<i>Cuadernos de Kabul</i>. Ramón Lobo.

Cuadernos de Kabul. Ramón Lobo.

Ediciones Península. Barcelona. 2018. 160 páginas. 15 euros

El diario de un corresponsal

El pan de cada día de una falsa democracia de nuevo cuño, cuyo clasismo social no deja de denotar indignidad y una generalizada carencia cultural

Cuadernos de Kabul está planteado en su mayor parte como un reportaje periodístico. Su mayor acierto es su estilo. Si hay algo que posee Ramón Lobo es una extraordinaria capacidad de observación y síntesis, cosa que no denotan sus memorias, Todos náufragos, y sí sus piezas periodísticas. Este tomo está lleno de ejemplos de descripciones de personajes y entornos que brillan con luz propia. Destaca, y mucho, la habilidad del autor para encajar estadísticas y conclusiones en medio del texto. Sin embargo, algunos pareceres personales suenan cursis y repetitivos y se alejan del rigor que exige el formato y la literatura en general.

El comienzo no puede ser más bipolar. Mal empieza Lobo, pelo en pecho y camisa rajada, reprochando a otras personas (“Un Kabul a menudo invisible para la mayoría de los diplomáticos y contratistas extranjeros que se mueven en vehículos blindados y viven en hoteles de lujo o en casas amuralladas protegidos por ejércitos de guardas privados”) comportamientos que se achacan a muchos de sus compañeros de oficio.

Y es que el periodismo bélico ha estado, de toda la vida, teñido de la sospecha de ser una cuna de cantamañanas y de héroes clavados en bares, como los de la desoladora canción de Maná. ¿Los presuntos testigos de cargo? Los propios miembros del gremio. Artur Domosławski articuló toda una biografía alrededor de la duda de si “nos dijo Kapuściński toda la verdad”. Harold Stephens contó cómo Leguineche “quería” ir con él a Australia, “pero no lo hizo”, cargándose una parte del mítico libro El camino más corto. La hipotética lista podría no tener fin.

Narración efectiva

Pero cuando Cuadernos de Kabul se ciñe a ser, como indica su subtítulo, un conjunto de “historias de mujeres, hombres y niños atrapados en una guerra”, se convierte en un prodigio narrativo. A través de los treinta capítulos que componen el tomo, Ramón Lobo queda retratado como un magnífico captador de sensaciones. Camina por las calles, escucha al paisanaje, habla con los damnificados. Más allá del prólogo y al margen de consideraciones puntuales, también tiene palabras justas para el periodismo y para sí mismo. Señala a quienes transmiten un mundo estático “zapeando por las televisiones globales en busca de la realidad con sordina”, que no serán pocos. Tiene palabras nobles para periodistas como Miguel Gil Moreno o Ricardo Ortega, personaje que también aparecía en las Historias de Nueva York de Enric González.

A todo esto, el Ramón Lobo personaje es un pascaliano militante, ateo convencido —como ya vimos en Todos náufragos— pero portador de una estampita religiosa, por si las moscas. No es un cobarde, pero tampoco un temerario, y reconoce que la proximidad del miedo abruma en ocasiones al cronista de guerra. Para sobrellevarlo, humor, a ser posible negro; y no perder nunca el norte, porque en el mundo siempre habrá “otras guerras, historias y culturas que hay que descubrir y entender”.

Hipocresía política y religiosa

Uno de tantos aspectos a agradecer es el realismo con que se muestra una realidad contradictoria. Por un lado, los talibanes intentan devolver a Afganistán la ley islámica que imperó entre 1992 y 2004. Mientras tanto, Lobo cuenta una anécdota que le sucede en el aeropuerto, de la que extrae la siguiente conclusión: “En un mundo de burkas, las piernas de las mujeres extranjeras, encerradas en unas medias que parecen darles forma, son un manjar para los ojos. Los que miran, devoran; los que no disimulan, babean”. La hipocresía política y religiosa es el pan de cada día de una falsa democracia de nuevo cuño, cuyo clasismo social no deja de denotar indignidad y una generalizada carencia cultural.

Con todo, en medio de semejante panorama crecen historias de amor, como la de Amin Yusuf y Gul Makai, y de liberación, como la de las futbolistas clandestinas. Argucias como las de Farid, el vendedor de pañuelos, o las que se daban en las noches de L’Atmosphère, un provocativo disco-bar con dejes de establecimiento colonial en una época en la que, en teoría, las colonias se abolieron hace ya mucho tiempo. Situaciones como estas últimas, solo en parte inconexas de la del resto del país, demuestran que a veces un insistente individualismo puede ensanchar algo —poco— la libertad en lugares condenados por la violencia de un sistema feudal. Como Ramón Lobo sentencia, más bien al comienzo de la lectura: “Qué belleza generan los lugares silenciosos donde no llegan las balas, ni la ambición de los hombres”.