El maño, zaragozano para más señas, José María Forqué fue uno de los cineastas más eficaces y preparados del cine español de antaño. Películas como la redonda “Atraco a las tres”, “Maribel y la extraña familia”, “Vacaciones para Ivette”, “La becerrada”, “El secreto de Mónica” o “Amanecer en Puerta Oscura”, entre otras muchas, así lo atestiguan.
Con “Un millón en la basura” volvería a mostrar sus dotes de gran narrador, de contador nato de historias por muy modestas o ligeras que pudieran resultar en principio sus propuestas argumentales. La premisa de esta gira en torno a un barrendero que encuentra en un cubo de la basura un millón de pesetas de las de antes, de las de la España de mediados de los 60. Nunca mejor dicho, una millonada.
Precisamente el retrato de fondo de esa sociedad que estaba comenzando a desperezarse, a ir apuntándose a cierto desarrollismo, pero que aún mostraba considerables grumos dentro del contexto de una España todavía empobrecida, de familias muy humildes que salían adelante a base de enormes esfuerzos, trabajo y valores sólidos o actitudes rectas en el mejor de los sentidos, supone uno de los aspectos más atractivos de esta joyita.
Los ciertamente grandísimos, inmensos José Luis López Vázquez y Julia Gutiérrez Caba encarnan a esa pareja a la que se le presenta un dilema moral, de conciencia. Confieren a sus personajes el aspecto y tono adecuado. A su alrededor pululan maravillosos y ya desaparecidos característicos del cine español, rostros y presencias tan entrañables como las de Aurora Redondo, Juanjo Menéndez, Rafaela Aparicio, Rafael López Somoza, Lina Canalejas o el ciudadrealeño Carlos Lemos (actor eminentemente teatral).
Es un buen documento y testimonio sociológico de la época, algo que por sí solo no tendría entidad, si no fuera apuntalado por la avezada cámara y profesionalidad de Forqué. Un tardío, pero encantador cruce entre el cine de Frank Capra y el neorrealismo. Su guion a seis manos (Vicente Coello, Pedro Masó y Antonio Vich, tres profesionales bregados y más que cualificados) resulta hábil, entrañable y adorablemente ingenuo.
Un trabajo de lo más estimable que despliega ese cierto humor amablemente negruzco, propio de estos lares. Además, me gusta mucho su atmósfera navideña, hoy en día un detonante evocador para muchos de nosotros, los que ya vamos siendo veteranos o casi peinando canas.
Otro de esos retablos costumbristas tan habituales del momento y que, aparte de su intrínseca calidad, suponen hoy en día todo un fotomatón de una España ya ida, para bien en tantos aspectos (los alusivos a libertades y confort especialmente) y tan mal en otros (eso de pobre, pero honrado, parece que cada vez cotiza menos en bolsa, aunque en cualquier fase de la historia ha habido de todo).
De lo más grata y agradable de contemplar. E injusta e incomprensiblemente no demasiado conocida.
