El día que conocí personalmente a Miguel Delibes

José López Martínez Madrid
Miguel Delibes / Lanza

Miguel Delibes / Lanza

No era amigo de homenajes; ya se consideraba bien pagado con la acogida que habían tenido sus libros, con su aportación a la apertura de la nueva narrativa. La prueba estaba confirmada por su apartamiento voluntario de las grandes ciudades como Madrid o Barcelona. Siempre en su Valladolid donde se había forjado como persona y como escritor. Valladolid, lo castellano y los castellanos, como puso por título a uno de sus libros . Esa Castilla que también, en su afecto, alcanzaba a La Mancha, donde más de una vez ejerció sus aficiones cinegéticas

Fue con motivo de la primera entrevista que le hice para el diario ‘Ya’ y los periódicos de la agencia ‘Logos’, a los que estuve unido más de veinte años. Hice el viaje en el tren, como gustaba hacerlo a don Antonio Machado. Habíamos quedado a las cinco de la tarde en su casa de Valladolid. Era un día de primeros de marzo de 1971 y el escritor nos recibió agradecido por la puntualidad. Cierto que personalmente no nos conocíamos, pero sí a través de cartas y artículos que yo había dedicado a algunos de sus libros, sobre todo a ‘La sombra del ciprés es alargada’, ganadora del premio Nadal en 1948. Fue cuando se produjo en España el resurgimiento de nuestra narrativa con Carmen Laforet, Camilo José Cela Rafael Sánchez Ferlosio y Miguel Delibes, entre otros.

La casa de Miguel Delibes y de Ángeles Castro, su esposa, estaba situada en el Paseo que lleva el nombre de José Zorrilla, el coronado poeta romántico nacido en aquella ciudad. La primera pregunta que le hice fue qué le preocupaba más a la hora de escribir una novela: el lenguaje, la técnica o el argumento. Delibes esbozó una leve sonrisa; no esperaba que comenzásemos así la entrevista. “Pues con sinceridad le diré que ninguna de las tres cosas que usted me pregunta. Para mí lo esencial son los personajes, crear unos personajes convincentes en los que el lector reconozca unos seres humanos auténticos. Hasta tal punto es esto fundamental que un tema importante puede malograrse cuando los personajes no estén logrados y, al contrario, unos personajes vivos pueden hacer apasionante un argumento absurdo”.

La novela y el periodismo fueron las dos grandes atenciones de su vida literaria y hacía ese tema centramos la entrevista, pues su nacimiento como escritor tuvo un origen realmente curioso. Miguel estuvo preparando durante cinco años unas oposiciones a càtedra de Derecho Mercantil y el libro base que utilizo no fue otro que el de don Joaquín Garrigues. El escritor me contaba estos recuerdos con una evidente emotividad, insiste en que las primeras lecturas de dicho libro ya le llamaron la atención por la ponderación de adjetivos, por la prosa escueta y muy expresiva que el autor empleaba, hasta tal punto que en las últimas lecturas ya no sólo estudiaba el Derecho Mercantil, sino que al mismo tiempo estudiaba también la literatura.

Nos hallamos en el año en que se cumple el centenario de Miguel Delibes, nacido el 20 de octubre de 1920 y los medios culturales le están dedicando la atención que merece. Su paisano y amigo Francisco Umbral escribió “que la cultura es mantenerse en la idea civilizada y fecunda de que de la muerte no nace la vida”. Umbral dejaba siempre caminos abiertos a la polémica, a las vibraciones de la razón y del pensamiento; aunque yo me encontraba más de acuerdo con Ángel Ganivet o Américo Castro: el mundo es lo que llevo en mi creencia y en la seguridad de mí mismo. Así se lo hice saber a Miguel Delibes, y coincidimos. También aquella tarde hablamos de todo esto siempre tomando como referencia sus novelas y lo que se escribía por entonces.

No era amigo de homenajes; ya se consideraba bien pagado con la acogida que habían tenido sus libros, con su aportación a la apertura de la nueva narrativa. La prueba estaba confirmada por su apartamiento voluntario de las grandes ciudades como Madrid o Barcelona. Siempre en su Valladolid donde se había forjado como persona y como escritor. Valladolid, lo castellano y los castellanos, como puso por título a uno de sus libros . Esa Castilla que también, en su afecto, alcanzaba a La Mancha, donde más de una vez ejerció sus aficiones cinegéticas. “Esta Castilla, la Castilla árida y desamueblada, dotada de elementos mínimos es la Castilla de Unamuno, Azorín o Machado, la Castilla espectacular precisamente por la carencia de ornato”… Esta, concluía Delibes es la Castilla literaria.

A las siete menos cuarto el tren partía hacía Madrid y había que terminar la entrevista. Quedaban temas sobre los que preguntar: la caza, por ejemplo. Pero quedamos que de eso y de otras cosas hablaríamos otro día. Y desde aquella tarde, casi primaveral, nuestra amistad fue confirmándose. Los ribazos del Pisuerga ya nos hablaban de que abril estaba a la vuelta de la esquina.