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Fútbol

Guillermo Alcázar, la ‘bestia maldita’ a la que el fútbol hizo feliz y luego llevó al infierno

Repaso a la gran trayectoria futbolística del ex jugador y entrenador pozoleño

de
Jorge Yepes / CIUDAD REAL
Creció en las calles de Pozuelo con un balón entre ceja y ceja. Su talento le llevó a jugar en la Primera de finales de los 80. Se endureció en la Segunda durante casi una década. Acumuló cicatrices y aprendió un oficio.

Cuando el frío apretaba, en casa de Guillermo Alcázar calentaban las camas con bolsas de agua caliente y cenaban alrededor de una mesa camilla, con un brasero de picón bajo los pies. Aquella casa, en el Pozuelo de Calatrava de principios de los 70, tenía un enorme patio interior, con un pequeño corral, un pozo que habían sellado y un porche donde su padre, que era camionero, guardaba el camión al acabar la jornada. Guillermo fue un niño alto y delgado, y su madre estaba cansada de alzar la voz cada vez que aquel condenado crío se liaba a pelotazos contra la pared del patio. Estaba loco por la pelota. Loco por salir del colegio, llegar a casa, tirar la cartera en la cocina, coger un bocadillo y largarse a la calle a jugar al fútbol. Con amigos, con vecinos, con los mayores, con el primero que pasase por allí. De portería los abrigos en el suelo. Toda la tarde sudando, hasta que se hiciera de noche, como si su vida solo fuese jugar al fútbol.

Diez años después, Guillermo Alcázar resultó ser un delantero muy pelmazo. No era técnico, ni especialmente hábil, pero corría, presionaba y arrinconaba a los defensas como si fuesen criminales a los que encarcelar. Era alto, fuerte y aguantaba bien la pelota de espaldas. Rápido, de zancada larga, que buscaba bien los espacios. Además entendía el juego. Pasó dos temporadas en el Manchego. Allí vivió un doloroso playoff de ascenso a 2ªB frente al Caudal de Mieres, y allí, en febrero del año 86, recibió una oferta que no pudo rechazar: probar durante un mes con el Castilla.

Con 19 años llegó a Madrid, enorme y gris, lleno de asfalto y ruido de tráfico. Un lugar donde nadie miraba a nadie, nadie sonreía, nadie daba los buenos días. Y él, solo, llegado en el tren de Extremadura de las cuatro de la mañana, alojado en una austera pensión del centro, con la idea de ganarse la vida jugando al fútbol. Se presentó en la antigua ciudad deportiva del Real Madrid y aquello era otro mundo, el nivel futbolístico era enorme. Pero le dio igual, lo tenía claro, de allí solo lo echarían a empujones. Para convencerles, para seducirles, para poder quedarse, se mató a trabajar, se dejó la vida en cada carrera, en cada balón dividido, en cada remate. Tenía toda el hambre del mundo. Santisteban viéndolo entrenar llegó a decir: “Mira el manchego, es una bestia maldita”. Acabó firmando un contrato por dos años.

Guillermo Alcázar (centro arriba), en un once inicial con el Castilla
Guillermo Alcázar (centro arriba), en un once inicial con el Castilla

Guillermo jugó en el Bernabéu. El mismo al que acudía de pequeño, con su padre, para ver a su Madrid. El de los asientos de cemento y las vallas con publicidad de Soberano, Phillips y Pegaso. El del miedo escénico y las remontadas al Anderlecht, Inter y Videoton. Allí pasó poco más de dos temporadas y fue maravilloso. Disfrutó de cada partido, aunque hubiese poco público, aunque el césped fuese pesado y los partidos se hicieran muy largos. Convivió con la primera plantilla. Entrenaban en campos aledaños. A veces lo hacían juntos. En ocasiones, les regalaban las botas que, por un pequeño descosido, ya no pensaban usar. Le entrenaron Santisteban, Grosso y Del Bosque. Compartió vestuario con Lopetegui, Gay y Aldana; Losada, Maqueda y Aragón. Al principio no le convocaban, no se rindió, trabajó a destajo y acabó siendo titular indiscutible. Pero fue honesto y nunca se engañó. No tenía nivel para el primer equipo. Butragueño y Hugo Sánchez eran inalcanzables.

Guillermo Alcázar posa con la camiseta del Castilla / Foto: J. Jurado
Guillermo Alcázar posa con la camiseta del Castilla / Foto: J. Jurado

Guillermo dejó el Castilla y se fue al Mallorca. Dejó un lugar donde el objetivo era formar jugadores y se fue a otro donde solo valía ganar. Allí fue lo que siempre quiso ser: de oficio futbolista. Y lo disfrutó. Cada día fue un regalo. Mimaba sus botas, las Copa Mundial de toda la vida. Solo las podía limpiar él, nadie más. Impecables. Resplandecientes. Con grasa y betún. Tomaba dos cafés, solos con azúcar, antes de salir a jugar. La foto en el once titular, siempre de pie, al lado del portero. Las críticas eran muy duras y la exigencia máxima. Había que subir a Primera porque eran unos recién descendidos. Había que subir y cuidado con sentarte a tomarte un refresco porque será una copa. Había que subir porque sus compañeros eran Zaki Badou, Nadal, Pedraza y García Cortés. Había que subir porque con Serra Ferrer ni una broma, ni una risa, ni entrenando, ni en la ducha, ni en el bus. Nunca. Había que subir porque jugaban en el Luis Sitjar y eran el maldito Mallorca. Había que subir y subieron. Y Guillermo fue feliz en la Primera División, igual que cuando de niño lo fue jugando en las calles de tierra de Pozuelo. Fueron 47 partidos en dos temporadas. Larrañaga, Gorriz, Gorriarán. Bustingorri, Voro y Camarasa. Juan José y Carmelo. Salguero y Martagón. Lakabeg y Andrinua. Sanchís, Koeman y Alexanco. Esos eran los defensas más duros de la liga. Con ellos nada de contemplaciones, nada de pedir permiso, ni disculparse, ni apartarse para que pasasen.

