"Sonrió, ya que no tengo otra palabra para describir su gesto, al ver mi navaja y mi espejo" / Clara Manzano

‘Creer’. Capítulo XIV

Francisco J. Otero Ciudad Real

Decimocuarta y última entrega de 'Creer', la novela policíaca del escritor y periodista ciudadrealeño Francisco J. Otero, que los lectores de Lanza han podido leer día a día hasta este 14 de abril

No sé si siempre habían estado allí, pero no fue hasta entonces cuando vi, en el centro del patio, un corro. Conté, urgido por la necesidad de confirmarme. Doce túnicas danzaban en círculo, iluminadas por siete antorchas, clavadas en el suelo. Las había rojas y negras, pero la mayoría eran blancas. Di por hecho que las que las rellenaban eran mujeres por la manera en la que se movían, aunque no podía verles las caras, ocultas tras grotescas caretas, que dibujaban gestos descarnados, exagerados: doce gritos de Munch.

En el centro, una figura marcaba el ritmo con un bastón, cuya empuñadura, que pude apreciar perfectamente, como si la cámara se hubiera acercado, era una cruz con una serpiente enroscándose. Una túnica negra le cubría por entero. La cabeza era la de un macho cabrío. Una corona trenzada de hojas de parra abrazaba la cornamenta. Apenas se movía. Lo veía de espaldas. Cada cierto tiempo, una de las danzantes se acercaba a él. El corro detenía su marcha. Arrodillada, le ofrecía algo. Parecía un trozo de carne. Imaginé miembros desmembrados de niños sin bautizar, como muñecos rotos, pasando de Munch a Goya. El personaje del centro tomaba las ofrendas, se las llevaba apenas a la boca y las lanzaba no muy lejos.

El himno seguía sonando, cada vez más alto. Era incapaz de discernir si provenía de las mismas danzantes o de cualquier otro lugar. La escena se prolongaba, sin más variación que la alternancia en la oferente. El olor dulzón invadía ya toda la caseta. Vomité a mis pies. El círculo se deshizo, convirtiéndose en una procesión. Lentamente, las doce figuras seguían al macho cabrío, que se movía muy despacio. Se acercaron hasta donde yo me encontraba. Fueron pasando junto a mi ventana. Pude ver las túnicas, decoradas todas ellas con diferentes motivos bordados, todas diferentes. Sin duda, desfilaban ante mí, sin mirarme, excepto la última. Aquellos ojos no podían ser sino los de Juana. Su túnica era roja, salpicada de copas blancas y hojas amarillas. Su cara se pegó a la ventana y dejé de escuchar el cántico. Reculé, consciente de que un solo cristal me separaba de ella. De su boca salió una lengua enorme, bífida, que atravesó sin romperlo el cristal. Quise dar un paso hacia atrás, pero alguien me agarró de los hombros, con una fuerza sobrehumana. Aquella lengua me recorrió el rostro. Me flojearon las piernas con el contacto húmedo, helado y caí al suelo, junto al vómito. No me atrevía a levantarme, pero cuando lo hice, por la ventana vi alejarse la procesión, haciendo eses.

Volvieron a formar el círculo. El himno retumbaba esta vez salvajemente. Intenté escapar, abrir la puerta y salir corriendo, pero no había manera de huir. Me rendí. Las danzantes bailaban ahora salvajemente, cada una según su naturaleza, todas excitadas. El macho cabrío alzó su bastón y rompió la noche un grito estremecedor, solitario y comunal. Dos hombres se acercaron al grupo, vestidos con capas cortas, con la cabeza gacha. Ignoro dónde habían estado hasta entonces. Cargaban una gran cesta que no parecía muy pesada. La depositaron a los pies del macho, quien trazó un círculo a su alrededor con el bastón.

El baile, desatado, frenético, alocado, que se había suspendido un momento, se reanudó en cuanto aquellas dos figuras salieron del corro. La luna se tiñó de rojo y sobre el grupo comenzaron a volar unas aves, lechuzas tal vez. En mi refugio, tiritaba, quiero creer que de frío. Demasiados impactos, demasiado profundos como para procesarlos y relacionarlos. Es ahora, al escribirlo, cuando empiezo a ordenarlo.

