Puede que sea único en el mundo o al menos uno de los pocos museos que permiten, con las explicaciones de su creador, conocer cómo ha sido la evolución de la fontanería en el siglo XX, sobre todo en la segunda mitad, a partir de las herramientas de los profesionales y los materiales empleados en cada una de las piezas utilizadas para disfrutar de la comodidad del agua en los hogares.

“He sido fontanero 51 años, cuarenta y tantos por mi cuenta de autónomo, y siempre me ha gustado guardar cosas antiguas, las piezas que quitaba viejas para sustituirlas por nuevas, con la idea de que cuando me jubilara ordenarlas y, si era posible, exhibirlas”, comenta Ramón Muñoz Delgado, que ha dedicado buena parte del tiempo libre desde que se jubiló hace dos años a habilitar un singular recorrido por la historia de la fontanería en una vivienda situada en la calle Alarcos 9 de Miguelturra.

“Mi familia me decía que ni gastase tiempo ni dinero, que esta casa era para tirarla y hacer una nueva a dos calles, pero ha sido gusto mío hacer este pequeño museo en el que está representada toda mi vida profesional y mi mujer e hijos lo han respetado”. A la vivienda, que hace esquina con las calles Alarcos y Libertad -“antes llamada de la Corona”-, le ha puesto el nombre de ‘Casa de la Rinconá’ y ha habilitado tres salas: una de cielo raso, otra de bovedillas y una tercera superior que es una cámara con vigas de madera que se empleaba antiguamente para el almacenaje de todo tipo de alimentos, tanto para el puchero como para los animales que antes se criaban en el corral o pequeñas cuadras.
Símbolos
Como resultado de tirar tabiques, de las cuatro habitaciones de la vivienda que previamente había en la planta baja ha acondicionado las dos salas inferiores. En la de cielo raso, ha dibujado dentro de círculos en las paredes símbolos decorativos que aparecían para identificar el agua fría a la derecha y caliente a la izquierda y distintivos de marcas como Roca, Buades y Yes. Soles, coronas, bolas del mundo, lunas y estrellas de ocho puntas, así como dibujos geométricos de las rejillas de los sifones de los patios y las duchas, además de las arquetas, ha recreado junto a representaciones que lucían volantes de grifos y llaves de paso.

La flor del agua o de ribera, estrellas de cuatro puntas que recuerdan a los mandos de la grifería antigua y emblemas de gotas de agua son algunas de estas imágenes, entre las que también se halla un sol con la semilla de la vida que precisamente encontró representados en el yeso de una de las paredes de la casa. Así mismo, en el techo de cielo raso de esta sala ha trazado geometrías en alusión a las charcas y los pozos tanto redondos como rectangulares de noria.

En cuanto a la sala de bovedillas, se pueden ver representados en las paredes utensilios como una bomba manual de hierro para sacar el agua del pozo, un caldero para subirla con la soga, y una garrafa y un cántaro que solían forrarse con enea o esparto para que estuviera fresca, además de una amplia relación de herramientas de fontanería como un arco de sierra, mordazas de uno y dos ojos, martillo de bola, tijeras, destornillador, llave grifa, llave inglesa, lamparilla para soldar, mazo y hasta una lezna para hacer agujeros.

“Cuando goteaba un grifo te decían ‘pon una zapateta’ que había que recortar de un trocito de material, al que se hacía un agujerito con una lezna, la cual la usaban los zapateros para hacer los agujeros en el cuero”, recuerda Ramón, mientras explica el uso que se le daba a otras herramientas como el compás, el ensanchador, el escariador para “quitar las rebabas a las tuberías”, la cuchara para enderezar los tubos de plomo y las alcuzas para echar aceite de manera que con la terraja se pudiera hacer rosca a la tubería con los cojinetes.

“Las primeras de las terrajas las hacían los torneros y herreros, las segundas de fábrica ya eran de carraca y después terminaron eléctricas”, comenta Ramón, que a continuación señala el dibujo de un pequeño yunque que también usaban los hojalateros, terminado en punta como una estaca y que se clavaba en el suelo para en la parte superior golpear y dar forma a las latas. “Los fontaneros lo hemos usado poco, los antiguos sí, y también se utilizaba en el campo para las guadañas”.

Dibujos de otros objetos relacionados con el agua, como una regadera, un botijo, jarros de agua con una y dos asas y las arrebañaderas con varios ganchos para, con una soga, si se caía el cubo al pozo atraparlo, completan las representaciones en esta sala junto a las de diversos útiles en torno al fuego y la chimenea como las tenazas, el fuelle, las badilas del brasero -más redonda- y de la lumbre, el candil de aceite y la carbura.
Quinientas piezas
En torno a quinientas piezas físicas de fontanería ha reunido en la cámara de la planta superior, cuyo recorrido se abre con fotografías personales como en la que aparecen él y su cuñado, Jesús Ramón, junto a la furgoneta con el reclamo ‘Fontanería Ramón’ o la de sus trabajos en Madrid, cuando hizo el servicio militar, con unos compañeros y el maestro fontanero Nicasio que, relata, llevaba colgada con un tirante la caja de herramientas de cuero para desplazarse por el metro y el autobús, y usaba lamparillas antiguas de gasoil para soldar. “A los mayores les gustaba de gasoil, porque, aunque hacían mucha humareda, no se apagaban con el aire, pero yo cuando empecé eran de butano. Antes no había sopletes, todo había que soldarlo con lamparillas y luego llegaron los sopletes que eran mucho más cómodos”.

