La CNTC transmite la “maravillosa y frenética” locura de Un bobo hace ciento

ciento solís

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Podría ser de sífilis o gripe A, pero la bacteria que llega a Madrid es “la bobería”, todos se contagian y todo queda “enloquecidamente trastocado”, comentó Juan Carlos Pérez de la Fuente, quien en su labor de dirección del montaje Un bobo hace ciento, a cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, ha buscado “ponerlo todo al servicio” de una “propuesta textual carnavalesca”.

Podría ser de sífilis o gripe A, pero la bacteria que llega a Madrid es “la bobería”, todos se contagian y todo queda “enloquecidamente trastocado”, comentó Juan Carlos Pérez de la Fuente, quien en su labor de dirección del montaje Un bobo hace ciento, a cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, ha buscado “ponerlo todo al servicio” de una “propuesta textual carnavalesca”.
Este texto de Antonio de Solís y Rivadeneyra se estrenó, precisamente y con presencia real, el martes de Carnestolendas de 1656, de manera que al día siguiente, miércoles de Ceniza, se cerraban las puertas y ya no se podían mostrar las tremendas ganas de vivir de una ciudad como Madrid, indicó Pérez de la Fuente, que agradeció al director de la CNTC, Eduardo Vasco, que pensara en él para afrontar la “desmesura” y “maravillosa locura” a la que incita esta obra.
En un momento en el que se caía el imperio, la propia realeza no quería perder el tiempo y se descoyuntaba de risa con esta comedia, cuya representación requiere que el cuerpo actoral interprete, cante, baile y se divierta, lo que ha ocurrido con “un rigor y una profesionalidad que pocas veces sucede”, apreció el director del montaje, que quería que la escenografía recreara la maqueta de Madrid y los personajes, más grandes que las casas, no sólo entraran y salieran de los distintos espacios, sino que los configuraran. Así, en la producción hay hasta 150 casas, grandes y pequeñas, moviéndose por el escenario y emulando el Madrid de puertas y portillos de esta aventura.

Entrega al cien por cien
Beatriz Argüello, encargada de dar vida a Doña Isabel, aseguró que ya conocía a Pérez de la Fuente y su capacidad para que los actores se entreguen “al cien por cien”, e indicó que en esta propuesta el elenco se ha dejado llevar por “una locura frenética” para la que han tenido que dejar a un lado prejuicios y “tirarse a la piscina” en un ejercicio que les ha permitido descubrir “cosas que estaban ahí” y que a menudo no se perciben. Se trata de un “montaje loco” y “muy completo” en el que pasan muchas cosas transmitiendo una sensación similar a la que reportan los espejos que multiplican las imágenes hasta el infinito, agregó Argüello, que resaltó que es una pieza que “gusta muchísimo a la gente joven” e indicó que es un  placer poder ofrecer un producto con el que se se lo pasan en grande y ríen adolescentes que van al instituto.
También aludió al “caos muy ordenado” que se produce a lo largo de la representación Daniel Albaladejo, que interpreta al “bobo” Don Cosme y que destacó el duro a la par que gratificante proceso de preparación de este montaje que parece un “extraño sueño”, en el que los personajes se mueven en la ambigüedad y en el que da la sensación que están abocados a caer.
En un montaje que requiere de una gran precisión de movimientos por parte de los actores y con una escenografía en la que se perciben influencias del mundo de los toros y “el perfume” de iconos del siglo XX, Javier Artiñano es el responsable de un vestuario sobrio que en los personajes masculinos -en rojo, azul y violeta- recuerda al Oeste, apuntó Pérez de la Fuente, que señaló que las mujeres recuerdan a la época de esplendor del cine con toques muy españoles como peinetas y los criados, al sentirse tan importantes como los señores, van tan elegantes como ellos.