<i>Todos náufragos</i>. Ramón Lobo.

Todos náufragos. Ramón Lobo.

Ediciones B. Barcelona. 2015. 392 páginas. 21 euros

Ramón Lobo: Todos náufragos

Ohiane Arcos pedía atención para un libro que hablaba «de esas gentes de España que quedaron olvidadas»

¿Habrá cumplido ya dos años el día en que recibí, en sobre acolchado, un ejemplar de Todos náufragos? En la sorprendente dedicatoria, la periodista Ohiane Arcos pedía atención para un libro que, según ella, hablaba «de esas gentes de España que quedaron olvidadas —y a partir de aquí citaba al propio autor— cargadas de maletas perdidas que deben de estar en algún depósito de memoria histórica nunca reclamada». Hoy, lejos del noviembre de 2015 en que se publicó la primera edición, considero que se presenta el momento adecuado para rendir cuentas de una crónica que enlaza la guerra de España con esa frase que la define como un conflicto que enfrentó a «hermanos contra hermanos».

Y es que de verdad creo que a la familia de Ramón Lobo se le podrían achacar todos los sentidos de esa frase excepto el literal: al menos en el punto de partida, su padre y sus tíos paternos, todos españoles, compartían unos ideales franquistas, mientras que la ascendencia británica de su madre lo hacía con los contrarios. Con esa excepción, en Todos náufragos hay un constante bandolerismo de todos los miembros de una dinastía contra la de un amigo o de un consorte o contra sí misma. Los abuelos paternos enfrentados, la familia de la madre y su rechazo racista a un hombre negro, y sobre todo lo demás la íntima escaramuza entre los dos Ramón Lobo, padre e hijo, prácticamente desde el nacimiento de este en 1955 hasta el fallecimiento del otro en 1983.

Sobre el conflicto de España y su tratamiento en el papel impreso —sea o no literario, y dentro de este, se trate de novela, de ensayo o de poesía venenosa — tengo la misma opinión que el escritor Manuel de Lope. (Su visión es tan particular que estuvo a punto de no llegar a existir: cuando publicó en 2001 su título La sangre ajena, que había pensado como primera parte de una trilogía, empezaron a abundar los panfletos sobre la guerra civil. De Lope debió de ver negras las intenciones y destruyó el proyecto. Se tomó tan en serio la eficacia de su plan que, tras aquella, solo publicó otra novela, y del tópico de la Guerra en su obra nunca más se supo.) Este pensamiento me hace rechazar todo texto que rodee a esas circunstancias de nuestra historia, por hartazgo y casi sin excepciones: vulneré mi propia ley con El laberinto mágico de Max Aub, no sé si en algún otro caso. La petición de Ohiane hizo que infringiese de nuevo: si bien no puedo comparar con otras propuestas por mi desconocimiento voluntario del tema, estoy en condiciones de afirmar que la parte central de Todos náufragos no generaliza y que la carne que el reportero pone en el asador no es otra que la que contiene su propia sangre, con lo que ello tiene de casualidad y de sal en la herida. La bravucona línea de reflexión está repleta de contradicción e incorrección política. Noto cómo nadie ha sacado al narrador las castañas del fuego, cosa de la que muchos otros que van de luchadores no pueden presumir. Pero, ante todo, respeto con transigencia la carrera profesional de Ramón Lobo, que con sus filias y sus fobias se va colando entre estas páginas; constato la existencia de esa «crónica desoladora que quebraba todas las normas de estilo del periódico», redactada «desde el relato vívido de los supervivientes» y con un contenido «preñado de emoción y rabia»; y lamento la ausencia, por ahora, de aquel «Gran Reportaje que uniera» unas voces que «eran la llave maestra de un texto capaz de explicar el dolor de todos los muertos de Bosnia, de los desaparecidos de América Latina y España». No olvido que la suya fue una de las firmas del periodismo bélico que seguía desde que empecé a leer prensa diaria. Su trayectoria a mis ojos impecable, que buscaba la línea personalista del deslumbrante Manuel Leguineche, se truncó en 2012, cuando el periódico El País lo despidió tras veinte años de riesgo y acción. Imagino que desde entonces no habrá vuelto a la guerra, al menos a lo grande. Hace cosas que se leen a través de los monitores; ya no huelen a imprenta las letras versalitas que introducen su nombre. Un lector de hace años, citando al memorable tabloide madrileño, planteó este pie de foto para su trayectoria: «El Sol se puso pero su magisterio perdura».