“Empecé a aprender con catorce años en Ciudad Real, cuando tenía quince años más o menos ya comenzó la fontanería en el pueblo” puesto que hasta los años sesenta y tantos no empezó. En Miguelturra, como en los demás pueblos, hasta los años sesenta no tuvieron agua, tenían cuatro o cinco fuentes repartidas por el pueblo, donde la gente la cogía”, aparte de los pozos que tuvieran en sus casas, donde luego se fue metiendo poco a poco”, expone Ramón, que fue “de los primeros del pueblo. Había dos fontaneros mayores que yo: Aquilino, que me regaló esa lamparilla, y Vicente Peco”.

En la colección de piezas que ha reunido, “hay muchas que tienen más de cien años que son de Ciudad Real, ya que en los pueblos mayores se empezó a principios del siglo pasado la fontanería”, expone Ramón, que destaca que la labor de los fontaneros se remonta sobre todo a la de los hojalateros que “eran los que estañaban y hacían la poca fontanería que había porque sabían emplomar y soldar. Pero eran más hojalateros que fontaneros porque de hojalatería había muchas cosas como jarros, bandejas, canalones, muchos utensilios de lata que se rompían y había que arreglar e incluso hacían vidrieras con planchas de plomo”.

En la exposición, se puede ver cómo las primeras cisternas eran de hierro fundido con un sifón incorporado y una campana con un peso del que se tiraba con la cadena para que bajara con fuerza el agua porque no existían los descargadores. “Luego las hicieron de cerámica, de loza, y llegaron los antiguos descargadores de latón y plancha de cobre que después se sustituyeron por plástico”.

En Miguelturra, a principios de siglo, también hubo algo de fontanería como en la Plaza de España donde había algunos pisos con una ducha, una taza, un lavabo y fregadero, y el cuartel de la Guardia Civil donde tenían unos pequeños aseos, además de una panadería y la fábrica de harinas, pero “había muy pocas cosas de fontanería porque tenía que ser a través de motores que elevaban el agua a los depósitos para que luego bajara y se distribuyera”, relata Ramón, que destaca que la llegada de “luz y agua fueron de la mano. Creemos que hemos tenido toda la vida luz y agua y no era así”.

A diferencia de la flexibilidad de los materiales que se emplean ahora, antes todo era “rígido. Todo debía ser restañado y soldado, no se tiraba nada y duraba qué se yo…, toda la vida”, describe Ramón, que muestra una pieza de lavabo cuadrado que sustituyó al palancanero para lavarse, con soporte metálico que hacían los herreros y debajo se colocaban cubos porque “antes hubo agua que alcantarillado. Se ponían cubos para recoger el agua con la que se lavaban. En los fregaderos igual, iba a cubos, no tenían salida directa a alcantarillado, que llegó después”.

Válvulas con tapones metálicos; sifones de bañera, bidets y lavabos; válvulas sinfónicas de latón y plomo; botes sinfónicos de plomo; planchas de plomo para tapar juntas; llaves de muletilla; flotadores metálicos de esfera y semiesfera; y grandes flotadores de aljibe se encuentran en la muestra, al igual que un bidet de Roca tan pesado que no había que colocarle palomillas. “Tenía tanto peso que se sujetaba solo. Ahora con el material de este bidé sacarían dos”, estima Ramón, que recuerda que cuando aparecieron, “acostumbrados a lavarse en una palancana”, lo llamaban “del lujo”.
Tuberías, abrazaderas, griferías, calentadores
Después de la cisterna de hierro, salió la de barro, de Manises, pero “se abrían, se desconchaban” hasta que “luego Roca las fabricó más fuertes”, explica al mostrar una con su taza compañera con la particularidad de que en el retrete no se veía el agua y avanzar por una exposición con flotadores de cisterna baja que ya venían plastificados de color miel y azul, una amplia colección de monturas de grifería de colores y con símbolos y dibujos, tuberías de plomo, barro y fibrocemento, un sifón de barro de taza turca, abrazaderas o grapas antiguas para sujetar los tubos que hacían los herreros, portarrollos de papel higiénico elaborados con una madera y un alambre, jaboneras, llaves antiguas de gas, rociadores de agua, una ducha de metal de agua fría, y algunos de los primeros calentadores –de alguno se cogía directamente en un cubo el agua caliente para llevarla a una pila o un lavabo- de marcas como Fleck, Fagor y Corcho.

Rejillas de platos de ducha y rebosaderos con originales dibujos, y grifos de bidé y también de fregadero -los primeros un poquito más cortos y luego más largos-, así como algunos de los primeros grifos de teléfono de baño que “gustaron mucho cuando aparecieron”, se pueden ver, así mismo, en el recorrido, junto a conjuntos de cuatro llaves para el agua fría y caliente tanto de la ducha como de la bañera antes de que se emplearan las palancas que simplificaban el proceso y una grifería de polibán –“una bañera de hierro fundido con un pequeño asiento donde se sentaban y lavaban los pies”- que lo tenía todo incorporado con el inconveniente de que iba empotrada y si se estropeaba cualquier cosa había que romper la pared.

Grifos independientes para llenar bañeras y pilas, de patio, alguno con una piedra por dentro para filtrar el agua, de zafra, que se colocaban en tinajas de vino y también en cocinas económicas de carbón que llevaban incorporado un depósito para calentar agua, también se exhiben, además de tornillos de colores para sujetar los volantes, tapones de goma para el desagüe, esterina que se utilizaba para que agarrase el estaño y restañar, resina para limpiar los soldadores y un fregadero de cemento que “lo hacían los tranquilleros, quienes fabricaban los tranquillos, pilas y vierteaguas e incluso trabajaban el mármol”.

A todo ello se suman las herramientas propias del oficio ejercido por Ramón, que ha representado su vida profesional en este museo cuya colección podría ampliarse, prevé, con otras piezas relacionadas con la fontanería y el agua.

