Como pocos pueden torear

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Hay muchos tipos de toreros. Muchas realidades personales e intransferibles. Cada una con sus luces y, casi siempre, con alguna que otra sombra.

Hay muchos tipos de toreros. Muchas realidades personales e intransferibles. Cada una con sus luces y, casi siempre, con alguna que otra sombra.
El caso que hoy ocupa el espacio taurino de los miércoles en Lanza es el de un torero que despierta casi tantas filias como fobias. Alguien que se encuentra al otro lado de la orilla, con gran parte de su trayectoria profesional de luces dejada ya atrás, y que torea sólo por placer. Además, la semana pasada saltó a la actualidad su fichaje por Canal Plus como comentarista de algunos de los festejos taurinos que televisará este año la plataforma audiovisual. Se trata de Juan Serrano “Finito de Córdoba”, aquel antaño escurrido muchacho que a mediados de los ochenta empezó a deslumbrar en Cataluña, y que más tarde se estableciera en Córdoba, tierra que terminaría adornando su nombre artístico.
El arriba firmante no tiene pudor en reconocer que uno de los primeros toreros que le deslumbró fue precisamente Finito. Por muchos motivos. Por su gracia, su elegancia y por su cercana juventud, entre otros.
Además, hemos tenido la gran fortuna de presenciar magníficas faenas de Juan Serrano en nuestra provincia; como por ejemplo aquella interpretada a un toro de Juan Mari Pérez-Tabernero en Manzanares en julio de 2001, u otra en Socuéllamos en 2006, o el indulto de un toro de Fuente Ymbro en Almagro ese mismo año. Valgan estas citas como simple muestra, aunque hay muchas más.

Cercanía
Sin embargo, donde se puede disfrutar más de Finito es en la corta distancia, a pesar de cierta fama de persona poco dada al compadreo. Pero cabría puntualizar que una cosa es el compadreo casposo y cansino que tanto abunda en el mundo taurino, y otra muy distinta la admiración respetuosa –y crítica- ejercida a relativa distancia en la mayoría de los casos, y algo más cercana en otras menos frecuentes.
Una de las ocasiones de mayor cercanía con el torero tiene lugar a principios de año en el complejo hotelero El Pilar, en La Carlota (Córdoba), en una jornada de convivencia que organiza el Club Taurino Finito de Córdoba y su Tauromaquia, y en el que el torero disfruta de la compañía de sus seguidores, aquéllos que a mediados de los noventa, cuando el torero sufrió un bache, estuvieron a su lado y siguieron confiando en él a pesar de las dificultades. Aquéllos que siguen -seguimos- pidiendo el Califato del Toreo para Finito, y aquéllos que tienen el privilegio de, cada año, disfrutar de la proximidad y de la torería de uno de los matadores que mejor interpretan este arte del escalafón.
Por supuesto no todo han sido luces en la carrera de Juan Serrano. También ha habido sombras, como las antes mencionadas de mediados de los 90, o una cierta tendencia ocasional a la indolencia, la cual le ha valido a veces –no pocas- críticas negativas con parte de fundamento. En otras, simplemente no se ha entendido a un torero que ve la Tauromaquia y el Toreo de manera distinta. Como un arte, como un medio para expresar por medio de la embestida de un animal una sensibilidad plástica y estética, en contraposición a la bullanguería y a la justificación mecánica de otros. Y esto no siempre es fácilmente digerible.
No obstante, sirvan estas líneas como testimonio de la magnífica mañana de toreo vivida junto a Finito de Córdoba, El Fino, hace escasas fechas en La Carlota. Como ese hombre toreó aquel día dos vacas y un novillo de Fuente Ymbro no pueden torear, aunque lo intenten, muchos toreros actuales; ni de salón. Se podría aplicar aquello de “Quo natura non dat, Salmantica non praestat”. Pues eso.