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23 febrero 2024
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Proyecto de creación de batallones de soldados gitanos

Soldados gitanos
Soldados gitanos
Ángel Hernández Sobrino / ALMADÉN
Parece ser que los gitanos provienen de la India, de donde salieron como un pueblo nómada que se instaló en Persia en fecha indeterminada. Antes de que los árabes invadieran dicha región, los gitanos se dividieron en dos familias diferentes, una de las cuales se asentó en Siria y la otra en Armenia. Presionados por la invasión de los turcos, pasaron a Europa Occidental a partir de 1417 y la recorrieron con suma rapidez en pequeños grupos de unos 50 a 100 miembros por lo general.

Todos los documentos que describen la llegada de los gitanos a Europa coinciden en relatar su dominio de las artes mágicas, unido a su destreza para apropiarse de lo ajeno. Cuando el pueblo gitano alcanzó Europa estaba formado por diversos grupos nómadas, pobres y desharrapados, que tuvieron que recurrir al robo para sobrevivir. No podía por tanto evitarse el choque entre dos pueblos tan diferentes, el europeo formado por campesinos y burgueses, asentados en pueblos y ciudades, y el nómada que llegaba de oriente, de lengua y aspecto tan diferentes.

Los gitanos cruzaron los Pirineos en 1424 y la primera noticia que se tiene sobre ellos es el permiso que les concedió el 12 de enero de 1425 Alfonso V, rey de Aragón, para viajar por sus dominios durante tres meses. En los años siguientes, las crónicas les citan en Castilla y Andalucía, pues como pueblo nómada, no se asentaban en ningún lugar. Otros grupos de gitanos llegaron desde el Mediterráneo a partir de 1448, con lo que ya suman dos o tres mil almas como mucho. Pronto aparecieron los primeros conflictos y en 1499, los Reyes Católicos dictaron la primera Pragmática específica contra ellos, en la que se les ordenaba que vivieran de oficios conocidos y que se aposentaran en algún lugar. Los castigos para los que no obedecieran eran muy duros: la primera vez, el destierro; la segunda, cien azotes y el destierro perpetuo; y la tercera, corte de orejas, 60 días encarcelados y atados a una cadena, y destierro. Si aún así continuaban sin oficio ni señor, quedarían esclavos de por vida de la persona que los capturara.

A galeras o a las minas

Como la citada pragmática no se llevaba a la práctica, las Cortes de Toledo, reunidas en 1525, pidieron que se cumpliera para que los egipcianos (otro gentilicio con que se conocía a los gitanos “… no anden por el Reino porque roban los campos y destruyen las heredades y engañan a los que con ellos tratan y no tienen otra manera de vivir”. En 1570 se reiteró esta disposición pero los gitanos continuaron con su habitual vida errante, ejerciendo oficios como el de herrador o esquilador, mientras que las gitanas practicaban las artes adivinatorias y la mendicidad.

Cuando a principios del siglo XVI los condenados por la Justicia comenzaron a utilizarse en trabajos forzados, los gitanos vagantes se unieron a ladrones, blasfemos, perjuros, rufianes y otros malhechores, y fueron sentenciados al remo en las galeras o a las labores subterráneas de las minas de azogue de Almadén durante cuatro, seis, ocho y hasta diez años. El reinado de Carlos I representó el primer esfuerzo serio de la Corona para reclutar brazos con destino al servicio del mar, actitud que se incrementó cuando subió al trono Felipe II, quien en 1571, año de la batalla de Lepanto, apremiaba a los jueces para que los condenados fuesen a cumplir su castigo en las galeras a la mayor brevedad posible. Según los datos de Iam A. Thomson, 158 personas de etnia gitana remaron entre 1586 y 1595 en las galeras reales, lo que representa solo el 2,9% del total de galeotes. Un 75% de estos gitanos provenía de Castilla y solo el 18% de Aragón, Granada y Valencia.

