En torno a los casi legendarios juicios llevados a cabo por los principales países aliados (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Rusia) nada más finalizada la Segunda Guerra Mundial contra diversos jerarcas nazis, principales y no tanto, trata esta adaptación, o para mayor precisión, esta nueva variante para la gran pantalla.
Les remito a otra formidable versión filmada en un esplendoroso blanco y negro en 1960 por el liberal y grandísimo -a ver si así es reconocido de una dichosa vez- Stanley Kramer, mi segundo director favorito -el primero, indiscutible, es su paisano estadounidense Sidney Lumet, sí, el responsable de las imponentes «12 hombres sin piedad» o «Veredicto final»- en este tipo de cuestiones con estrados y togas por medio en diferentes ámbitos, registros o procesos. Kramer fue igualmente el firmante de otra maravilla del género titulada «La herencia del viento» tratante acerca del célebre «Juicio del Mono» que tuviera lugar en los USA en la década de los veinte del pasado siglo XX.
Pues bien, los cinéfilos más recalcitrantes y quienes no lo sean tanto, seguramente recordarán una ya mítica frase de la extraordinaria «Gladiator», la cual comparte con «Nuremberg» idéntico protagonista masculino, me refiero a aquella que dice «Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad».
Y es que lo acontecido entonces tiene perfecta traslación en lo que a su fondo o «espíritu» se refiere, a lo que estamos viviendo en la actualidad, sin entrar por ello en comparativas exactas o al pie de la letra. A buenos entendedores, pocas palabras bastan.
En realidad, en este mundo, universo, consciencia, dimensión o como diantres quiera ser denominado, siempre hay que estar alerta sin que ello nos lastre el día a día. Nada hay que dar por sentado, ni la propia existencia que ya sabemos se puede ir al traste en una fracción o en un barrido, ni la democracia, ni nada de nada, o «rien de rien» que dicen nuestros vecinos galos. Por eso me parece un ejercicio muy útil, aparte de la del divertimento o la de su calidad intrínseca para quien esto escribe, tener precisamente presente en este momento una notabilísima película como «Nuremberg». Por los movimientos sísmicos geoestratégicos o de poder que se están produciendo. O porque precisamente allí se instauraron los principios de un derecho internacional que están siendo puesto en entredicho o directamente pisoteado. Principalmente para que no repitamos me temo que esos inevitables «errores» cuales Sísifos con el pedrusco, tan cíclicos e inherentes al ser humano.
Para ello asisto a un plausible texto escrito por su propio y sólido director (James Vanderbilt) trufado de diálogos, réplicas y contrarréplicas brillantes, algo cada vez menos habitual en el cine actual, en el que unos actores verdaderamente mayúsculos (de Crowe a Malek, pasando por Woodall o Slattery) nos sirven en bandeja una serie de reflexiones trabajadas, esclarecedoras y muy a tener en cuenta.
Algunos le reprochan justo por esto mismo su pomposidad y petulancia, pero también en este caso vuelvo a estar en desacuerdo con varios de mis colegas. Es lo que tienen los gustos diversos y mi permanente y militante anticorporativismo.
Salvando las distancias y sin tener nada que ver (o sí, repárese en el diálogo de Malek con Pío XII, interpretado pero sustanciosa y sustantivamente por Giuseppe Cederna) estamos ante el «Cónclave» de 2025, aunque no llegue a su definitiva altura artística ni creo que vaya a tener su considerable recorrido comercial.
Y atentos a un momento que bien pudiera definir la esencia de esta muy bien manufacturada producción. Aquel en el que la mirada -y la presencia- de un voluminoso Russell Crowe, que da verdaderamente miedo, pánico, resulta aterrador, se cruza con la de un empalidecido, sobrepasado Rami Malek.
Merece la pena que le concedan las dos horas y media que dura. No deja de ser una puesta al día de la plausible «qualité» hollywoodiense que nunca pasa de moda. Y si aceptan el consejo, no salgan raudos, esperen al texto previo a los créditos, puede que se queden sorprendidos ante la deriva posterior de Douglas Kelley (Malek).
