado por las fiebres palúdicas en los años centrales de la centuria del XVIII, llegando a morir varios centenares de vecinos en 1735 y 1751.

De gran importancia también eran los colorantes para los tejidos, destacando el palo tinte y el palo de Campeche para el color negro, el añil para el azul, la grana fina para el rojo, y otros palos, como el de mora, el brasilete, etc. En total, más de 34.460 toneladas de estas materias fueron enviadas desde diversas regiones centroamericanas principalmente. Otras mercaderías frecuentes eran el cuero y las pieles de animales inexistentes en la península ibérica.

Algo más de cuatro millones de cueros, corachas y cordobanes se enviaron a la metrópoli en este periodo, junto a pieles  de chinchilla, de guanaco, de lobo, de oso, de puma y, sobre todo, de lobo marino, animal este muy abundante en las costas de Perú, Chile y Baja California, llegándose a intercambiar varios miles de pieles por mercurio chino. Y para finalizar, el tabaco, al que los españoles peninsulares se aficionaron tanto que solo durante el reinado de Carlos III se enviaron 8.281 toneladas de tabaco picado, además de 1.392 rollos.

Epílogo

Todos estos caudales y frutos de América dejaron de recibirse en la metrópoli cuando las colonias se independizaron. La suspensión de los envíos de plata y otras mercancías del Nuevo Mundo, además de la guerra de la Independencia, hundieron a la Hacienda Pública española, cuando nuestro país no estaba aún preparado para la nueva etapa que se estaba inaugurando en Europa, la llamada Revolución Industrial. España, que había basado en las Indias toda su prosperidad económica, se encontró aislada y esquilmada después de la guerra contra los franceses y empezó a sufrir una grave crisis económica que duraría más de un siglo.

En 1835, los Rothschild contrataron con la Corona española la comercialización del mercurio de Almadén. Este contrato estableció un monopolio inmensamente lucrativo que, con alguna breve interrupción, continuó hasta 1921. De este modo, los banqueros judíos tuvieron en sus manos el control de la producción mundial de los metales preciosos.

Una vez más, como ya había sucedido con los banqueros Fugger en el siglo XVI, el mercurio de Almadén sirvió de garantía al Tesoro Público para los sucesivos préstamos de los Rothschild. En la centuria del XIX, nuestro metal líquido, “heroico se desangra Almadén” dice su himno, continuó yendo a Cádiz para ser embarcado, aunque su destino ya no era Veracruz u otro puerto colonial español, sino Liverpool o Londres para después ser enviado a todo el mundo.

©Ángel Hernández Sobrino