El macho cabrío inició su particular baile. Había estado marcando el ritmo, pero ahora mantenía el cuerpo completamente estático, mientras su cabeza giraba, lentamente al principio, rápidamente después, hasta desgajarse del cuerpo con un chasquido. Apenas unos centímetros separaban el tronco inmóvil de la cabeza, que, libre de ataduras, giraba sobre su eje. Cayó la corona.

Quise vomitar de nuevo, pero me conformé con un par de arcadas. Me estaba mareando cada vez más. Aquel olor era ya insoportable cuando la cabeza regresó a su sitio. El macho cabrío, al que por entonces ya llamaba Samael, cayó al suelo. Se incorporó pesadamente, como si tuviera siglos y cada movimiento pusiera en riesgo sus músculos y tendones, frágiles y dolorosos. Cuando logró alzarse, sirviéndose de su báculo, comenzó a dar vueltas, en el sentido contrario al que lo hacía el corro, con el bastón horizontal, cogido por las dos manos, como si fuera éste el que lo guiara. Los giros parecían interminables. A mí también me daba vueltas la cabeza. De repente, pararon ambos, corro y Samael, a un tiempo. El bastón señalaba a Juana, que se adelantó, acercándose a Samael. El ritmo del cántico cambió, las palabras que lo componían fueron trocadas, ininteligibles todas, igual que antes. El macho cabrío tomó a Juana. Bruscamente, la puso de espaldas. Juana subió los brazos y Samael le quitó la túnica. A mi pesar, sentí el filo agudo de un puñal atravesándome el costado. Recordé mis ridículas armas. Con un esfuerzo supremo las fui sacando del bolsillo: mi navaja, mi espejo, mi botella. No ocurrió nada, por supuesto. Tampoco lo esperaba. Con ellas en mi mano vi a Juana desnuda. Su delgadez me irritó. Debajo de su piel, traslúcida, se percibían los huesos. Su baile era todo aristas. Se quitó la máscara. El ligero pliegue bajo unos pechos minúsculos recordaba que era humana, mujer pero no madre, apenas dos uvas sabrosas de rocío, coronadas por una pepita. Por la espalda la culebra de la columna vertebral parecía tomar vida en el culo, con un deje infantil que desmentía el sexo, arácnido, amenazante.

Metió la mano Samael en la cesta y sacó una hogaza de pan blanco. Partió un trozo grande y se lo entregó a Juana, que recorrió el grupo, dividiendo en pedazos aquella hostia, repartiéndola entre los suyos. De nuevo en el centro, bebió de una copa que le ofreció Samael y que tampoco sé de dónde había sacado. Casi inmediatamente se desplomó, presa de un furor erótico, extático. Comenzó a masturbarse dulcemente, ciegamente. Samael derribó de una patada la cesta, de la que cayeron algunos panes y una, otra, otra, otra, otra, otra serpiente. Eran todas diferentes. Había víboras y una especia de corales, alegres, serpientes de cascabel, mambas y cobras, por supuesto. Se enroscaban en las hogazas hasta que Samael clavó el báculo junto a Juana, que gemía en el suelo. Los ofidios se encaminaron hacia ella, acariciándola con su sangre fría. El cántico susurraba y las serpientes penetraron en Juana: por la boca, por la vagina. Las vi entrar, interminables, y no pude más. Me agaché y me acurruqué en un rincón, con los ojos cerrados. Me recordé de pequeño, con siete u ocho años, la cabeza bajo la manta, calentito y protegido, en posición fetal. No sé cuánto tiempo permanecí así, pero debió de ser mucho. Dejé de escuchar el himno. Temblaba, incapaz de moverme, pero sin mareos. Hacía cada vez más frío.

Finalmente, la puerta crujió y dejó pasar a Juana, vestida con un abrigo rojo con capucha. La crueldad de la comisura de sus labios desmentía la suavidad de su mirada. Sonrió, ya que no tengo otra palabra para describir su gesto, al ver mi navaja y mi espejo. Los tomó delicadamente y me ordenó, con aquella voz metálica y ligeramente ronca que me estremecía en mis sueños:

  • Levántate. ¡Fuera!

