En su exilio norteamericano, concretado en cuatro maravillosos largometrajes, especialmente el que aquí me ocupa, el alemán y exquisito (tal vez el que más de la historia del cine junto al estadounidense Vincente Minnelli, el japonés Kenji Mizoguchi y últimamente acabo de descubrir y tengo que añadir a la también compatriota de éste último y fascinante Kinuyo Tanaka) Max Ophüls realizó pocas películas (tan solo cuatro) pero todas ellas de enorme nivel, entre las que destaca por encima de todas esta melancólica, embelesadora, subyugante, íntimamente emocionante, primorosa propuesta, una de las cumbres del cine romántico en la gran pantalla y compendio de todas las virtudes, no siempre reconocidas, que adornaron su cine.
Un drama, una tragedia en la que de nuevo en su obra la mujer vuelve a ser víctima del egoísmo del hombre y de la fatalidad (conviene recordar su “Liebelei”), narrada con un rigor clásico enmarcado en la belleza de una maravillosa Viena recreada en unos decorados de sueño y ensueño.
Basada en la célebre novela corta de Stefan Zweig, adaptada con hondura y primor por el formidable guionista Howard Koch (solo por Casablanca debería figurar en lo más alto, pero tiene unos cuantos libretos más verdaderamente memorables) el etéreo Ophüls con su habitual delicadeza la convirtió en uno de los más apasionantes y patéticos estudios sobre la pasión amorosa que se hayan hecho jamás.
Sobre una mujer que desde su adolescencia “hipoteca” su vida sentimental a un amor. No han sido pocos las que la han contemplado como una actitud enfermiza. Que cada cual extraiga sus propias conclusiones en función de sí mismo. Yo la dejaré en… una entrega incondicional y sin límites. Admirable porque tal vez yo me sitúe en las antípodas de tal sentimiento en este momento de mi vida, pero no por ello dejaré de quedarme embelesado por quien sea capaz de querer así.
Joan Fontaine, en las diferentes edades de la protagonista, está maravillosa, arrebatadora, tal vez ofrece la interpretación de su vida… y afirmo rotundo que las tiene numerosas y todas ellas excelentes. Menuda actriz. Incluso el atractivo y más bien sosainas Louis Jourdan está francamente bien, amén de apuesto y seductor.
Sin duda, una de las grandes películas de todos los tiempos. Ha conocido nuevas versiones que no hacen sino resaltar aún más la original, pese a no ser alguna de ellas nada despreciable, como la muy loable versión china de 2004 dirigida por Xu Jinglei, titulada casi igual, “Carta de una mujer desconocida”.
Obra maestra por siempre.
