Judith Obaya, policía, motorista y deportista

Judith Obaya, policía, motorista y deportista

Judith Obaya o el reto de superarse a sí misma

No parece que esta mujer, que lo mismo se sube a una moto y recorre el Sahara que se hace media España montada en una bicicleta en contra de la violencia de género, esté en torno a los 50. Judith Obaya es una “cincuentaeñera” de manual: vital, activa, en constante crecimiento y aprendizaje, además de contar con una excelente forma física.

Imagino, cuando hablo con ella antes de Navidades, que la edad no es ni siquiera un accidente civil sino una oportunidad para seguir yendo más allá. Y, de la misma manera, dejo este retrato para comenzar el año, por la energía que transmite y porque a poco que te descuides te la contagia y te dan ganas de retarte a ti misma y si puede ser con una causa, mejor.

Me habló de ella un amigo, Javier Solana. Les tuvo que unir lo mismo: la pasión por el deporte y si para una, es una vía de conocimiento interior y lo ha convertido en trabajo; en el otro, es la herramienta para sembrar valores desde Esportus, la fundación que preside. Y me habló con tanto entusiasmo que me di un paseo por su página web y me encontré con una policía que además era una aventurera que a su vez, organiza viajes para que otros sientan lo mismo que ella. Y tantos kilómetros ha hecho ya y por sitios tan complicados, que en más de una y más de dos ocasiones se ha transformado en una suerte de abanderada de causas justas.

Judith Obaya se reta en diferentes deportes

Judith Obaya se reta en diferentes deportes

Pero, empecemos por el principio.

“Siempre me han gustado las motos. Desde que veía Ángel Nieto, en el programa de los domingos por la mañana, cuando era una cría ¡se me ponían los dientes más largos que!… Así que cuando mis padres me regalaron un Vespino, a los 16 años, era como si me hubieran regalado un Ferrari. Ya me comía el mundo con aquello” dice y se le llena la boca de entusiasmo.

“Trabajo, sueldo y moto ¿qué más podía pedir?”

Empezó a trabajar muy joven, tanto que no acabó lo que entonces era el llamado COU (Curso de Orientación Universitaria) aunque esa ocupación no era para ella, “trabajaba en un supermercado y tantas horas encerrada allí… No era para mí. Pensé en meterme en el ejército por el ejercicio, el orden, la disciplina; todo lo que buscaba estaba allí pero no pude porque entonces no dejaban entrar a mujeres y cuando decidí marcharme de España, llegó mi padre con otra opción: oposiciones a policía local”.

Y se plantó en sus 21 años, siendo funcionaria con “trabajo, sueldo y moto, ¿qué más podía pedir?”. Al año, ya estaba en la sección de motoristas y “se me ocurrió casarme, fue lo peor que pude hacer” porque su vida cambió y no terminaba de acomodarse a una existencia que no tenía nada en común con su espíritu libre. “Antes no tenías tanta información, era muy ignorante y venía de un pueblo pequeño (Villaviciosa en Asturias) y la vida allí era completamente diferente y socialmente, era el paso que tenía que dar. Para más inri, me casé con una persona sumamente celosa que no compartía mis aficiones deportivas y aguanté 18 años”.

Añade, sin dudarlo, que lo mejor de ese tiempo son sus dos hijos pero le apenó haber tenido que pasar por un proceso de divorcio. “No sé si una mujer lo siente más, socialmente creemos eso, pero el mío fue un poco especial porque hice lo que la mayor parte de las madres no hacen: lo dejé todo. La casa, el coche, los niños… y la que se fue, en este caso, fui yo. Hice lo que tenía que hacer, no estoy orgullosa pero tampoco arrepentida porque hablé con mis hijos y les conté todo, mi relación con ellos es excelente”.

Hoy en día, vive a caballo entre Asturias y Madrid. En la primera ciudad, tiene su trabajo y desde la segunda, da rienda suelta a su afición. Porque cuando volvió a ser una mujer soltera retomó el entrenamiento deportivo, volvió a comprarse una moto y de nuevo, viajó. Y en 2013, hizo su primer viaje patrocinado y dos años después “decido que no quiero dedicarme únicamente a la moto, prefiero hacer la prueba o el reto que me apetezca”. Y como está en su naturaleza hacer cosas que otros no hagan, y ya con un compañero de equipo, otro aventurero como ella, “atravesamos el Sahara en moto, con autonomía total y sin ningún vehículo de apoyo. Nosotros cargamos el combustible, la ropa, las herramientas, el equipo de acampada, la comida… Fue una odisea porque las motos pesaban 300 kilos”. Pero le tuvo que sabe a poco a Judith porque al año siguiente hizo ese mismo recorrido, ella sola y en bicicleta.

Compitiendo consigo misma

Le pregunto en este punto si un reto así cambia a la persona, si le afecta de alguna manera y no duda al responder que “me siento grande porque pones a prueba la voluntad. No me costó tanto como pensaba porque físicamente estoy bien pero lo superé gracias a la cabeza. Compito conmigo misma y quiero demostrarme hasta dónde soy capaz de llegar y nunca me quedo a mitad de camino”.

La motorista durante una de sus travesías

La motorista durante una de sus travesías

Y esos retos se han transformado, como a final del pasado año, en retos sociales. En ese momento pedaleó contra la violencia de género, recorriendo la distancia que hay entre Madrid y Asturias. Es un tema que le preocupa pero se cuida mucho de entrar en política, Judith está más pegada al suelo y se centra en las consecuencias directas de una sociedad que sigue siendo machista y cuando abordamos el tema de la violencia en general, tanto en hombres como en mujeres, su respuesta es muy clara: “¿Que haya malos tratos en hombres? No lo niego, pero para eso está la justicia. Y las que están muriendo son mujeres, no hombres”.

Hablamos de la educación que hemos recibido las mujeres de una cierta edad, cuando lo mejor que había en la casa era para el hombre o la educación que seguimos dando las mujeres. “Yo voy a dar charlas a colegios y el otro día me dijeron que era madre y podía viajar… (hace una pausa muy significativa). No le echo la culpa a los profesores porque la educación se trae de casa…” Y todo esto sigue sucediendo en una sociedad que puede carecer de muchas cosas excepto de información y sobre todo la que se mueve en redes sociales que termina siendo un arma de doble filo porque “tenemos tanta y no está siendo usada como tendría que ser. Nuestras libertades y derechos tienen que llegar hasta el respeto al otro. Hay que educar en valores y no solo a los críos, también a los adultos”.

Tiene una conversación apasionante Judith y estaría hablando horas con ella pero no puede ser y se lo anuncio. Me resulta de una gran ternura su última intervención: “Por favor, pon en la entrevista que he tenido la suerte de conocer en Madrid a gente muy interesante que me llena mucho y me ayuda a avanzar, ya no solo porque estés en una plataforma sino porque sienten lo mismo que yo y eso te ayuda”. Y las enumera: Fundación Woman’s Week, Fundación Acierta y el colectivo Inspirando líderes comprometidos. “Trabajan en lo mismo que yo, en valores. Tendríamos que adaptar el uso que hacemos de los avances tecnológicos, que nos desbordan por su rapidez, para no perder nuestros valores como el respeto. Es lo más grande”.