Nuevas cédulas reales de 25 de febrero y 11 de agosto de 1573 exigían a los jueces que enviaran a todos los gitanos útiles a las galeras reales. Cuando la presión de las galeras turcas descendía, Felipe II se mostraba más compasivo con los gitanos y llegó a conceder la libertad a 59 de ellos en 1579, cuando ya llevaban seis años al remo. Sus sucesores, Felipe III, Felipe IV y Carlos II, continuaron mandando gitanos al remo y en ocasiones hubo tanta necesidad de galeotes que se hubo de recurrir a confiscar esclavos. Felipe IV eligió a Don Pedro de Amezquita como hombre idóneo para solucionar el problema y este reclutó a la fuerza a muchos esclavos en Andalucía, donde eran particularmente numerosos como servidores domésticos. Algunos gitanos solicitaron a la Corona ser enviados a las minas de Almadén a cambio de la pena de galeras. Tal es el caso de los hermanos Sebastián y Manuel Abendaño, presos en la cárcel de Palencia, quienes en 1682 solicitaron a Carlos II la conmutación de su pena de seis años de galeras por ser gitanos y hablar la lengua jerigonza, por las minas de azogue, donde, por lo menos, no se verían privados de consuelo y socorro de sus mujeres e hijos. Otro gitano prefirió convertirse en el verdugo de la villa de Madrid, a cambio de no cumplir su condena en las galeras reales.

La Ilustración contra los gitanos

Muchos podrían pensar que la nueva corriente ilustrada que corría por Europa en el siglo XVIII, a la vez que en España se entronizaba a los Borbones, supondría una mejoría para el pueblo gitano. Nada más lejos de la realidad, ya que aquellos pretendían seguir viviendo como lo habían hecho siempre y ello no era compatible con los principios que regían para una sociedad en la que todo debía ordenarse de otra manera. En opinión de Antonio Zoido Naranjo, “La Ilustración se opuso a los modos tradicionales de vida, tanto a los de los poderosos como a los de los humildes, y pretendió cambiarlos, sin conseguir, por otra parte, que cambiaran las condiciones generales; al contrario, al coincidir la pérdida de la potencia imperial y colonial con la decadencia del territorio que había sido el centro de ese Imperio, Andalucía, aquellas se hicieron cada vez más duras”.

En 1717 se publicó una lista de cuarenta y una localidades en las que los gitanos podían avecindar, ampliada posteriormente a setenta y cinco. En 1734, reinando Felipe V, como no había suficientes soldados para el Ejército, se prendió a vagabundos y gitanos para obligarles a incorporarse a la milicia. Así se formaron en Cádiz los batallones que debían marchar a Italia para recuperar los territorios perdidos tras la guerra de Sucesión. El problema gitano seguía sin resolverse y cada vez eran más, de modo que algunos autores estiman su número en unos 20.000, la mayoría de los cuales habitaba en Andalucía. En octubre de 1745 se emitió una real cédula que conminaba taxativamente a todos los gitanos y gitanas a trasladarse a las ciudades que figuraban en aquella. En Andalucía estas ciudades eran Carmona, Córdoba, Antequera, Ronda, Jaén, Úbeda y Alcalá la Real. Sevilla no estaba incluida en la lista, de modo que muchos gitanos que vivían en el barrio de Triana, hubieron de  abandonarlo para no ser declarados bandidos públicos y, en consecuencia, detenidos. A los hombres se les darían 200 azotes y serían condenados a seis años de galeras, y a las mujeres, 100 azotes.

El gobernador del Puerto de Santa María ordenó apresar a todos los gitanos que se hallaban en la ciudad, fueron vecinos, residentes o transeúntes, y también a aquellos que sin ser gitanos, vestían su traje y se relacionaban con ellos. De esta forma, arrestó a 43 hombres y 32 mujeres, mandando los más fuertes de aquellos a las minas de Almadén y al resto de los presidios africanos. Solo en el primer semestre de 1746 llegaron a Almadén 64 gitanos, procedentes de Sevilla (39), El Puerto de Santa María (19) y Baeza (6). El indulto concedido por Fernando VI en dicho año con motivo de la muerte de Felipe V, su padre, excluyó a los gitanos. El marqués de la Ensenada le comunicó al superintendente Villegas la orden dada por Fernando VI, “… para que subsistan en ese destino los Gitanos que están rematados a los trabajos de las Minas, no obstante que cumplan el tiempo de su condena”.

