Leonor y Antonio Machado

José López Martínez Madrid
Leonor Izquierdo, en 1910, el día de su boda con Antonio Machado / Archivo Histórico Provincial de Soria

Leonor Izquierdo, en 1910, el día de su boda con Antonio Machado / Archivo Histórico Provincial de Soria

Leonor supuso el primer deslumbramiento amoroso del autor de Campos de Castilla,  cuya publicación coincidiría con el casamiento de ambos. Leonor, soriana de 16 años, quedó admirada ante la sensibilidad y la sabiduría del poeta y éste advirtió en aquella adolescente todas las primicias del enamoramiento

Se cumplió este año, el pasado 30 de julio, el ciento once aniversario de la boda de Antonio Machado y  Leonor Izquierdo. Todo tan lejano y tan próximo, sobre todo para los amantes de la literatura.  Figura eminente de la generación del 98, él, y primer y único gran amor del poeta, ella. Porque lo de Guiomar, muchos años después, sería una aventura distinta, cuyo relato no debe entrar  en este comentario. Porque Leonor supuso el primer deslumbramiento amoroso del autor de Campos de Castilla,  cuya publicación coincidiría con el casamiento de ambos. Leonor, soriana de 16 años, quedó admirada ante la sensibilidad y la sabiduría del poeta y éste advirtió en aquella adolescente todas las primicias del enamoramiento.

Pero vayamos acercándonos, poco a poco, a lo esencial de este histórico episodio, apenas recordado hoy en España. Digamos que de todas las ciudades que recorrió Machado, Soria fue la que más honda huella dejó en su alma, pues allí comenzó a ejercer como catedrático de francés y en la propia Soria conoció al gran amor de su vida. En la casa de huéspedes donde se hospedaba. Dicha pensión o fonda se encontraba en la calle de los Estudios, muy cerca del Casino, hoy llamado Círculo de la Amistad, inmediaciones de la Plaza mayor y de la Iglesia de Santa María la Mayor, donde se  celebró la boda.

Un matrimonio que estuvo, en todo momento,  rodeado por la poesía y la belleza monumental de Soria: San Saturio, el patrón de la ciudad,  así como el río Duero. Antonio Machado escribiría:

 

 “Estos chopos del río que acompañan/

                   con el sonido de sus hojas secas/

el son del agua cuando el viento sopla”.

 

Se trata del sonido del viento paramero que flameaba sobre un paisaje profundamente castellano. Aquellos chopos que entusiasman y embelesan a los enamorados

 

 “tienen  en sus cortezas/

                            grabadas iniciales que son nombres,/

 cifras que son fechas”.

 

Todo un conjunto de evocaciones que Machado nunca olvidará. Mucho más tras la muerte de Leonor.

No deben pasar inadvertidas estas efemérides,  mucho menos en casos como éste de la boda de Machado y Leonor. Su vidas,  sus paisajes… Por ejemplo, el viejo olmo que el poeta cantaría con los más altos vuelos de su pluma. El poema está fechado el 4 de mayo de 1912, escasos meses antes de la muerte de Leonor:

 

        Al olmo viejo hendido por el rayo

                            y en su mitad podrido,

                             con las lluvias de abril y el sol de mayo

                            algunas hojas verdes le han salido.

 

Como el soneto dedicado por Gerardo Diego al  ciprés del Monasterio de Silos, estos versos de Antonio Machado encarnan el alma de la ciudad de Soria en la simbología de un viejo olmo. Y para aquellos que no conozcan el lugar, diré que se encuentra en la entrada ajardinada de la iglesia del Espino, otro de los lugares más frecuentados por Leonor y Antonio. Por cierto que este olmo centenario estuvo a punto desaparecer hace algún tiempo y que únicamente los versos del poeta lo salvaron. Había que mantenerlo vivo a toda costa. Todo un monumento a la cultura. Primero se rellenó el interior con cemento, después se vació y se  reconstruyó parte de su corteza con resina y fibra de vidrio.

Leonor Izquierdo era mujer de escasa estatura, pero de gran belleza y personalidad. Sus ojos eran grandes y de una especial claridad; su boca proporcionada y  radiante su expresión. No era muy amplia su cultura, pero superior a la de otras muchas jovencitas de su clase, y sobre todo, tenía unos deseos enormes de aprender, lo que tanto agradaba a Machado. Inolvidable el amor que vivieron en París, donde ella caería herida de muerte por la tisis. Aquel pañuelo blanco teñido de rojo que anunció lo peor. Y a partir de ahí todo un calvario, con varios viajes a Madrid y a la propia Soria, donde al fin murió. Y estos versos tremendos del poeta que resumen su honda tragedia:

 

                            Allá, en las tierras altas,

                            por donde traza el Duero

                            su curva de ballesta

                            en torno a Soria, entre plomizos cerros

                            y manchas de raídos encinares

                            mi corazón está vagando, en sueños…

 

                            ¿No ves, Leonor, los álamos del río

                            con sus ramajes yertos?

                            Mira el Moncayo azul y blanco; dame

                            tu mano y paseemos.

                            Por estos campos de la tierra mía,

                            bordados de olivares polvorientos,

                            voy caminando solo,

                            triste, cansado, pensativo y viejo.