El futbolista que caminó a través del fuego

Jorge Yepes Ciudad Real
Alfonso Linares posa en el Quijote Arena / Foto: Jorge Yepes

Alfonso Linares posa en el Quijote Arena / Foto: Jorge Yepes

Alfonso Linares Martín vuelve a disfrutar de la vida y del fútbol sala tras superar un tumor maligno en la cabeza

No resulta fácil sentarse delante de alguien a quien no conoces y entrevistarle, tratar sobre sus interioridades, preguntarle lo que siente, hablar de lo que piensa. Pero con Alfonso Linares Martín todo resulta sencillo. Este tipo de barba meticulosamente cuidada, ojos verdes y mirada limpia, te hace sentir cómodo desde el principio, tanto que al comenzar a hablar con él, tal vez porque te escucha siempre con una sonrisa en la cara o porque te mira a los ojos cuando te habla, a uno le invade la confortable sensación de conocerle de toda la vida. Por eso, lo que comenzó como una entrevista, acabó siendo una conversación. Fue fácil entender su historia. Este es el relato de lo que sufrió, de lo que sintió, y de algunas cosas más.

Alfonso lleva toda la vida viviendo en el mismo piso de la misma calle de Miguelturra. A la familia de su madre la conocen en el pueblo como los “Tarimas”, y él, que siempre fue un loco del balón, pasó su infancia jugando en la calle, imaginando porterías en cualquier lugar, en las puertas de una cochera, en los bancos de los parques, pintándolas en las paredes, o construyéndolas con piedras o mochilas en cualquier descampado. Alfonso pasó por todas las categorías del fútbol base de las escuelas deportivas de Miguelturra, hasta jugar con el CD Miguelturreño.

Alfonso Linares Martín, con dos balones / Foto: Jorge Yepes

Alfonso Linares Martín, con dos balones / Foto: Jorge Yepes

Lo que nunca llegó a imaginar es que un verano, en Pozuelo, disputando un maratón de fútbol sala con unos amigos, su vida iba a cambiar para siempre. Porque allí le vio jugar Leo Herrera, y le gustó, le gustó tanto, le vio tan buenas condiciones para el fútbol sala, que no lo dudó, y habló con él, quería volver a verle jugar, organizar un partido para comprobar cómo asimilaba ciertos conceptos tácticos. Leo no se equivocó, y aquel verano Alfonso cambió el fútbol por el fútbol sala.

Tres temporadas más tarde, la 2016/17, Alfonso vive el momento más feliz de su vida. Entrena bajo las órdenes de Leo Herrera con el primer equipo de Valdepeñas FS, que en aquel momento busca ascender a Primera División, y juega con el filial, en Tercera División. Debuta en Segunda División, en Lugo, apenas dos minutos al final del partido. Estaba siendo un “año bonito”, recuerda Alfonso. Hasta que dejó de serlo. Porque algo dentro de él estaba mal, algo no le dejaba avanzar, como si chocase con una pared invisible. Y en la Copa 2017 de Ciudad Real llegaron los problemas, porque fue a los partidos, pero no los disfrutó, los focos del pabellón y la música le hacían daño, se mareaba. Estaba, pero no estaba. Fue a urgencias y le diagnosticaron migrañas. En un partido, en Campo de Criptana, salió a jugar mareado, a punto de caerse, casi sin poder ver el balón, todo borroso, apenas duró un minuto en pista. Volvió a urgencias y le volvieron a diagnosticar migrañas. Y su preocupación aumentaba, porque aquello no podía ser solo migrañas, porque el dolor de cabeza crecía, cada vez más intenso, cada vez más duro. Hasta que una mañana se levantó, solo en casa, y se dio cuenta que no podía hablar, ni avisar a nadie, no sabía que hacer, estaba muy nervioso, el ataque de ansiedad llegó después, cuando acertó a coger el móvil y se dio cuenta que tampoco podía escribir. Horas más tarde, tumbado en una camilla de urgencias, tras una serie de pruebas, vio llorar a su madre durante una conversación con la doctora que les había atendido. Se temía lo peor. Se levantó, se acercó, y allí se lo confirmaron. Tenía un maldito tumor en la cabeza.

Alfonso Linares, en su debut en Segunda División en Lugo con el FS Valdepeñas / Foto: Aurelio Calatrava

Alfonso Linares, en su debut en Segunda División en Lugo con el FS Valdepeñas / Foto: Aurelio Calatrava

Al día siguiente, en la habitación del hospital donde había quedado ingresado, celebró su cumpleaños. Nueve días después le operaron. Y mes y medio más tarde, recibió los resultados. Era malo, grande, peligroso, y se encontraba entre el nivel 3 y 4, los estados más avanzados.

