Menuda manera de comenzar el año cinematográfico con tres estupendos estrenos que bien podrían ser calificados como “dramedys” (ya saben, mitad comedia, mitad drama) de buen rollito o “feel good movies” que denominan los anglosajones. Me refiero a las producciones estadounidenses “Rental Family (Familia de alquiler)” y “Song Sung Blue: Canción para dos” (Neil Diamond “forever”) y a la española “Rondallas”
Y es que bien puede entenderse “Rondallas” como una conveniente y galaica puesta al día de un tipo de producciones joviales, sin desechar tonalidades agridulces, propias de las Islas Británicas. Estoy pensando, por ejemplo, en la maravillosa “Tocando el viento” o en “Pasaporte a Pimlico” si me remonto al pasado glorioso de la mítica Ealing. Podría traer a colación montones de ejemplos más.
Pero es que, además, queda constatado a lo largo de la historia que el maridaje Galicia y Séptimo Arte suele ofrecer exquisitos frutos. “El bosque animado”, “El baile de las ánimas”, “La lengua de las mariposas”, “El bosque del lobo”, “Mar adentro” e incluso la popular “La casa de la Troya” entre otras varias así lo constatan.
Precisamente en lo popular de calidad suprema y encanto irresistible hunde sus raíces el último trabajo del muy buen director Daniel Sánchez Arévalo (“AzulOscuroCasiNegro”, “Primos”, “Gordos”). Cinco cortometrajes, una serie destacable (“Las de la última fila”) y siete años después de su último trabajo para la gran pantalla, aunque estrenado en plataformas (la notable “Diecisiete”), el madrileño vuelve a regalarme vida pura y un buen chute de optimismo.
Y, por supuesto también, incide en las tradiciones. En este caso una muy focalizada en la costa pontevedresa, los concursos musicales a los que alude el título, toda una demostración, aquí verdaderamente incuestionable, de la solidaridad bien entendida, que abarca a todo tipo de personas, edades y clases sociales.
Evidente y felizmente el cine no es una cuestión cartesiana, y el hecho de considerarme gallego españolista (aunque esto no venga muy al caso respecto a lo mollar y a lo puramente artístico, no negaré que ver en confraternización ambas banderas me genera un aliciente añadido) le infiere un plus que contribuye a que en su parte final a que acabe inundado en lágrimas. Y tiene mérito, pues en la vida real ya no me salen, ya tan solo me surgen por esa Arcadia permanente dichosa que me supone una pantalla de cine. Y es que este aparte de personal e intransferible, no deja de estar condicionado por múltiples factores.
Pero, aunque reconozca estos flecos tan personalísimos, “Rondallas” es toda luz pese a que sobrevuele esa negra sombra (qué maravilla la versión de la también paisana Luz Casal) constantemente aludida en el folklore de esa verde tierra del noroeste de España. Y es un canto a la superación, a la música en comandita, a levantarse pese a los bofetones con los que a veces obsequia la vida, a encarar la pérdida y a tocar a pleno pulmón.
Y luego están esos preciosos concursos donde el embriagador sonido de la gaita surge tan meloso como siempre, o por lo menos, tal y como lo recuerdo siempre desde los primeros compases de mi existencia.
Ah… Y esta interpretación acumula para seguir considerando a Javier Gutiérrez el mejor actor español en la actualidad. A idéntica altura, todo el numeroso elenco mayoritariamente autóctono, comenzando por unas aguerridas y dulces María Vázquez y Judith Fernández, la primera viguesa y la segunda coruñesa, madre e hija mayor en esta ficción tan sumamente sonora, conmovedora y ceremoniosa.
De lo más recomendable para todo tipo de público y para quien no considere el “happy flower” por debajo de asperezas que parecen molar tanto entre cierta “modernidad” de cualquier época.
