RAKATá festejó una década sobre los escenarios con grandes éxitos de Lope

perro hortelano

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La Fundación Siglo de Oro (RAKATá) celebró en Almagro su década sobre los escenarios con dos exitosos montajes de su trayectoria correspondientes con dos obras de Lope que están entre lo más alto del teatro clásico español. Inició el sábado por la tarde las representaciones con la tragedia ‘El castigo sin venganza’, bajo la dirección de Ernesto Arias, y culminó la jornada, ya de noche, con la comedia ‘El perro del hortelano’, con dirección de Laurence Boswell.

A. R.
Ciudad Real

La Fundación Siglo de Oro (RAKATá) celebró en Almagro su década sobre los escenarios con dos exitosos montajes de su trayectoria correspondientes con dos obras de Lope que están entre lo más alto del teatro clásico español. Inició el sábado por la tarde las representaciones con la tragedia ‘El castigo sin venganza’, bajo la dirección de Ernesto Arias, y culminó la jornada, ya de noche, con la comedia ‘El perro del hortelano’, con dirección de Laurence Boswell.
Con una propuesta fiel tanto al texto como a la amplia duración de ‘El perro del hortelano’, la compañía imprimió agilidad a la dicción del verso y las acciones en favor del dinamismo de la pieza y de su disfrute por parte del espectador, que agradeció que la interpretación de Rodrigo Arribas como Teodoro, que comenzó algo retraída, fuera ganando potencia, al nivel del pícaro e inquieto Tristán, encarnado por Alejandro Saá. El feeling del verso de Elena González como Diana también fue in crescendo en su disputa por el amor de Teodoro ante una espléndida Alejandra Mayo como Marcela, que cosechó no pocos partidarios de que su amor debía ser el que prevaleciera.
No obstante, a la pasión por Marcela, Teodoro añadió admiración por la condesa, aparte del ascenso social de la época, aunque no diera crédito ante la bipolaridad afectiva de Diana, siempre cambiante entre lo que deseaba y supuestamente por prejuicios debía hacer.

Placentero
Además del desvelo por la insatisfacción y el virtualmente positivo acicate de la envidia, en ‘El perro del hortelano’ hay algo gatuno por el jugueteo con las conquistas, dejándolas escapar para volver luego a atraparlas, y el placentero ronroneo del verso enamorado que se paladea hasta en cartas para, a priori, otros destinatarios.
También hay voyeurismo, juego de espías e incluso ‘vieja del visillo’ en esta pieza de ojos que ven, corazón que siente, con un montaje con una estancia decorada con seis grandes tapices de motivos clásicos, a los que presenciar y detrás de los cuales escuchar y ver. En la naturalidad y comicidad de la pieza mientras ensartaban el verso de Lope contribuyeron acciones, como las de enjabonar la barba a Teodoro para afeitarle o taponar con algodón su sangrante nariz, por parte de Tristán, que no paró en tratar de curar heridas de amor y desamor, así como urdir tretas para equiparar cunas y burlar a los presuntuosos pretendientes de la condesa, el marqués Ricardo y el primo de Diana, el conde Federico, a quien da vida Daniel Acebes, quien mutaba en una mezcla del muñeco diabólico y Anthony Perkins en Psicosis cuando escuchaba el nombre de Teodoro, simulando asestarle cuchilladas aunque sólo se las diera al aire.
Ante una producción de larga duración, la dureza de las sillas del Áurea fue un hándicap para el público que disfrutó con el verso de Lope y el montaje de la compañía RAKATá.