Bukowski escribió que lo importante, lo realmente importante en la vida, es lo bien que camines a través del fuego. Y Alfonso, en mitad de una hoguera que lo quería devorar, lo atravesó con decisión. Solo lloró una vez, apenas 10 segundos, lo que tardó en asumir su nueva situación, y se dijo, con naturalidad, como si no supiese lo que había en juego: “Tengo lo que tengo, ¿y qué?, ¿me pongo a pensar?, ¿me vengo abajo? No, con eso no arreglo nada”. Y luchó. Luchó durante todos y cada uno de los días de los nueve meses que duró el tratamiento. Le estaban esperando el fútbol sala, su familia, y su novia. Tenía que regresar. Tuvo días malos, de quedarse sin fuerzas, de necesitar calma y descanso. Vivió momentos de flaqueza, de miedo, de dudas. Al acabar el tratamiento no quedó rastro de la enfermedad. En febrero del 2018, al recibir el alta, solo pensó en “volver a liarse otra vez con el fútbol sala”, por eso, en cuanto pudo, regresó a un entrenamiento en Valdepeñas. Trotó alrededor de la pista y se sofocó, tocó balón y volvió a sentirse vivo, pero por precaución, desde el club le recomendaron no volver en un tiempo.

Todo aquello le cambió la vida. Ahora no puede olvidarse de tomar un puñado de pastillas todos los días, ni de acudir cada tres meses al hospital a pasar revisión. Tiene muy presente que esta enfermedad le acompañará el resto de su vida, y sabe que de lo que ahora se trata es de aprender a convivir con ella. Evita las discusiones, no quiere saber nada de problemas, y se toma las cosas con mucha distancia. Ahora se valora mucho más, y a todos los que le rodean. Se levanta por las mañanas con ganas de vivir, con ganas de hacer cosas, que el tiempo no pase. Y solo quiere ayudar a los demás, por eso estudia Atención sociosanitaria a personas dependientes, porque después de su experiencia se siente muy cercano a ellos, es lo que le sale, lo lleva dentro, y no tiene pensado dedicar su vida a otra cosa.

Alfonso Linares posa bajo una portería / Foto: Jorge Yepes

Alfonso Linares posa bajo una portería / Foto: Jorge Yepes

Por cambiar, Alfonso ha cambiado hasta su alimentación. Tras el alta, consultó a varios nutricionistas y una naturista, y desde entonces no prueba los alimentos procesados ni refinados, ni la carne roja, ni los lácteos, ni la bollería industrial, ahora se le revuelve el estómago con las pizzas y las hamburguesas, y solo bebe agua. Al hacer la compra, repasa concienzudamente la tabla nutricional de los alimentos, estudia los aditivos que puedan contener, y evita todo lo que tenga alto contenido de azúcar, que es de lo que se alimentan los tumores. Ha establecido una estricta lista de alimentos, y procura no salirse de ella. Y se siente bien y fuerte, tan bien y tan fuerte, y con tanta vitalidad, que no piensa alimentarse de otra forma.

No se siente un héroe, solo un afortunado que ha vuelto a ser feliz, que ha recuperado la sonrisa, al que ahora le brillan los ojos desde que la temporada pasada, en Piedrabuena, le dieron la oportunidad de recuperar su vida anterior, la de futbolista, la de los entrenamientos entre semana, los viajes en autobús y los sábados de partido.

Pero no le ha sido nada fácil, porque comenzó con una forma física desastrosa, sin confianza, con muchas dudas y demasiada prudencia; con miedo a los golpes, a meter la pierna, resistiéndose tozudamente a usar el casco protector que los médicos le habían recomendado. Hasta que no aceptó que debía usarlo, y decidió ponérselo, no comenzó a ganar confianza, a volver a ser el jugador que lleva dentro: descarado, ofensivo, a veces demasiado, intenso a la hora de defender, al que le gusta usar los brazos para incomodar la salida de balón del rival. Con el paso de los partidos quiso ser cada vez más protagonista, marcando la estrategia siempre que podía, buscando el gol casi como una necesidad, repitiendo una y otra vez “su jugada”, la de desbordar por la izquierda, meterse hacia dentro y disparar con la derecha, la jugada que todos los rivales conocen, que saben que la va a intentar, que la tiene tan mecanizada y que le sale tan bien, que no piensa dejar de hacerla. Al final de temporada fue elegido mejor ala izquierda de la categoría, aunque eso ya lo sabía todo el mundo.

El jugador, en un partido con el filial del FS Valdepeñas / Foto: Aurelio Calatrava

El jugador, en un partido con el filial del FS Valdepeñas / Foto: Aurelio Calatrava

Está loco porque llegue la pretemporada y volver a competir. Hasta entonces, pasa los días de verano entre maratones de fútbol sala. Si le preguntas donde tiene pensado jugar la próxima temporada, te mira y responde con una sonrisa, entonces comprendes que el lugar es lo de menos, que lo que importa es su felicidad, que va a seguir disfrutando de lo que más le gusta, de lo que le da la vida, que va a seguir siendo jugador de fútbol sala.