Guillermo Alcázar (arriba derecha), con el Mallorca
Guillermo Alcázar (arriba derecha), con el Mallorca

Pero la felicidad tiene un precio. Siempre. Y Guillermo lo pagó. Era titular indiscutible con el Mallorca, en Primera. La prensa llegó a publicar que Martín Vázquez le había recomendado para jugar en su Torino. Todo iba bien hasta que llegaron las lesiones. Una detrás de otra. Un brutal esguince de tobillo, con una recuperación demasiado larga y dolorosa, seguido de una delicada lesión en los abductores. Eso le tuvo demasiado tiempo fuera de juego, y aprendió, que lo peor de las lesiones no era la recuperación, sino lo que cuesta volver a entrar en el equipo. Lo aprendió bien. Porque el Mallorca se clasificó para la final de Copa del Rey, en el Bernabéu, contra el Atlético de Madrid, y no le convocaron, ni viajó el día antes con el equipo, ni entrenó en el escenario de la final. Nada de nada. No participó de la fiesta. Viajó a Madrid el día del partido, junto a los compañeros que tampoco fueron convocados, sin ni siquiera pisar el vestuario, sintiendo que aquel era el día más triste de su carrera deportiva.

Pero si pensaba que ya había vivido el día más triste de su carrera, se equivocaba. Por completo. Sucedió en el mes de enero del año 93, la segunda temporada que jugó en Castellón. Vivía en un apartamento, con su mujer y su hijo, a dos minutos de la playa. Era titular indiscutible y en Lérida, a los ocho minutos de un partido que debió ser uno más, se destrozó la rodilla derecha. Ligamento cruzado anterior y dos meniscos. Un desastre. Debía operarse y esperar casi un año para volver a jugar. No imaginaba lo que le esperaba. Durante los primeros cuatro meses, miedo, dolor, soledad, muchas dudas y fisioterapeutas a todas horas. Luego, ya por su cuenta, volver a atreverse a todo. A trotar y a correr. Atreverse a conducir el balón, a golpearlo y a girar. En eso estaba, cuando llegó el mes de junio y su contrato finalizaba. Le citaron en las oficinas del club. Acudió en bermudas, hacía buen tiempo. Allí, un entrenador siniestro y oscuro, en un despacho, le dijo que no le renovaba. Le dejó en la calle. Con 27 años, sin contrato y cinco meses de recuperación por delante. No lo podía creer. Se quería morir. Al día siguiente no pudo levantarse de la cama, con 41 grados de fiebre, unas anginas enormes, a base de inyecciones de penicilina.

Guillermo Alcázar, en un partido con el Castellón
Guillermo Alcázar, en un partido con el Castellón

Después de aquella lesión Guillermo no volvió a ser el mismo. Su rodilla ya no tenía la misma flexión, su zancada era más corta y eso le hizo más lento. Ya no buscaba los espacios, porque no se iba de los centrales como antes. Aun así, llegó a jugar 40 partidos en Segunda y un playoff de ascenso a Primera. Pasó por la 2ªB y se retiró estando en Tercera con Valdepeñas. Tenía 34 años y ya no disfrutaba. Estaba cansado, le iban debiendo dinero y llegaba de entrenar a casa a medianoche.

Pero como Guillermo quería estar cerca del fútbol, no dudó en sentarse en un banquillo a entrenar. Tenía claro lo que hacer. Les dio el fútbol a los futbolistas y midió bien hasta donde exigirles. Sabía que sus jugadores cobraban poco, que llegaban a entrenar después de diez horas de trabajo, arrastrando cada uno sus propias mochilas. Entrenó en Daimiel, Piedrabuena, Villarrubia y Carrión. Ascendió al Manchego a Tercera, llevó al Manzanares a jugar un playoff de ascenso a 2ªB. Pero no lo disfrutó. Porque entrenar no es jugar. Ni por asomo. Entrenar es sentirse solo, es ser el sospechoso habitual. Entrenar es algo adictivo. Siempre pensando en ideas nuevas, en posibles soluciones; en el partido que acabas de jugar, en el que va a venir; en los jugadores que están fuera de forma, en los lesionados, en los que no están contentos. Entrenar son los nervios afilados durante el partido, los gritos que te dejan sin voz, las pulsaciones descontroladas que algún día igual te pasan factura.

Guillermo Alcázar no volverá a entrenar más. Ahora vive tranquilo, pasea cuando puede y es el responsable de la tecnificación de la escuela de fútbol del CD Manchego. Y es que desde hace unos años, esa ha sido su pasión: formar niños. Se le ilumina la cara mientras lo cuenta. Llegar por las tardes al campo de entrenamiento, reunirse con su grupo y regalarles todo el fútbol que lleva dentro. Ver cómo le escuchan, con los ojos como platos, con ganas de aprender, dejándose enseñar. Trabajar el control y la conducción, el pase con el interior y el manejo de las dos piernas. Pensar rápido, y repetirlo todo, hasta la saciedad. Y esperar, con paciencia, a que las cosas fluyan, a que los niños crezcan y se transformen en pequeños futbolistas.

Guillermo Alcázar es ahora el director de la cantera del Manchego / Foto: J. Jurado
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