Corazones alborotados a ritmo de charlestón

disparate cómico

disparate cómico

Sitúa la obra de Rojas Zorrilla en un balneario de principios del XX 

Entretenida y lúdica, feliz como un charlestón o un cha-cha-chá, benigna y con un desenlace perfecto a juicio del espectador, y de enamorados con límpido y arrebatado verso y figurones ataviados de ademanes y chirriante finura, la comedia Entre bobos anda el juego ocurrió con la compañía Cachivaches en un balneario de principios del XX.   
En la felicidad sonora de los años 20 estuvo a punto de hacer crack el corazón de Doña Isabel y Don Pedro al percibir presos sus destinos del capricho del adinerado Don Lucas del Cigarral, diestro en la finanzas y alardeos de su capacidad económica pero como un flan que quisiera ser tiramisú ante una dama.
Impotente en sincera galantería e inexperto en pronunciar las  palabras del corazón enamorado, deja que su primo Don Pedro haga su papel de conquistar con ardientes rimas la belleza de la dama, quien ya está precisamente prendada de quien le recita versos de amor desde que la salvara de la bravura de un toro en un baño en el río.
Las transparencias de su cuerpo desnudo al que se aproxima la figura el astado de Osborne y el jubiloso movimiento de cortinas tras las que los criados dan rienda suelta a la pasión, así como los bólidos de juguete con los que los protagonistas se trasladan al balneario, juegan en favor de la comicidad de la pieza que también cuenta entre sus momentos de excelencia con divertidos guiños como el de la bala que conduce el criado Cabellera en la mano como si fuera el plano que proporciona un trávelling en una película o la escena en la habitación a oscuras donde se esconden los dos enamorados y a la que acuden todos los demás a descubrir quién ronda a la protagonista.
También despiertan sonrisas las poses desgarbadas y aspavientos de Don Lucas, la redicha Doña Alfonsa con su grandes sombreros, anteojos y vocación de anticlímax, el pulido platicar del repipi Don Luis, y los baños en el mar -con bañadores de cine en blanco y negro- recreado con cintas de colores en las que se zambullen los figurones.
Entre otros juegos de complicidad con el público, el director del montaje, Antonio Malonda, aprieta el pause y todos los actores se detienen cuando alguno expresa a los espectadores sus pensamientos más o menos acordes con sus corazones alborotados por los enredos de una obra que parte de la premisa de que no importa que los hombres sean feos o necios y que culmina con el triunfo del amor sobre el poder del dinero.