Me resulta inevitable mientras la contemplo que acuda a mi memoria el cine del gran, mítico y en ocasiones plomizo director Ingmar Bergman, uno de los mayores especialistas de toda la historia en disecciones familiares de arriba abajo y de abajo arriba.
Y es que este, como certeramente lo ha definido Carlos Boyero, es uno de esos “intensos dramas nórdicos” en torno a la parentela muy en la línea de tantos otros del maestro sueco, con sus espinas y aristas que dicen hoy en día los modernos, reproches por doquier y aflicciones, eso sí, convenientemente puestas al día.
Lo cual no necesariamente supone reproche alguno, pero sí un indicativo para que sepan por donde van los tiros. Tal vez la diferencia con tantos de sus antecesores estribe en que una vez finalizada su proyección no abandono la sala apesadumbrado, porque este “canto al arte y a la vida” con la que también ha sido definido por Manu Yáñez es igualmente cierto, o al menos yo así lo comparto. Precisamente la creación artística es otro de los pivotes sobre los que se sustenta su texto, una especie de variante de “cine dentro de cine”.
La verdad es que ‘Valor sentimental’ sin compartir la excelencia proclamada por tantos, está bien, incluso muy bien. Impecablemente interpretada, escrita, montada, fotografiada en esa aglutinadora y respirable casa imperfecta de raro, extraño atractivo. Esos compases iniciales asociando moradores con habitáculo constituyen sus momentos más deslumbrantes.
Pero tal como le pasa a una considerable porción de cine actual tal vez haya sido alargada de más, quizás le sobre media como me ha apuntado mi buen y querido amigo Santiago Salas.
Aunque no insistiré mucho en esto para no dar motivos a chanzas, puesto que esto es justo lo que achacan a mis presentaciones de películas tanto detractores como otros que no lo son tanto. Lo cual me viene que ni pintado para manifestar que no puedo evitar cierta rebeldía ante estos reproches y no por falta de autocrítica (que lo admito) en este apabullante y escueto tiempo de Tik Tok o incluso de Toc Toc (sin por ello pretender frivolizar con esto) que padecemos o vivimos, pues tan cuestionable puede ser hablar en exceso como resultar parco. Es más, hay gente cuyas exposiciones son largas y se hacen breves, y otras que son breves se hacen eternas. Dicho queda.
En fin, disculpen la digresión, que ya prácticamente forma parte de mi marca de fábrica, y de las que se pueden advertir unas cuántas en este, ya chuflas aparte, por otra parte -y jugando con su título- valioso trabajo de quien me regalara recientemente algunos otros tan sumamente notables como “Oslo, 31 de agosto”, “Thelma” o “La peor persona del mundo”. Con el último comparte excelente actriz protagonista, la talentosa y francamente atractiva Renate Reinsve (atención igualmente a las presencias de la estadounidense Elle Fanning y el gran Stellan Skargaard, el payaso Pennywise del díptico “It” de Stephen King).
Me estoy refiriendo al danés Joachim Trier, el cual envuelve y expende su historia (también la ha escrito en compañía de Eskil Vogt) desde una consistencia a prueba de traumas materno-filiales acumulados a lo largo de media vida.
Trier ha manifestado que “las personas son los mejores efectos especiales” y no seré yo precisamente el que le enmiende la plana, pues vengo creyéndolo y manifestándolo así desde tiempo ha.

Sin ir más lejos, la vistosa y profunda relación entre esas dos hermanas supone todo un punto de inflexión y redime y salva un tanto los muebles del dolor familiar acumulado de décadas entre esas paredes. En un momento concreto, surge un precioso y catártico diálogo entre ellas del que me quedo con una frase, “la que estabas eras tú”. Y conste que el haber contado esto no lo considero ni mucho menos un spoiler por lo que ya les he expuesto previamente y porque este tipo de proyectos no suelen estar sustentados por giros policíacos que pretendan sorprender sin más. En todo caso, su intención es ir acumulando sentimientos y reflexiones densas.
Y aunque al final se torna algo fatigosa, merece la pena que le sea otorgada una oportunidad. Soy de los que le concedo una buena calificación, pero ni mucho menos la considero ese “fenómeno” arrasador o rompedor que parte con numerosos apoyos y aspiraciones en su carrera hacia las Oscar junto a la para mí más cuestionable “Sirat”. Lástima que la -esta sí- extraordinaria “Los domingos” no haya podido entrar en la terna por una cuestión de fechas.
