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22 febrero 2024
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En 2020 no funcionó nada salvo el móvil y se prefiere “no tener corazón a quedarse sin batería”

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Es el tercer poemario del autor natural de Villamanrique
A. Ruiz / VILLAMANRIQUE
El escritor y poeta de Villamanrique Antonio Maldonado publica ‘Luminiscentes’, un poemario repleto de energía que habla del duelo, el amor, la sociedad de plástico y las flores cortadas

“Puedes ser alto o bajo, rico o pobre pero al final lo que va a pasar a la historia es tu energía”, asegura Antonio Maldonado, que asevera que somos como fósforos, “luciérnagas involuntarias”, “todos brillamos con luz propia”.

Unos niños corriendo, que no se sabe si van o vienen, con fósforos encendidos en las manos, como metáfora de la vida encendida y que también se consume, aparecen en la portada, obra de la artista valdepeñera LaPatryCruz, del libro ‘Luminiscentes’, tercer poemario de Maldonado, quien ha agrupado en esta obra poemas que tenía preparados para editar en 2018 y que al final no los publicó al enfermar y fallecer su padre y poemas escritos hasta la actualidad, incluidos los surgidos del confinamiento.

Estructurado en siete partes, cada una de ellas presentada con un aforismo, el nuevo libro del autor natural de Villamanrique se abre con el desgarro de ‘En el nombre del padre’, capítulo que comienza con ‘El viaje del potro descalzo’, poema que elaboró al poco de que diagnosticaran cáncer a su padre como “una especie de ritual para que se salvase”. “Mi cerebro quería curarlo” y “como lo escribí mientras vivía, es el que más me gusta de todos”, asegura sobre este emocionante poema que recuerda a Lorca por la simbología y mundo onírico.

En todos los paisajes halla a su padre en el resto de poemas de duelo de esta primera parte del libro que fueron “un desahogo. Me vinieron bien porque algunos están escritos al poco tiempo” de la pérdida de su padre, que le hace sentirse un apátrida ya que “un hombre sin padre es un hombre sin tierra al fin y al cabo”.

Lo que “nos mantiene en pie”

La segunda parte, ‘Sustrato’ está dedicada a lo que “nos mantiene en pie” y ahí habla de su familia, su pueblo, los días de cuarentena, “la tierra que pisas y hace que puedas emitir esa luz”. No falta el emblemático castillo del siglo XIII de Villamanrique, que para él es “un icono. Me gusta correr, lo hago por allí y lo veo como la meta”. ‘Tengo que llegar al castillo’, se dice Maldonado, que sitúa en este capítulo poemas como el entrañable ‘Matria’, así como ‘Pobre eres, pueblo mío’ sobre su localidad natal, la cual ha salido varias veces en “la lista de los diez pueblos más pobres, con menos renta per cápita, del país”.

También están aquí los “cuarenta metros cuadrados llamados hogar y el algoritmo de cualquier red social” del territorio del confinamiento, “ese sustrato” de la cuarentena con los aplausos, la esperanza de que esto pase pronto y el desconocimiento, además de un convulso ‘Autorretrato’. “Me encanta la pintura pero pinto muy mal, y lo que quise hacer fue uno con palabras, como si fuese un selfie con las palabras del momento”, quedándole muy Francis Bacon o Lucian Freud.

Prosigue el libro con ‘¿A quién pertenece la flor cortada?’, “a la tierra que la pare o la persona que la compra”, capítulo con poemas “más existencialistas” que comienza con la “flor cortada” del “no puedo respirar” de George Floyd bajo la rodilla de la intolerancia y el racismo. En ‘Tránsito’ la flor cortada es la pérdida de la inocencia de los juegos en la calle de hace décadas frente a las pantallas de plasma y retrata las islas aisladas por “leguas de wi-fi” y cómo se prefiere “no tener corazón a quedarse sin batería”. Aparecen en estos poemas el todo de plástico, flores que se tiñen, girasoles que miran a luces de leds, una cuestión de márketing con la que “parece que para triunfar tienes que tener veinte mil seguidores en las redes sociales” y el “nada funciona correctamente salvo tu móvil de última generación”, sensación que tuvo muy presente el pasado año. “Aquí en Madrid se notó un montón”, destaca Maldonado, que asegura que ese poema le “vino” porque para ir al trabajo usa el transporte público y “había semanas en las que a lo mejor sólo funcionaba una vez las escaleras del metro”, circunstancia que le llevó a ampliar la visión crítica a muchos otros aspectos.

Amor y desamor

“Una de las intenciones del libro es que sea testimonio de nuestros días, de lo que vives”, expone sobre esta fresca, actual y desinhibida parte del poemario, que continúa con ‘Si cada persona es un mundo, dos son un universo’, poblada de más que flechas, por su concisión, dardos “amorosos y desamorosos”. Habla del “amor líquido”, de las relaciones que han pasado de sólidas a líquidas; esboza el retrato “Tú tan Margaret Thatcher y yo tan las Malvinas”; constata que “gana quien más ama” ya que “al final da igual que pierdas la batalla puesto que el que gana es el que más apuesta”; y culmina con el desamor de “un viaje en balsa deseando a la persona que has amado, a la que no le puede ir bien contigo, que le vaya bien”.

En la quinta parte del libro, ‘Jugar con fuego no es librarse del invierno’, emerge el tema de la soledad y cómo “muchas personas, con tal de no estar solas, son capaces de prenderse fuego a sí mismas o de arrimarse a cualquiera aunque sepa que no le convenga”. Tienen un cariz ardiente -“la pasión es la forma de tratar de no pasar el invierno. ‘No quiero pasar frío, voy a prender el fósforo’- y también cierto escepticismo en relación con una búsqueda “del amor, de la hoguera que se queda en el destello”.

El aforismo ‘¿Conoce el puente el idioma del agua?’ da paso a la sexta parte del poemario, la más existencialista, con reflexiones como ‘”cuando no soy nadie más soy yo”, ya que, cuando eres puramente esencia, dejas de intentar ser alguien, es cuando te sale la luz que llevas dentro, tu luz natural”, señala Maldonado, que también diserta sobre la esencia de los árboles y expone cómo la vida te esculpe con roles, cómo realmente en septiembre es cuando comienza un nuevo año y su sensación de remorirse cuando falleció un referente como Chavela Vargas.

Fronteras

Culmina el libro con ‘Todas las fronteras tienen los ojos azules’, aludiendo a que “las fronteras reales no son las líneas de un país o provincia, sino que es el cielo “la verdadera frontera”. De una conversación verídica en la que una mujer en una firma de libros le habló de su padre, surgió el poema ‘Sobre las guerras’ en el que relata cómo por ser paisanos dos hombres se ayudaron en la Guerra Civil pese a estar en bandos contrarios y cómo si en vez de ceñirse al origen territorial prevaleciese que todos somos personas nadie mataría a nadie en ningún conflicto.

Una reivindicación de ruptura de encasillamientos y fronteras idiomáticas, grupales, sectoriales, sociales, de roles, que hacen perder la esencia e identidad, recorre estos poemas que acaban en ‘Mi casa es mi alma’, la cual “no tiene género ni color, es pura energía”.

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