El proyecto de soldados gitanos

En 1746 se diseñó un  plan secreto, probablemente por encargo del marqués de la Ensenada, ministro de Marina e Indias, de Hacienda y de Guerra, en el que se proponía el método de acabar con el gitanismo. El documento se titula Pensamiento christiano en servicio de Dios, del Rey y de sus vasallos y plantea la formación de varios batallones de gitanos, “… que de solo los cuatro Reinos de Andalucía se podrán formar cuatro batallones efectivos, prontos y muy fácilmente, de sobresaliente, admirable y robusta calidad, para que sirvan en la actual guerra de Italia o en otra cualquier expedición, en calidad de tales gitanos para los fines a que se quisieren aplicar; y pues el país se halla tan sumamente exhausto de gentes y el gitanismo de buenos y sobresalientes: mucho convendrá al servicio de ambas Majestades se sujeten y formen batallones de ellos para que sirvan de algún provecho o para que estando empleados y entretenidos se evite la ociosidad y se vean pacíficamente y en tranquilidad los paises donde residen”.

El plan proponía que todas las justicias de Andalucía enviaran información de los gitanos que hubiera en sus respectivos distritos con su nombre y apellidos, edad, estatura, señales, conducta y domicilio en el término de ocho días. Una vez recibidos los mencionados datos, se elegirían los que fuesen a propósito para luchar en campaña, y estos serían acompañados por las correspondientes justicias a las atarazanas de Málaga, también en el término de ocho días. Desde el primer día que comenzasen a caminar se les abonaría diariamente cuatro reales y una ración de pan, y cuando llegaran a Málaga serían reconocidos por personal militar inteligente, el cual elegiría entre ellos los más adecuados para ser oficiales, sargentos y soldados. Oficiales veteranos les enseñarían el uso y manejo de las armas, y cada batallón de gitanos que se formara se compondría de trece capitanes, trece tenientes, trece subtenientes, dos ayudantes, un capellán, un cirujano, veintiséis sargentos y seiscientos sesenta y tres soldados.

Los batallones de gitanos no deberían mezclarse en ningún caso con el resto de las tropas, así que tendrían sus propios cuarteles y campamentos. Los gitanos realizarían trabajos relacionados con trincheras, fortificaciones, baterías, allanamiento de caminos, corta de madera, conducción de piezas de Artillería, etc. En cuanto al coste que tendría vestir y mantener a uno de estos batallones anualmente sería el siguiente:

  • Sueldo de mandos y tropa ……………   710 reales
  • Raciones de pan (251.485) …………..   552 reales
  • Uniformes y homenajes ……………….   792 reales

Su Majestad proveería los 730 fusiles con sus bayonetas, así como las balas necesarias, por lo que no figuran en el presupuesto anterior.

El autor del proyecto concluía que “… poco se aventuraba en exponer tan limitado gasto para experimentar si por este tan saludable medio se conseguía ver empleada sujeta esta gente, pues aun que se logre el fin de tenerlos recluidos en los pueblos donde les está señalado residan, nunca podrá lograrse vivan tranquila y pacíficamente, mayormente cuando se miran que los ejercicios de los gitanos (los que los tienen) son tan inícuos y mecánicos que es imposible les puedan ejercer en el corto recinto de dichos pueblos para poder mantenerse y porque de estar estos mismos pueblos tan considerablemente recargados de excesivo numero de gitanos que iguale o exceda al del vecino patricio, están expuestos a graves malas consecuencias, y para atajar los próximos e inevitables inconvenientes que pueden resultar, y poner coto a unos ilícitos y pésimos desórdenes heredados de padres a hijos, no se podrá practicar medio mas benigno, pronto, ligero, decente y suave que del que va expuesto, que quizás viéndose con preeminencias y premiados, se desempeñarán con leal amor y aplicación, y si no sucediera así, se conseguirá el fin de que con esta sujección a lo menos se contenga la procregeneración del gitanismo con el exceso que actualmente se experimente abunda”.