Me sorprendió la intensidad de su tono. Salió y salí. Me condujo, por el enorme patio, a una puerta, ridículamente pequeña. Regresé así a Daimiel. Me costó más de una hora dar con el coche. Seguía terriblemente confuso, perdido, cuando amaneció. No tuve fuerzas para conducir y entré en un bar. El café me repuso, físicamente quiero decir. Busqué desesperadamente la puerta por la que había salido. Busqué la puerta por la que había entrado, pero mis pasos se habían borrado, como las huellas en la playa. Me rendí por enésima vez en mi vida y regresé a Almagro sin contratiempos. En la recepción me esperaba un sobre, con la misma caligrafía que el que todavía llevaba en el bolsillo, pero mucho más grande. Dentro, un ejemplar de Las metamorfosis de Ovidio. Lo revisé de arriba abajo en mi habitación. Una cruz, con una serpiente enroscada, marcaba la de Diana y Acteón. El resumen para lectores torpes que el editor había tenido el buen gusto de colocar antes de cada metamorfosis, decía: “El célebre cazador Acteón se encuentra por casualidad con Diana mientras se baña. La diosa, furiosa por haber sido contemplada desnuda, lo transforma en un ciervo que es devorado por sus propios perros de caza”. Me recorrió un escalofrío, que se fue metamorfoseando en un llanto según leía, tumbado, derrotado, en la cama.

La primera tu nieto, entre tantas cosas para ti, Cadmo, propicias,

causa fue de luto, y unos ajenos cuernos a su frente

añadidos; y vosotras, canes saciadas de una sangre dueña vuestra.

Mas, bien si buscas, de la fortuna un crimen en ello,

no una abominación hallarás, pues, ¿qué abominación un error tenía?”,

comienza una historia que termina

(…) Querría no estar, ciertamente, pero está, y querría ver,

no también sentir, de los perros suyos los fieros hechos.

Por todos lados le rodean, y hundidos en su cuerpo los hocicos

despedazan a su dueño bajo la imagen de un falso ciervo,

y no, sino terminada por las muchas heridas su vida,

la ira se cuenta saciada, ceñida de aljaba, de Diana”.

***

No tengo, la verdad, mucho más que decir. Conseguí dormir y llegué a la conclusión de que llamar a Santiago hubiera sido un asesinato. Sé lo que vi, lo que experimenté, sé que nada es como parece.

He ido asumiendo mi destino, con resignación al principio, con agrado incluso después. Contemplando mi vida desde el punto en el que me encuentro, toda conduce a este desenlace. He ido quedándome solo, he ido perdiendo mis ideales, malgastando letras, haciendo el daño justo, siempre de puntillas, consumiéndome en mi ironía, desobedeciendo a mi cuerpo para engañar a mi alma. Soy una rama seca, arrancada del árbol de la Vida y puedo, perfectamente, alimentar otros fuegos.

No sabía si la espera iba a ser muy larga, así que cambié mi hotel por una pensión. Desconozco los detalles del porvenir. A veces creo que disfrutaré aún de un momento de gloria, que me complaceré en ser adorado y escuchado antes del final. Otras, imagino que no estoy presente, que solo mi cuerpo asiste a la ceremonia definitiva. Sin duda, sería un castigo excesivo, pero recuerdo las palabras de Rosalía y me abstengo de juzgar, con mis criterios, mi moral antigua, a los que deciden.

Pasaron dos meses antes de ser otra vez convocado, aunque en este tiempo he sido preparado, no me han dejado solo. He recibido pasajes de textos desconocidos para mí, he notado extraños sabores en mi paladar, he sido visitado regularmente en mis sueños y mi duermevela.

Hoy mismo encontré, en mi cama, el sobre con la hora escrita por la mano secular.

***

Y, sin embargo, me he entregado al pecado de la rebeldía. No voy a huir: no sabría dónde ir. Pero le he mandado un whatsapp a Santiago, he apagado el móvil y espero que mañana el inspector esté leyendo este mi testamento. Disculpe el estilo, apresurado, pues no sabía cuánto tiempo me quedaba. En realidad, así es siempre.

FIN