Esta entrañable producción española de ese año siempre mágico para el que esto les cuenta, 1962, esta grandísima película y verdadero fenómeno sociológico a través de los tiempos, rebasa cualquier comentario crítico o al uso. Forma ya parte del imaginario popular de esta mí querida España que cantaba la añorada Cecilia, del patrimonio de la memoria y de la educación sentimental de tantos de nosotros, de mí generación como de otras que han venido después y que han podido ir recuperándola gracias a sus numerosas reposiciones televisivas, fundamentalmente por parte de TVE.
Declarada de Interés Nacional, constituye una apología de esa familia numerosa auspiciada por el régimen.
Y es que gracias al enorme talento de su director (Fernando Palacios), de unos guionistas de lo más competentes (Rafael J. Salvia, Pedro Masó y Antonio Vich) y unos intérpretes memorables, tristemente desaparecidos -algunos hace décadas- todos los principales, los ya por entonces veteranos y verdaderamente míticos Alberto Closas, Amparo Soler Leal, José Isbert y José Luis López Vázquez, se ha acabado erigiendo en uno de los clásicos -en mi caso sin duda posible- indiscutibles de nuestro cine, de los más apreciados y rememorados.

Muestra una España todavía en blanco y negro, con carencias y anhelos, pero contemplada con una actitud vitalista, alegre y esperanzadora. Algo así como un “Cuéntame cómo pasó” de la época.
Por algún lado lo he leído y no puedo estar más de acuerdo, por supuesto salvando las distancias claro y el inigualable genio del descomunal Frank Capra, que ha sido definida como el “¡Qué bello es vivir!” hispano. Si uno se pone purista podría ser desechado automáticamente, pero si se repara un poco, algo de su espíritu flota en el ambiente, sobre todo esa necesidad de extraer lo positivo de la vida pese a las contrariedades que ésta presente.
Repleta de detalles costumbristas, hoy contemplados en conjunto como una embellecedora estampa del pasado, cuenta por doquier con momentos antológicos. Uno recordado por todos es la desaparición del más pequeño de la prole en plena Navidad, en la Plaza Mayor madrileña, ante los gritos desesperados y roncos de un abuelo con el que podría soñar cualquiera. O ese otro de la reunión de toda la inabarcable progenie ante la ventana para ver el incipiente televisor del vecino de enfrente. Y no sigo evocándolos para no chafarles más a quienes todavía la desconozcan (que ya es difícil).
Y luego, claro, está ese inolvidable “padrino búfalo” representado inmejorablemente por el siempre inmenso López Vázquez, martirizado una y otra vez por los componentes más menudos de la familia y también por los más adultos, pero derrochando una ternura muy especial, de las que se acaban alojando y perdurando en el recuerdo.
Entre los más menudos, está alguien muy relacionado con la capital ciudadrealeña, el travieso Críspulo, vocacional gamberrete pirotécnico, todo un experto en petardos y en alterar el orden público familiar o a quien se le ponga por delante. O sea, Pedro Mari Sánchez, el actor natural del barrio del Pilar, aquí como un crío a la búsqueda permanente de fabricar el cohete que vuele más alto.
“La gran familia” refleja como pocas las manifestaciones populares de un período -con no tantos vástagos por medio- muy concreto e identificable, despliega encanto y sensibilidad a raudales, nos muestra el envés y el revés, siempre desde un tono amable, de un período nada fácil para muchos. Lo hace con ternura, gracia, diversión y talento. Sin acritud que diría aquel.
No puedo tampoco, ni muchísimo menos, obviar a la aglutinadora pareja protagonista. A esa dulce madraza embutida en la piel de Amparo Soler Leal. Y la apostura y perfecta dicción de Alberto Closas, un “pater familias” comprensivo y afectuoso, un actor mayúsculo, al que habría que hacer todavía más justicia de la que se le ha hecho. Si disponen de ocio en estas fechas navideñas y de la plataforma FlixOlé o de otros conductos… intenten recuperar trabajos y peliculones suyos como “Distrito Quinto”, “Muerte de un ciclista”, “Todos somos necesarios”, “La fierecilla domada” (con una preciosa y pujante Carmen Sevilla), “El baile” o “La vida en un bloc”. En otra ocasión, les recomendaré más.
Es otro de esos títulos cinematográficos que verlo en estas fechas de turrones y mazapán, con más o menos fe o ninguna, genera para muchos una emoción especial.
Clasicazo finalmente reconocido de nuestro cine, al contrario que tantos otros que todavía continúan padeciendo de ostracismo. Les propongo solo tres -por no abrumarles más- para que descubran igualmente en el catálogo de FlixOlé (o por donde les sea posible): “La laguna negra” de Arturo Ruiz Castillo, “Sierra maldita” de Antonio del Amo y “La becerrada” de José María Forqué. Los dos primeros, potentísimos dramas rurales, el tercero una comedia taurina protagonizada por unas encantadoras monjas encabezadas por -precisamente- Amparo Soler Leal… y con el imprescindible, todo un género en sí mismo, Fernando Fernán Gómez.