La gran redada

El proyecto de crear varios batallones de gitanos finalmente no se llevó a cabo, pues en ese mismo año de 1746 falleció Felipe V, y el nuevo rey, Fernando VI, retiró todos los ejércitos que España tenía distribuidos por Europa. Dos años después se firmó la paz de Aquisgrán, que abrió el camino a una etapa de neutralidad en la política exterior española. Con quienes no fue neutral Fernando VI fue con los gitanos, ya que el 30 de julio de 1749 se puso en marcha en toda España una vasta operación militar, preparada en secreto y meticulosamente, para encarcelar a todos los gitanos. Las tropas militares cercaron los pueblos y los barrios de las ciudades donde vivían gitanos, 75 lugares en total, y “… se arrojarán a las casas de los gitanos, prenderán a todos, hombres, mujeres y niños, cerrarán las casas o dejarán centinelas en cada una, llevarán los presos a la carcel, donde todos juntos con las separaciones prevenidas se dejará una guardia de veinte hombres. Los documentos existentes indican que hasta el 4 de octubre de dicho año habían sido capturados 7.760 gitanos y gitanas, a los que hay que añadir los que fallecieron durante la redada y los que fueron capturados posteriormente, lo que supone una cifra total de unas 9.000 personas.

Tras el arresto, los gitanos fueron separados en dos grupos: todos los hombres mayores de siete años en uno, y las mujeres y los menores de esa edad en otro. Mientras que mujeres y niños pequeños fueron ingresadas en cárceles y fábricas, los hombres fueron enviados a trabajos forzados en los arsenales militares de Cartagena, La Carraca y El Ferrol, en su mayoría, y el resto a las minas de Almadén y a los presidios africanos. Los bienes de los detenidos fueron confiscados y subastados para pagar su manutención y traslado a los lugares citados. Lo peor de todo fue la separación de las familias, por lo que muchos de ellos intentaron escapar de sus cadenas y otros entraron en una profunda depresión. Mientras que los otros forzados cumplían su condena y recuperaban la libertad, a los gitanos se les aplicó la retención, una figura legal para que no se les otorgara la libertad una vez cumplida su condena, basándose en el motivo de que no tenían lugar donde asentarse y trabajos a los que dedicarse, ya que las autoridades temían que volvieran a la vida errante.

Al finalizar el reinado de Fernando VI, en 1759, todavía permanecían en los arsenales militares y en las minas de Almadén muchos gitanos presos. Su sucesor, Carlos III, encargó en 1763 un dictamen al Consejo de Castilla, cuyo fiscal, Pedro Rodríguez de Campomanes, informó que los gitanos eran “… una congregación de personas de todos los sexos que viven vagamente con violación de todos los preceptos y que se mantienen del robo, la rapiña y el engaño”. Las medidas que propuso fueron que permanecieran encerrados y vigilados en España o que fueran deportados a América, donde se les daría un trozo de tierra para que fueran siendo absorbidos poco a poco por los indígenas de allá.

Epílogo

La persecución de los gitanos en España continuó hasta 1783, año en el que Carlos III ordenó publicar una Real pragmática, que derogaba todas las leyes contra los gitanos al declarar que no procedían de raíz infecta. En 1784, los jueces de la Chancillería de Granada reconocían que la publicación de tantas  leyes contra los gitanos lo único que habían conseguido era aumentar su marginalidad, provocando “… el miserable estado de ociosidad, infamia y desprecio con que los gitanos viven en la república, en cuya infeliz situación los han colocado las mismas providencias que justamente se han tomado contra ellos”. La Real cédula de Carlos IV, año 1795, ampliaba el indulto de la anterior pragmática de 1784, incluyendo a los gitanos, “… que viven profugos de sus domicilios, perturbando la tranquilidad pública, temerosos del rigor de la Justicia por delitos que han cometido”.

© Ángel Hernández Sobrino.

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