Esta nueva “biopic” que sale a la palestra me deja una sensación de relativa frustración. No, definitivamente no acabo de entrar en ella, pero en modo alguno la desdeño. Probablemente, además, se encuentra muy reciente en mí feliz recuerdo, la deslumbrante y extraordinaria dedicada a Bob Dylan, y esto me distancia aún más de esta otra dedicada al coetáneo e igualmente grandioso Bruce Springsteen, en este caso a ese Boss en los umbrales de ser considerado como tal.
Esto es, cuando está literalmente enfrascado en la confección del que probablemente haya sido su álbum más desgarradoramente íntimo, “Nebraska”, confeccionado en un cascado cassette de cuatro pistas en una habitación de New Jersey. Y con el que probablemente no solo serviría para ir edificando su leyenda, sino para exorcizar pasados y traumáticos fantasmas familiares, en concreto, su complicada relación con un padre bipolar. El tema de la salud mental juega aquí un papel fundamental.
Precisamente en el proceso del mismo se encuentran una de las mayores virtudes de una parcial biografía, una hagiografía (en este aspecto no acaba de traspasar el umbral) que no tiene tanto de música -vuelvo a remitirme a la producción “bobdylaniana”- como se pudiera esperar a priori, pero que aún así la tiene, por supuesto, momentos que algunos seguidores sin duda agradecemos.
Todo ello expendido tal como alguno de mis colegas se ha hecho eco, mediante una dirección pausada, reposada de uno de esos directores actuales que pululan por Hollywood herederos de una tradición clásica, como el gran James Mangold, Jeff Nichols o Josh Boone entre otros varios. Me refiero a Scott Cooper, el firmante de trabajos tan estimulantes o sugestivos como el formidable western “Hostiles”, “Los crímenes de la academia” o “Corazón rebelde” que serviría en bandeja un merecidísimo Oscar a mi admiradísimo Jeff Bridges.
El ensimismamiento que lleva a cabo con la cámara en mi caso me genera cierto cansancio, pero a cambio muestra cierta seguridad y eficacia. Lástima que vaya acompañada de una sucesión de “flash-backs” que esta vez lastran el relato, pues están insertados de manera que no acaban de acompasar las imágenes, que estorban un tanto el desarrollo, el ritmo.
La otra gran baza de este drama intimista reside en las interpretaciones, las de Jeremy Strong (el mánager y fundamental productor del cantante) u Odessa Young (con pegada dentro de su sobria actuación como esa abrigadora madre soltera Faye Romano que prendería en el cantante en un período crucial de su vida), pero especialmente en la de su protagonista, un gratamente eficaz tanto física como dramáticamente Jeremy Allen White, al que pueden recordar por ser uno de los hermanos de la notable e igualmente dolorosa “El clan de hierro”.
Se deja ver, pero no me acaba pareciendo esa gran obra que podía haber esperado de uno de los justamente grandes iconos musicales, culturales, de los últimos 50 años, un líder sin probablemente vocación de ello en sus inicios que no acaba mostrando la pegada esperada.
