La Nouvelle Vague fue un movimiento cinematográfico surgido como reacción airada contra las formas tradicionales, clásicas -aquel elogiable realismo poético francés sin ir más lejos- de quienes fueran los espléndidos antecesores de quienes lo llevarían a la práctica, los pioneros del sonoro Marcel Carné, Julien Duvivier o René Clair. Lo curioso es que mucho de ese cine que denostaran ahora se conserva bastaste mejor que el del que conformara el de estos nuevos chicos que pensaban que iban a revolucionarlo todo. Lo revolucionaron en parte, pero ahora buena parte de lo que filmaran se ha quedado obsoleto o envejecido, especialmente lo que lleva la firma Jean-Luc Godard.
Tan solo salvo de los suyos un par o tres de trabajos, uno de ellos precisamente el que aquí es homenajeado, el que más repercusión mundial tuviera, “Al final de la escapada”, el que constituyera el principal manifiesto de esta, por otro lado, refrescante corriente. De la cual para mí los mejores de los numerosos cineastas que la formaron siguen siendo el sentimental François Truffaut, Claude Chabrol o la tantas veces relegada Agnès Varda, cuya prematura “La pointe courte” bien podría ser considerado como el primer antecedente, seguido del legendario -y excelente- “Los cuatrocientos golpes” de Truffaut.
Curiosa y paradójicamente los tres citados -sobre todos los dos primeros- conseguirían sus mejores logros alejados de los postulados que propugnaban: falta de raccord, de guion, de maquillaje o de sonido directo. Aunque creo que nunca se llegarían a cumplir del todo estos preceptos, salvo tal vez en el caso -cinematográficamente y parece ser que también en la vida real- palizas Godard.

El gran director estadounidense Richard Linklater (“Boyhood”, trilogía “Antes de…”) ha sido el encargado de recrear parte de esto que les acabo de contar. Cierto que embellece estos comienzos y el rodaje de aquella película que tanto “revolucionara” el panorama, evocándolo meticulosamente, con pericia, mimo y cuidado estético. Valorando la audacia artística de su autor y, a la vez, y poniendo cierta distancia e ironía respecto al ser humano, pese a la veneración tantas veces manifestada acerca de su filmografía.
De lo que sí hace gala es de una languidez parisina, potenciada por una eficacia propia de los cineastas norteamericanos, incluso, o principalmente, los de nivel medio, aquellos de la serie B a los que reivindicara Cahiers du Cinema, germen de todo esto. No es el caso de Linklater, que es uno de los verdaderos grandes con los que contamos en la actualidad.
Por no enrollarme más, lo mejor, lo más destacable de esta aportación es su atractivísima ambientación en blanco y negro y sus magníficos intérpretes, casi calcados a los originales reales, especialmente una clónica Zoey Deutch como Jean Seberg. Y no está nada mal Aubry Dullin como Jean-Paul Belmondo.
Cuenta con otras varias cualidades a tener en cuenta, pero no me extiendo en las mismas en aras a haberles -a quien no los conociera- podido poner en antecedentes sobre esta especie de cónclave en celuloide que no se deja prácticamente a nadie de los fundamentales -y la nómina aseguro que es extensa- en el tintero de quienes participarían en este nuevo giro y estímulo imprimido al Séptimo Arte. Por tanto, a esta película sí la aplaudo, no así a la obra de Godard, y si me apuran ya casi tampoco ni tan siquiera a esta mítica “Al final de la escapada”.
Felizmente acaba constituyendo una carta de amor al Séptimo Arte alejada de cualquier atisbo intelectualoide. Me parece de lo más ensalzable sin llevarme al delirio. Seguramente quienes más la disfrutarán serán los cinéfilos recalcitrantes y los adeptos a lo aquí loado que no cae en ningún momento en lo empalagoso o baboseante.