‘Un paseo por las nubes’: Mi película favorita en torno al vino junto a Entre copas del humanista Alexander Payne

José Luis Vázquez Ciudad Real

"Tengo muy claro por qué me gusta. Porque me provoca felicidad, porque es una historia de amor muy bonita..."

Hay películas por las que siento un agradecimiento, un cariño, una sorprendente debilidad y las razones no son ya puramente cinematográficas sino de todo tipo. Responden a un estado de ánimo concreto, a un determinado momento de mi vida, a la ilusión que me generan, a méritos artísticos por supuesto.

Es lo que me pasa con UN PASEO POR LAS NUBES (A WALK IN THE CLOUDS), la incursión en el cine hollywoodiense del actor mejicano reconvertido en director Alfonso Arau, reciente en aquel momento todavía su clamoroso éxito de la adaptación de la popular novela de Laura Esquivel, la encantadora y bella COMO AGUA PARA CHOCOLATE.

Supuso para mí la primera película vista en mi primer desembarco en el siempre feliz y entrañable Festival de San Sebastián. Supuso una palmadita en el hombro por parte de uno de sus protagonistas, el mítico Anthony Quinn. Supuso un pase de prensa de lo más gozoso en el vetusto Teatro Victoria Eugenia con el elenco principal al completo… incluyendo al bueno de Keanu Reeves.

Supongo que la contemplé en estado catatónico. El caso es que la he vuelto a revisar después diez veces más y en todas ellas, finalizada la misma, me ha seguido asomando una enorme sonrisa de plena satisfacción de oreja a oreja.

Pero vayamos a motivos igual de subjetivos, pero no tan abstractos… ¿Por qué me gusta tanto una película casi vituperada o desdeñada por tantos colegas y próceres intelectuales? Pues supongo que, como me sucede tantas veces, parte fundamental es ese desinhibido factor sentimental que muchas veces despliega ese cine norteamericano que tanto amo, que se lanza sin prejuicios ni complejos a mostrar sentimientos a flor de piel.

Tengo muy claro por qué me gusta. Porque me provoca felicidad, porque es una historia de amor muy bonita, porque ya desde esos elegantes títulos de crédito, acompañados por una igualmente elegante banda sonora del por entonces ya veterano Maurice Jarre, me pone ya en situación.

Prosigo con lo que me arrebata: Porque me ganan el candor e ingenuidad que exponen Keanu y Aitana Sánchez Gijón, ese tono de cuento a lo MAGO DE OZ para adultos que imprime e impone Arau, porque su reparto me engancha (desde Giannini a los anteriormente citados), porque es un placer contemplar siempre a Quinn, aquí como un hábil celestino, todo u muñidor del amor, porque me encanta la secuencia de la serenata que protagoniza al unísono con ese joven y beodo enamorado y me encanta también la canción, porque tiene secuencias tan preciosas como la de la sensual pisada de uvas o aquella del calentamiento nocturno de las cepas con alas de mariposas.

"Advierto en esta película más que en otra más prestigiosas, el amor por la tierra, por la vid, por la capacidad embriagadora de ésta y de su producto resultante, por las viñas"

Referido a esto último, y reconociendo no ser ni por lo más remoto experto alguno en cuestiones vitivinícolas, advierto en esta película más que en otra más prestigiosas, el amor por la tierra, por la vid, por la capacidad embriagadora de ésta y de su producto resultante, por las viñas, por la tradición bien entendida, por todo aquello que gira en la laboriosa, ardua, abnegada dedicación a elaborar ese fluido preciado que es el vino… provocador de vida pura y dura… aunque todo ello en moderadas dosis, como casi todo en la vida, aunque las medidas las ponga tan solo cada cual siempre que no afecten a los demás.

Y todo ello ambientado en lugares californianos de raigambre y solera, ni más ni menos que en el californiano Valle de Napa, por donde tiene también posesiones de idéntica índole el ya mítico Francis Ford Coppola, y por el que transcurría también otro clásico del subgénero, ESTA TIERRA ES MÍA (no confundir con la joya de Renoir) de Henry King con Jean Simmons y Rock Hudson. El albaceteño José Luis Cuerda también tenía seis hectáreas y ejercía de bodeguero en el concello orensano de donde soy originario, en Leiro.

En fin, podría seguir enumerando virtudes hasta el infinito y más allá. Pero ya está bien, espero que con esta serie de razones haya aclarado una parte de mi querencia por este cuento de hadas envuelto en colores de chocolate y en sentimientos de mazapán y regado, rociado por ese dionisíaco regalo surgido de la tierra y del esfuerzo humano.